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jueves, 20 de octubre de 2011

MORIR EN LA ORILLA

¿No habéis experimentado nunca esa sensación de luchar denodadamente  por algo en lo que has creído durante toda tu vida y sentir que no ha servido para nada?
¿No pensáis  muchas veces que los objetivos  que te has marcado no coinciden en absoluto  con los de aquellos que tú creías que remaban contigo en la misma dirección y resulta que iban en otra totalmente opuesta?
¿No habéis nadado contra corriente y cuando  estabais alcanzando la playa la habéis perdido de vista? ¿No habéis muerto alguna vez  en  la orilla?
Pues esa sensación me asalta más veces de las deseadas cuando considero algunos aspectos de nuestra reciente realidad cofrade.
Los que vivimos la transición de las cofradías, al mismo tiempo que vivíamos la transición política en un cambio de régimen que nada bueno auguraban para nuestras instituciones ni para la Iglesia, recibimos unas hermandades que languidecían, y  sobre todo que agonizaban en su vida interior. Y esto como consecuencia  derivada de un vacío generacional producido  por al boom económico de los sesenta (el Seat Seiscientos también  le hizo mucho daño a las cofradías) que al posibilitar nuevas formas de ocio alejó a muchos de las cofradías, viéndose de esta manera interrumpida la normal sucesión por razones de edad en las nóminas y en el gobierno de las hermandades.
Pero a pesar de las circunstancias y las carencias por todos conocidas, aquellos que dieron el paso al frente y aceptaron dirigir una cofradía y en condiciones tan adversas,  tuvieron claro lo que se traían entre manos, y recogieron el testigo respetando siempre su historia y su tradición. Lo que sucedería luego es bien conocido por todos.
Atraídos por el espectacular auge que las hermandades alcanzaron en los primeros compases de la democracia (y contra todo pronóstico) se fueron adhiriendo muchos advenedizos que jamás habían mostrado  el menor interés por la Semana Santa. Y de ahí, siempre a mi modesto entender, arrancan muchos de los males que ahora nos aquejan.
Las cofradías crecieron tanto y en tan poco tiempo, como una burbuja inconsistente, sin afianzar los pilares que la sustentaban,  que muchos, bastantes,  se arrimaron buscando no otra cosa que relieve social y notoriedad amparados por la avalancha de nuevos cofrades llegados en aluvión, sin formación, sin conocimiento del verdadero sentido que tenían estas entidades religiosas.
Algunos que literalmente se “cachondeaban” (perdón por el vulgarismo)  de  los que en aquellos años ya vivían por y para sus hermandades, han sido y son miembros de juntas de gobierno e incluso hermanos mayores,  porque pronto cambiaron de idea y se subieron al carro del triunfo en cuanto intuyeron que podían manejar, y si encima podían salir a cara descubierta en la procesión, mejor que mejor. Ustedes ya me entienden.
¿Dónde estaban cuando sacar una cofradía costaba sangre, sudor y lágrimas? ¿Dónde cuando nadie nos tomaba en serio? ¿Dónde se escondían cuando esto era considerado cosas de mariquitas y de tontos?
Y claro, con lo fácil que era destacar en un mundo tan mediocre, se hicieron dueños de una situación que ha propiciado en parte esta especie de recesión cofrade que ahora vivimos, al copar puestos decisivos en el entramado cofrade.
Otros, como nuevos ricos, fueron hermanos mayores sin tener ni idea de esto porque una vez pagaron las flores del quinario, una túnica para el Señor, o la banda para el palio, pensando siempre en su promoción personal, pocas veces en el bien de las cofradías, que si bien crecían en esplendor exterior, palidecían en su vida interna. Y es que por mucho que me quieran hacer creer que una barra en la casa hermandad  es hacer vida de hermandad, no trago. Eso no sirve para nada. Si acaso para la parte más visible del espectáculo; pero no para la parte seria.
Puede que, afortunadamente, esa generación también vaya  pasando. Y puede que nuevas generaciones quieran beber de aquellas fuentes donde el amor a las cofradías, con todo lo que  eso conlleva, fuera  el único motivo para acercarse a ellas.
Porque de aquellos polvos, estos lodos. Haría falta otra transición en las cofradías, pero a la inversa. Urge buscar la forma de hacer crecer por dentro a la hermandad. Por fuera, a la vista está lo mucho que hemos mejorado, pero no podemos conformarnos con eso. Este falso renacer de la Semana Santa no puede ser el canto del cisne de la celebración más hermosa que conocemos.
Solo así, los que lucharon por mantener viva la llama cofrade en tiempos nada propicios no tendrán la sensación del trabajo baldío, ni de morir en la orilla del esplendor de las cofradías.

