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jueves, 7 de junio de 2012

HABLANDO DE PEPE MIRALLES


A principios de los años setenta, anduvo algún tiempo rodando por la entrañable y antigua secretaría de la Hermandad del Nazareno una tarjeta postal Escudo de Oro que, con una imagen de la Esperanza de Triana en su paso, había sido franqueada en Sevilla (con un sello de dos pesetas) y que estaba dirigida a un ejemplar cofrade de la hermandad de la madrugada onubense.
 En esta misiva, su remitente, un cofrade de Huelva afincado en Sevilla por motivos de trabajo, se lamentaba con pesadumbre de la situación de postración en la que se encontraban las cofradías onubenses, de la prácticamente nula vida de hermandad, de la ínfima asistencia a los cultos, de la decadencia de sus procesiones, de la merma en el número de nazareno (entonces se decía penitentes) en los cortejos. Hablaba con amargura de las ruedas en los pasos, de las flores de plástico, de que incluso en determinadas cofradías tuvieran que dejar de salir alguno de sus  pasos por falta de medios. Narraba, en definitiva, la deriva que hacia su práctica desaparición había tomado la Semana Santa en Huelva.
Pero casi al final de la postal, dentro de su pesimismo, quien esto escribía vislumbraba un atisbo de esperanza. Lo decía más o menos con estas palabras: “A ver si ahora, con la nueva hermandad fundada por esos muchachos en las Colonias, se anima el mundo cofrade en Huelva” (Sic).
Este es el panorama con el que se encuentra uno de esos muchachos cuando irrumpe fundando, con un grupo de inmejorables cofrades, la Hermandad del Calvario. Esto es lo que hay cuando D. José Miralles Fedriani, liderando ese excepcional grupo, cambia para siempre el rumbo de las cofradías onubenses. Desde entonces, en Huelva, la Semana Santa ya no fue la misma. Tuvo la bendita osadía de  imponer, y además en un populoso barrio, la novedosa impronta de una cofradía de silencio, que como tal, era desconocida hasta ese momento en nuestra ciudad.
 Y una cosa llevó a la otra. Y entre venta y venta de cajas de cerillas y ponche en Las Colombinas para ir dotando de lo esencial a la nueva hermandad, al poco tiempo crea para Huelva la primera cuadrilla de hermanos costaleros que aporta el revulsivo clave para el renacimiento del conjunto de nuestra Semana Mayor. Quiso entonces Pepe Miralles para Huelva el  mismo esplendor, la misma emoción de la que él disfrutaba perteneciendo a la cuadrilla de hermanos costaleros de ese palio de ensueño que todos quisiéramos tener o sacar, donde una  Virgen equilibra en una balanza la sonrisa y el llanto en un barrio de Sevilla, allá por la Macarena. Ese mismo gozo que ha sentido durante treinta años (hasta el presente) ininterrumpidos como costalero y columna esencial de un paso de palio  universitario que cada Martes Santo impone entre los monumentos de piedra de la Catedral y Los Reales Alcázares otro monumento de plata y bordados en su transitar por la Plaza del Triunfo. Quiso para su tierra lo mejor que vio fuera. Y como los cofrades somos así, al cuarto de hora, sin ir allí, ya había aquí quienes sabían más que él. Dios mío de mi alma, ¿dónde estaban cuando las vacas flacas?
Conozco a Pepe desde hace muchos, muchísimos años, y no siempre hemos coincidido en gustos y preferencias cofrades, lo que he considerado enriquecedor en el contraste de pareceres. Hemos mantenido, y seguro que mantendremos, discrepancias de opinión sobre este mundo nuestro tan peculiar. Pero en lo que estoy absolutamente de acuerdo con él es en eso que dice tan a menudo de que a las cofradías se llega para acercarse a Dios y para hacer amigos. O es una pérdida de tiempo.
Profundamente creyente, católico a majamartillo, jamás lo vi tan feliz y realizado como el día en que las imágenes de su cofradía traspasaban las puertas de un templo construido en gran parte gracias a su entusiasmo, y que le costó algún que otro disgusto (cosa normal e intrínseco al ser cofrade) y dinero de su bolsillo (cosa ya no tan frecuente por estos pagos).
No conozco a nadie, ni a cofradía alguna, que habiendo necesitado de Pepe Miralles, sobre todo en asuntos del costal, haya cosechado una negativa suya. Siempre dispuesto a la colaboración. Y no siempre ha sido correspondido ni le han pagado con la misma moneda.
Nítidamente claro en sus argumentos, no es preciso entrar en el muro de su Facebook para saber lo que piensa de la Semana Santa. De la de aquí y de la de allí. Siempre ha defendido sus argumentos con vehemencia, lo que le ha costado más de un desencuentro, como si uno no pudiera tener sus propios criterios. Los que tenemos la suerte de conocerle bien, y mejor todavía, compartir con él mesa y mantel en animada charla cofrade, sabemos de su claridad de ideas, de su devoción cofrade, de su defensa de la Semana Santa y de las cofradías como medio de salvación en el seno de la Iglesia, y que alejada de ella no tienen sentido.
He dicho y escrito en más de una ocasión que nada hay en esta vida más ingrato que las cofradías, que suele castigar con el mayor de los desprecios a quienes mejor las han servido,  en todos sitios ocurre así, es cierto; pero aquí, de manera singular.  Y además, las nuevas generaciones sin conocer siquiera a este tipo de cofrades, claves en un momento determinado para la Semana Santa se unen, aun desconociendo a la persona, a ese coro que sigue alentando el silencio y el olvido, cuando no la crítica, para quienes fueron capaces de anteponer muchas cosas por el bien de las cofradías.
Y no es ya ningún reconocimiento lo que le debemos a este tipo de cofrades que como  Pepe Miralles, ni lo querrían , ni por otra parte, les  harían falta para que en justicia fuera valorado su trabajo en favor de la Semana Santa. Ni tampoco lo necesitamos los que le conocemos. Pero al menos sí haría falta y no estaría de más que su opinión fuera respetada como los que puedan opinar lo contrario que él. No creo que quiera ser modelo de nada, ni aleccionar a nadie, ni tampoco sobresalir como erudito en cofradías. No se trata de saber de cofradías, sino saber qué son las cofradías. Y aquí sí que no hay quién lo baje del burro, o son iglesia, o no son nada.
No soy yo mucho de escribir alegatos en defensa de nadie, las obras de cada cual hablan por sí mismas; ni soy mucho de dar consejos. Pero en esta ocasión me van a permitir que aconseje  a Pepe que aprenda a manejar mejor el Facebook, que todavía este mundo de Internet se le aparece como un invento del diablo, y claro está, el diablo suele jugar estas pasadas, dando pie a que se satanice al primero que se descantille. Y que deje de meterse en la camisa de una Semana Santa en la que parece ser que once varas no son suficientes todavía para que quepa la opinión de todos.
No creo que le haga mucha gracia este panegírico. Pero se conformará diciendo, como suele: “Estaría de Dios que fuera así” que se escribiera.