jueves, 13 de octubre de 2011

ANGELITO AL CIELO

A  veces los zarpazos que la vida te dispensa son tan crueles que parecen buscar el momento preciso, ese tan especial, tan oportuno para herirte  todavía más, como si lo escogiera  para poderte hacer más daño, y para que jamás se te pueda olvidar.
Por muy asumida que se tenga la enfermedad y la segura muerte de un hijo, no creo que nunca se esté preparado, siempre te cogerá por sorpresa.
De ese dolor de enterrar a quien por ley natural de la vida debía de enterrarte a ti, solo pueden hablar con propiedad quienes hayan pasado por semejante trance.
Anoche, cuando acababa el día de la Virgen del Pilar, onomástica de su madre, fallecía un cofrade, un gran cofrade a pesar de su corta edad, hijo de Pepe Zamora y Pilar Carmona. Y no por esperada su muerte ha sido menos dolorosa; si acaso, más inexplicable y mucho menos comprensible.
Murió el día del Pilar y se le dará el último adiós ante la imagen del Señor de la Oración en el Huerto, que con la medalla de Javi prendida a su pecho, está dispuesto sobre el paso en el que ese mismo día será trasladado a la Catedral en procesión extraordinaria. Tenía que ser justo ese mismo día. Eso es dar en la diana  del destino.
Y es que Javier, impaciente como cualquier niño, no ha querido esperarlo en la puerta de su casa por donde pasará la procesión camino de la Merced. Él ha salido a su encuentro y ya está con Él, como cualquier Jueves Santo, alba blanca y esclavina verde, delante de un paso.
Y a Pepe, su padre, no será un ángel confortador el que le ofrezca  el trago más amargo que beberá en su vida. Será el propio Cristo arrodillado el que lo haga, y del que beberá como ya lo hizo Él aquella noche de su Pasión  aceptando la Cruz sobre sus hombros, como hace cada tarde de Martes Santo en San Pedro. Pepe Zamora es cofrade recio y sabrá  hacerlo.
Pero en esta terrible hora  le puede quedar la satisfacción del amor entregado a su hijo en vida en los momentos más duros y alimentado su vocación cofrade. No hubo celebración, ni procesión, ni evento en las cofradías al que no asistiera , siempre que su salud se lo permitía, con su hijo. Por eso tenía una pasión por las cofradías más grande que su propio cuerpo. Nunca pregunté por su salud, pues aunque saltaba a la vista, siempre me superaba esa afición sin límites que adivinaba en su rostro y no era cuestión de recordarle, ni a Javi ni a sus padres lo evidente. Me asombraba su fuerza por aprender de hermandades con su proverbial curiosidad de niño, de niño cofrade.
Así fue la última vez que lo vi, la mañana del  Sábado Santo en Sevilla visitando a la Hermandad de los Servitas, con la pasión cofrade saliéndole por los ojos. Y así me gustaría recordarlo.
Angelito al cielo, ropita al arca. Esta especie de jaculatoria se la he oído decir a mi madre cada vez que se enteraba de que un niño había fallecido, como teniendo la seguridad de que ya estaría en la Gloria. Y aquí con más razón, pues este ángel además era cofrade, muy cofrade, y seguro que bajará más de una vez tallado en carne de madera sobrevolando la canastilla de cualquier paso de Cristo.
Descanse en paz. Y rogad a Dios para que la Virgen de los Dolores haga suyas las lágrimas de Pepe y Pilar alcanzándoles el consuelo, tan difícil en estos momentos. Y en estos días tan señalados para su Hermandad de la Oración en el Huerto.

jueves, 6 de octubre de 2011

SABER DE COFRADÍAS

Vamos a dejarnos de tonterías. Donde verdaderamente se transmiten los valores, sean del tipo que sean, no es en la televisión, ni en la radio, ni en ninguna publicación especializada. Es en la familia. Por lo tanto, si consideramos a la hermandad como una gran familia, es en su seno, en el de la hermandad, donde debe transmitirse los valores cofrades, entendiéndose como valores el conjunto de rasgos propios y peculiaridades que fueron forjando a través del tiempo la identidad de una hermandad, eso que la hace única y diferente a las demás dentro del conjunto de la Semana Santa, y teniendo su razón de ser en el contexto de la Iglesia a la que se debe.

Todos conocemos cofrades que son verdaderos eruditos en cuestión de cofradías que conocen a la perfección autores, fechas, datos, historia, tradiciones, detalles, pleitos y litigios entre cofradías…Y nada malo hay en ello. Si no fuera porque a veces coincide con el más absoluto desconocimiento de su propia hermandad. Y esto, al menos para mí, no es saber de cofradías. No se puede generalizar, pero ocurre.
Antes, conocer a tu hermandad, saber de cofradías, se aprendía de un modo que difiere bastante al de hoy. Hace no tantos años, los que se iniciaban en este mundo nuestro de la Semana Santa estaban deseando que se les permitiera participar en la vida de la hermandad, y no era tan fácil, pues muchas veces las hermandades no se abrían tan fácilmente a la juventud. No como ahora.

Y siempre se iniciaban en algo tan cofrade y tan sencillo como limpiando la plata. Así, en la casa de hermandad si la había, o en el breve espacio de una secretaría, o en el almacén, entre bayetas y algodón mágico se aprendía de Semana Santa en la misma medida que se aprendía a querer a tu hermandad, escuchando a los mayores, a aquellos que atesoraban la sabiduría de los años y la experiencia, no como signo de autoridad ni superioridad sobre los más jóvenes, si no como depositarios de la idiosincrasia de la hermandad.

Hoy parece que se pretenden transmitir este saber de Semana Santa en las distintas tertulias  que de un tiempo a esta parte proliferan en nuestra ciudad. Y que conste que estas reuniones de cofrades, en sí mismas, no deben suponer en absoluto nada peyorativo. Yo pertenezco a una, en la que, como en todas, pasamos momentos magníficos hablando de lo que tanto nos gusta. Pero de ninguna manera debe suplantar ese verdadero aprendizaje que se consigue sirviendo, viviendo la hermandad desde dentro de sus propias entrañas.

Lo mismo que a comienzo de un nuevo curso sabemos el calendario de ensayos de todas las cuadrillas y de todas las bandas, si conocemos de antemano los estrenos que se presentarán  para la próxima salida, si sabemos con suficiente tiempo las fechas de todos los eventos, salidas extraordinarias, conciertos de relumbrón de célebres bandas de música (menos el nombre del predicador del quinario lo sabemos todo), no estaría de más que se programaran cursos de formación cofrade en el seno de la hermandad donde se transmita con autenticidad, y sin distorsionarla por el capricho del último que llegue, el verdadero ser de cada cofradía a los que empiezan a integrarse en ella.

Una auténtica transmisión de valores evitaría que cada vez que llega al gobierno de la hermandad una nueva junta, parece que pretendieran refundarla, más que nada por el desconocimiento que de la misma tienen muchos de estos oficiales, que alcanzan la dirección de su hermandad sin apenas saber de ellas, y lo que es peor, sin respetar lo que durante tantos años ha ido conformando su verdadera identidad.

Saber de cofradías no consiste en acumular conocimientos sobre ellas. Es algo más. Es aprender a quererlas desde lo más profundo de nuestro ser. Y eso se consigue conociéndolas desde la transmisión de los que lucharon y trabajaron por ellas. Esos conocimientos adquiridos día a día en el trabajo por la hermandad que se han ido decantando en el fondo de nuestro ser, y que forma ya parte de nosotros. Como cada uno de nosotros formamos ya parte de ellas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

¿SORPRENDIDOS?


¿De verdad que los cofrades nos hemos sorprendido por la “aparición” de una imagen de la Virgen de la Merced, preciosa por cierto, en un concurso de televisión? ¿Para tanto ha sido? ¿Qué hay de raro?