miércoles, 30 de mayo de 2012

EN RECUERDO DE UN COFRADE, EN MEMORIA DE FERMÍN TELLO


Sin proponérmelo, he guardado un respetuoso luto de silencios. He preferido esperar a que la ermita de Montemayor haya recobrado la calma después del júbilo de su romería, en este tiempo en que la primavera dobla la rodilla ante el sol de junio, como los católicos nos humillamos ante la Custodia del Corpus. Ahora, reposados ya los recuerdos agolpados en la memoria al saber de la partida de este mundo de Penas hacia el eterno reino del Amor de un insigne cofrade, último de los legendarios, quiero rendir en estas líneas un sencillo homenaje a D. Fermín Tello Camacho. Y lo he querido hacer hoy, a treinta y un días de este mayo, cuando la Virgen, blanca azucena del Amor, más Amor destila.

La primera vez que hablé con este convencido cofrade fue un Lunes Santo de hace ya no sé cuántos años. A pocas horas de salir la procesión (cosas de aquellos tiempos), mientras Paco Contioso  ceñía con una ensarta de esmeraldas la cintura de la Virgen, Femín culminaba el paso tapando huecos, dignificando aquel  palio verde liso con todo el cariño y su buen hacer. Recuerdo que con la iglesia todavía vacía, sin nazarenos, en esos momentos de quietud en el templo antes de la eclosión de la salida, me hablaba de la hermandad, de proyectos, de palios bordados, de cambiar el gloria con la Virgen del Rocío por otra con Montemayor, de una candelería nueva, de la gracia torera de aquellos varales baratilleros, y me hablaba de Semana Santa y del Nazareno de la Concepción. Y aquel niño asistía absorto a una de las primeras lecciones magistrales que de cofradías recibió en su vida. Desde aquel día le profesé un sincero afecto y profunda admiración.

Luego, cuando con el correr de los años tuve el honor de trabajar por mi hermandad del Nazareno en distintos puestos de responsabilidad, siempre encontré en este cofrade de raza comprensión, apoyo, complicidad. A pesar de la diferencia de edad entreví siempre en él, como en un muy reducido grupo de viejos cofrades, un referente, un camino marcado por ellos que debíamos recorrer los más jóvenes para que la transmisión de la fe en las cofradías se lograra sin distorsiones, adaptándonos a los nuevos tiempos, pero conservando su auténtico  sentido de siempre. No estoy muy seguro de haberlo conseguido.

A veces pienso que la vida de Fermín Tello, vista desde la distancia, siempre corrió paralela a la vida de la hermandad de las Tres Caídas. Desde el dulce y difícil momento de la fundación en la Milagrosa hasta alcanzar la gloria que hoy goza, Fermín también tuvo que pasar por ese purgatorio de puentes en la candelería, de claveles de plástico, de estrecheces. Pero con el trabajo que él impulsaba, junto con la savia nueva que manaba en el seno de la hermandad, proyectó hacia el futuro a esta imprescindible realidad para la Semama Santa de Huelva que es hoy la hermandad de la Cruz de Santiago en el antifaz.