A mí lo que de verdad, de verdad, me sorprende, es que a estas alturas la gente se sorprenda. No entiendo este revuelo que se ha formado. Hombre, siempre es agradable ver cómo todavía hay a quienes les queda algo de capacidad de asombro.

Porque esto que ha ocurrido en el programa Allá tú, de Cuatro, no es nada nuevo. Si acaso un tanto novedoso en las formas por lo impactante de ver a una imagen de la Virgen en un plató. Pero en el fondo, nada nuevo.

Todo obedece a un plan premeditado desde hace tiempo por ciertos sectores de la sociedad, con el apoyo de algunos altavoces mediáticos y tan fantástica y sibilinamente hecho que casi no nos hemos dado cuenta. Y el objetivo no es otro que desposeer a todo lo relacionado con la Iglesia Católica, más concretamente con sus manifestaciones de religiosidad popular, de cualquier unción sagrada.

Pero no se le puede adjudicar todo el mérito de esta desacralización a las televisiones y medios afines que abominan de nuestra fe, Los cofrades tenemos mucha culpa de lo que pasa. Tanto hemos querido humanizar lo divino, las cosas santas, trayéndolas a nuestro terreno que aquí tenemos el resultado. Este manoseo, esta banalización de los principios, otrora sagrados para una cofradía, este bajo nivel de exigencia en todos los sentidos arrojan estos resultados.

Aquí, y también allí, cualquier cofrade rebotado o que no encuentra acomodo en ninguna junta de gobierno, y ansioso por mostrar sus habilidades con el martillo, con una blonda, o con un costal, organiza una Asociación Cultural Sacramental con sede y salida de las dependencias de la Asociación de Vecinos del barrio, tal como suena, en un momento. Y es que es tan fácil. A saber: una imagen de dudosa calidad artística encargada a un amiguete que es escultor y la deja baratita; una parihuela (de seis palos por lo menos); unos candelabros para las esquinas hechos con tubos de fontanería, como servidor ha visto en la muy cofrade ciudad de Sevilla, un grupito de muchachitos de la orden contemplativa (porque nada más que van a contemplar, a trabajar ni de broma) diciendo que la Virgen va “prissiossa”; una banda con marchas retorcidamente estridentes….Y procesión a la calle.

Estas asociaciones vienen a ser como las agrupaciones  llamadas ilegales en el carnaval de Cádiz, unas porque no hacen carrera oficial, y otras porque no actúan en el Falla. En el fondo, lo mismo.
Además, estos cofrades, más por falta de formación que por cualquier otra cosa, ni se sienten iglesia, ni se lo plantean, y no lo consideran necesario. Si acaso lo llevan como un mal menor para poder alcanzar el objetivo de la procesión.

Por eso, ¿de qué nos extrañamos al ver que la madre del concursante le lleve la imagen de su asociación para darle una sorpresa al niño?

Y del nivel de educación y respeto hacia la figura de la Virgen habla bien a las claras los comentarios sobre ella , del presentador y del participante.

¿Es o no es esto cuestión de formación? ¿Es o no manipulación y retorcimiento de lo religioso? ¿Es, o todavía no, momento para pararnos a pensar seriamente qué estamos haciendo con esto?

¿Qué te has sorprendido por lo que hemos visto en la televisión, y que creo que como la crisis, esto no ha hecho más que empezar? Pues “allá tú”. Yo no.

Juzguen ustedes mismos:

jueves, 22 de septiembre de 2011

NO OS COMPRENDO


Los que me conocéis, y a los que no ya os lo adelanto, sabéis que no soy referencia moral para nadie. Solo intento cumplir con dignidad los preceptos de mi religión, vivir mi fe con natural alegría y llevar con la mayor elegancia posible las cruces que me pueda encontrar en el camino de mi vida.. Modelo para poder imitar no me falta en la sagrada imagen del portentoso Nazareno de la Concepción.

A nadie intento aleccionar y a nadie pretendo convencer. Ni me sorprendo de determinadas actitudes de miembros de mi Iglesia, ni me voy a escandalizar por algunas opiniones sobre lo que para mí son principios sagrados. No suelo adquirir la actitud de la “duquesa ofendida” tan fácilmente. Pero de verdad ,os aseguro, que me he sentido tocado en la línea de flotación de mi capacidad de sorpresa cuando he oído y leído  opiniones de cofrades, de demasiados cofrades, al parecer indignados con la figura de S.S, El Papa Benedicto XVI en su visita apostólica a Madrid con motivo de la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud, de tan notorio éxito y cuyos frutos ya están notándose.

Desde el respeto a cualquier opinión, y lejos de intentar convencer a nadie, perdonad que os diga que no os comprendo. No es indignación, ni cabreo contra nadie, si no incapacidad para comprender a quienes han criticado, no ya la visita o la celebración de la JMJ, si no la propia autoridad y magisterio del mismísimo Papa… Y siendo cofrades.

Alegar la edad del Pontífice como impedimento para desempeñar su labor al frente de la Iglesia Católica es, cuanto menos, impropio de los que debemos venerar la experiencia como una virtud para dirigir cualquier empresa. El mismo Cristo escogió como sucesor al mayor de entre sus amigos. Mi padre tiene un año más que Su Santidad el Papa, y a pesar de las “impertinencias” propias de su edad, pido a Dios que lo siga teniendo muchos años entre nosotros. Sus opiniones, sus consejos, los sigo teniendo en cuenta como ley. Y sus deseos aunque chocantes a veces, para mí y para mis hijos son ordenes. No entiendo que los años sean un problema para ser la cabeza visible de la Iglesia.

Otros alegaban que el “líder de su iglesia, es decir Cristo, murió crucificado, no se codeaba con los poderosos y nunca viajó en papamóvil” (Sic). Dios mío, cuánta demagogia, porque  luego, como cofrades que son, a quienes esto afirman les gusta más que a mí (que ya es decir), unas potencias de oro, un manto bordado y unos respiraderos de plata en el mejor paso que haya. Pero el Papa que vaya en taxi.

Otros muchos arremetían contra el coste económico de la visita. Cierto es que la seguridad que lleva el pontífice es superior a la de cualquier jefe de estado que nos visite, por algo será. Pero que tampoco difiere mucho del coste que supone a las arcas del estado la visita a nuestro país de cualquier dictadorzuelo de tres al cuarto, o el capricho de la señora Obama de veranear unos diítas en la Costa del Sol. Y aquí nadie dijo ni pío. Solo se oía la banda sonora de la película de Berlanga, ya sabéis: “Americanos, os recibimos con alegría…”.

Pero donde me vi tocado y hundido y me cuestionó muchas, demasiadas cosas, fue en la defensa que algunos hicieron de las teorías del Cardenal Martini sobre el celibato sacerdotal, (eso si, opcional, solo faltaba que fuera obligatorio), sobre la ordenación de mujeres y sobre otros aspectos “estrella” para los detractores de la Iglesia. Y es que aquí estamos pisando terreno peligroso. Un cofrade no puede poner en entredicho bajo ningún concepto, y desde mi punto de vista, la autoridad del Papa a quien juran defender el domingo por la mañana en la Función Principal de Instituto, y por la tarde ponen en duda.  Por eso el mejor Martini, el que a mí más me gusta, es en copa corta, con dos cubitos de hielo y una rodajita de limón. Removido, no agitado.

Insisto en que no me corresponde a mí aleccionar a nadie pero tampoco pueden pretender que no exprese mi opinión. No es mi intención herir a nadie como a mí me han herido ciertas opiniones que provenían de un mundo, el cofrade, al que pertenezco por voluntad propia, y al que conozco bien… O creía conocer. No os imagináis lo aligeradita que se ha quedado mi agenda de amigos en Facebook después de leer las barbaridades que leí contra el Papa y contra la Iglesia.

Retomo este blog en el que debía hablar de la Virgen, en este septiembre reflejo de mayo en su dedicación a María. No ha podido ser. Soy buen pagador. Le debo una.

Pero me urgía expresar mi adhesión al Papa, como cofrade y como católico, y mi sincera y perpleja incomprensión con los cofrades que así opinan. Dicen que corregir con humildad a tu hermano es una obra de misericordia…Hacedla conmigo si estoy en el error.

jueves, 14 de julio de 2011

TIEMPO DE VERANO


Ahora que la espuma cincela a golpes de olas una peana con toda la plata del mar para la Virgen del Carmen; cuando Santiago blande su espada en desigual lucha con los inclementes rayos del sol, de los que la ciudad se guarece de día hasta el ocaso y que solo entonces reanima su pulso para vivir de noche; ahora que es verano es como si el ritmo del tiempo fuera perdiendo velocidad hasta quedarse casi detenido, como si anduviese sobre los pies y su peso disminuyera aliviándose de tantas cosas que desfiguran a Huelva, es ahora en este tiempo de verano cuando aflora otra Huelva, renace la ciudad de nuestra infancia.

Por eso Huelva vuelve a sentir bajo sus pies el tacto de la arena tamizada con hojas de eucaliptos en la Punta del Sebo; se reencuentra con su ría y con su mar a los que le ha dado la espalda durante el resto del año; sube con frecuencia al Conquero buscando la brisa que la alivie de la galbana; vuelve a asomarse a sus azoteas y se siente niña mojando sus pies en un patio recién regado, verde de aspidistras y azaleas.

Se perfuma en la memoria con jazmines y damas de noche. Huelva ahora es un sueño de luces de colores reflejadas en el agua cuando agosto entre por su puerta entornada esperando la brisa que la refresque. Huelva en verano es muelle de hierro esperando algún barco de guerra para festejar la epopeya del Descubrimiento. Es barco de pesca engalanado que saluda con su bronca sirena.

Es sonido de radio de cretona que se cuela por la ventana de la cocina y cuya música copia la maja golpeando el dornillo  donde se esta gestando un gazpacho. Es silencio de sobremesa rota con juegos infantiles, siempre amenazado por una alpargata blandida por alguna madre, o en su defecto alguna tía entonces soltera, y algo más benevolente. Es carrito de helados pregonados a la hora de la siesta; es barra de hielo en un carro de mulas.

Es sol que cae a plomo sobre un desierto de asfalto las tardes de los días de fiesta. Es sahariana blanca y mascota de paja, y vecino gordo sentado a la puerta de su casa en camiseta de tirantas; es abuela sentada en una butaca abanicándose con un pericón, grande como umbrela papal, y búcaro con cigüeña y tapa de croché en el alféizar de la  ventana. Es chaqueta blanca y traje largo con chal en el baile de gala de alguna caseta. Tiene sabor a melocotón dulce y canela de un ponche tomado sobre un mostrador. Es derroche de imaginación y colorido en un desfile de carrozas por el recinto Colombino. Es modesto tributo a la Patrona en los fuegos artificiales de Pepe “miniño” frente al Humilladero.

Es novena de abanicos en la Merced removiendo en el aire la historia de su devoción y es barca sesteando, casi parada, en la suave corriente de un estero con la pleamar de un mediodía, donde reza un ángelus de luz y sal que ocupa la bóveda azul hiriente del cielo, en una sinfonía musical grandiosa y solemne. Es la playa que con cada ola nos devuelve a la memoria el tiempo de otros estíos, amarilleados a fuerza de sol inclemente, casi quemados, en la memoria.

Esta página, este blog también sesteará. La Virgen de la Cinta me pide versos y a ello quiero consagrar este tiempo de verano. Dios quiera que logre juntar un puñado de letras capaz de exaltarla con la dignidad que el caso requiere y Ella se merece.

Nos volveremos a encontrar cuando la Virgen Chiquita haya regresado de nuevo al Conquero llevando la bodega de su barca de plata repleta de avemarías y salves, cuando llegue al santuario y en sus redes de trasmallo lleve prendido el corazón de Huelva. Cuando la Divina Pastora en Cantillana haya pastoreado a su grey, cuando su pueblo haya sido asombro y pasmo primero, y delirio después, al contemplar la hermosura de su Virgen cuando le es retirado el sombrero.

A cuantos habéis tenido la caridad y la paciencia de leer estas, digamos, elucubraciones mías durante estos meses, os deseo un feliz verano.

Volveremos a encontrarnos cuando llegue septiembre.

jueves, 7 de julio de 2011

VOLVER A LOS DIECISÉIS


Cuando se acabó nuestra relación, esa tan especial, tan íntima, tan hermosa que yo tenía contigo desde hacía tantos años, a mis pies se derrumbó la tierra y me vi en caída libre precipitándome en un pozo que parecía no tener fondo. Me vi sin norte y con el rumbo perdido navegando en no sé qué océano de aguas tenebrosas, o caminando por un desconocido y siniestro desierto de oscuras arenas donde vagaba sin luz, esa luz que siempre me alumbraba y que de golpe se apagó para mí.

Hasta tu nombre desapareció de mi boca como engullido por la nada. Y no por despecho, si no porque inconscientemente había algo que me  impedía pronunciarlo. Cuando a veces de noche, en una especie de delirio entre sueños te nombraba, tu nombre se ahogaba en la almohada. Pero un eco lastimero me lo devolvía torturando mis sentidos.

Y lo más inexplicable es que después de tanto tiempo sin ti sigo sin saber la causa que nos separó. Supongo que las cosas de la vida, los celos, terceras personas… Tú ya sabes.
Encima, como mujer que eres, te aparecías ante mí más hermosa e inalcanzable y tu belleza me provocaba más desolación y hacía más incomprensible esta lejanía que nunca hubiera deseado.

Y ahora que, aun sin haber cicatrizado las heridas y  había aprendido a vivir con el dolor que tu ausencia me provocó, me has vuelto a llamar. Y tu llamada ha sido para mí como el repentino rayo de sol que se filtra súbitamente entre las nubes negras de la tormenta que  parece que fuera pasando. No te voy a engañar. He soñado tantas veces este momento que aunque lo estoy viviendo no me parece verdad. Me has devuelto a los dieciséis años cuando te encontré una tarde de verano. Todavía recuerdo hasta la ropa que llevabas puesta, blanca , con flores y mariposas brocadas, curiosamente el mismo vestido que llevabas el día que llegaste a Huelva por primera vez. Y estoy viviendo y reviviendo aquellos años en que me fuiste enamorando de tal manera que toda mi vida desde entonces giró alrededor de ti. Vinieron otros amores, pero jamás lograron vencer al tuyo.

Me veo con los libros bajo el brazo volviendo del instituto, loco por verte y con unas rosas en la mano que de camino cogía en las baldas de cualquier chalé del Conquero. Es como si poco a poco los recuerdos me fueran acercando a ti. Y es que tienes la habilidad de que con una sola mirada tuya se disipe todo el dolor pasado y se diluya como el humo.

Me conoces y sabes que el rencor no tiene nada que hacer conmigo, y no veo la hora de que llegue nuestro reencuentro. ¡Anda que no lo he imaginado veces! Pero espera unos días antes de acudir a tu llamada, no me impacientes más, por favor. Porque aunque no lo creas necesito tiempo para que tu nombre, vetado por respeto, vuelva a abrirse camino en mi boca. Aunque te parezca mentira, a estas alturas de mi vida tengo miedo de que mis manos no sean capaces de encontrar el camino de tus sienes, ni que puedan abarcar tu talle, fino y elegante, del que siempre presumía delante de mis amigos. ¿Y tu aroma? Tengo que volver a aspirarlo despacio, como la fragancia de una rara e irrepetible orquídea. Aguarda a que vuelva a acostumbrarme otra vez a acudir a nuestra cita diaria. Déjame que me acostumbre de nuevo a besar tus manos como hacía cada vez que nos encontrábamos. ¿Volveremos a estar en tu casa hasta altas horas de la madrugada, a media luz, hablándote de mis cosas?  No me pongas más nervioso, no me apremies.


Sin embargo, hay algo que sí te quiero pedir, no me ilusiones como aquella primera vez, como a un adolescente, y luego me vuelvas a dejar. No creo que lo resistiera. Si me vas a llamar de nuevo, que sea para siempre, hasta siempre que tú quieras…Y que nadie más que tú que seas quién lo decida.

Pero bueno, déjame vivir este momento de felicidad, permíteme que lo cuente a todo el mundo, que lo pregone a los cuatro vientos. Dios mío, ¿cómo podría explicar lo que estoy sintiendo? Aunque me quedara mudo todo el mundo adivinaría en mi mirada el gozo que ahora tengo. ¿Cómo me puedes causar tanta alegría? ¿Cómo eres capaz de despertar en mí tanta felicidad? ¿Cómo, si tu nombre es sinónimo de dolor? ¿Cómo, si te llamas Amargura…?