Hago memoria y lo veo con gesto adusto ante las inclemencias  meteorológicas, que tan malas pasadas le jugó a su hermandad, reacio a salir con amenaza de lluvia. O entre un revuelo de capas verdes bajando la cuesta de San Cristóbal intentando alcanzar al pasocristo, ansioso por llegar a la Plaza Niña. Y lo veo mirando a la Virgen con los ojos húmedos, siempre a la Virgen, a su Virgen, que entre los naranjos de la calle Francisco Niño se arrebujaba entre los pliegues de una mantilla, como custodia de blondas para el sol de su amoroso  rostro. Recuerdos. Vivencias al lado de alguien que sabes que habla tu mismo idioma. Cosa nada fácil no hace tantos años.

Se fue el maestro al encuentro definitivo con su Cristo, que este año buscará su mirada entre el paño de la Verónica y la suya, se marchó allí dónde solo reina el Amor. Pero habrá quién coja la alternativa, porque a  la hermandad la dejó puesta en suerte para seguir haciéndola cada día más grande, ¿o no, Fabián?, ¿a que sí, Manolo Ponce?, ¿me equivoco, Fernando Vergel?

Hoy la Virgen del Amor mostrará su dolor de siempre, pero una sonrisa revoloteará sobre el cáliz de su hermosura al recibir en la Gloria a D. Fermín Tello Camacho. Todo un señor, todo un cofrade; todo un señor cofrade. Descanse en paz. 

jueves, 9 de febrero de 2012

COFRADES ONLINE

Como tantas otras cosas, los actuales medios de comunicación inmediata ni son buenos ni son malos en sí mismo. Todo depende del uso que hagamos de ellos. En las redes instaladas en Internet tenemos la prueba más fehaciente.

No voy a descubrir ahora los beneficios que a la sociedad puede ofrecer, y de hecho ofrece, esta red de redes. Esta ventana abierta al mundo, como frecuentemente se dice, pone a nuestra disposición y de inmediato todo el conocimiento deseable; difunde, convoca, ilustra, entretiene, informa…Y engancha.

Y los cofrades lo sabemos. Y nosotros que somos capaces y capataces de lo más sublime y de lo más abyecto, sin términos medios, hemos entrado a saco en Internet, y temiéndome lo peor, se han confirmado mis temores.

Leía hace poco, vía Facebook, un comentario, cuanto menos curioso, que abogaba por culturizar Internet, y otro no menos curioso que aseguraba que habría que sacralizarlo, que evangelizarlo, vamos. Creo modestamente que para culturizar ya están las bibliotecas y para evangelizar los púlpitos, que diga los ambones (que luego me llaman rancio, facha y reaccionario). Cada cosa en su lugar, en su verdadera dimensión. Pero no voy a negar que Internet sería un vehículo magnífico para que en él se reflejase al menos la cultura cristiana. Hasta el mismo Papa nos insta a una utilización de este medio de una manera acorde con nuestra fe.

Pero en lo que creo que todos estaremos de acuerdo es para lo que jamás debería servir, es decir: para el insulto y la provocación. He encontrado en algunos foros cofrades más insultos y más crueldad que en ningún otro dominio de la red, desde poner de vuelta y media al prioste más creativo, hasta arrastrar por el fango el nombre del más experimentado capataz, y donde el simple color de una túnica se convierte absurdamente en una verdadera cuestión de estado. Aquí todo vale.

Y es donde mejor se demuestra la falta de formación y de cultura, de la cofrade y de la cultura con mayúscula, y de la ausencia de educación. Porque de la formación religiosa mejor no hablar. Pásese, investigue usted experimentado internauta si no me cree, y dese un paseíto por los comentarios vertidos en ciertos foros cofrades con motivo de la última y exitosa visita del Santo Padre a España. Después de leer, dígame si no es para salir corriendo y no mirar para atrás ni para ver alejarse un paso de palio. Pavoroso el panorama.

Y asusta y preocupa la juventud de los más crueles internautas, cuyas cáusticas voces parecen poseedoras de la verdad más tiránicamente absoluta. Cuánto hubiéramos dado los cofrades de mi generación por haber tenido en nuestra juventud un medio como Internet para ver y saber de cofradías, cuando entonces nos teníamos que conformar con los recortes del primitivo Odiel, con las fotos del  ABC o con un buen taco de postales Escudo de Oro (que levante la mano quien no tuviera una caja de zapatos o de carne de membrillo con un buen número de estas postales  con los pasos fotografiados en la Puerta de los Palos de la Catedral de Sevilla, guardado como un verdadero tesorillo).
No sé qué tendrá este medio de Internet que, a veces retocado, y otras sin careta alguna hace que aflore en muchos cofrades su verdadero yo, queriéndose hacer el ocurrente, el piadoso o el despiadado.

Lo dicho: los cofrades en Internet capaces de lo mejor y de lo peor, la alabanza y el insulto, el bien y el mal, la Gloria y el Infierno (sin Purgatorio posible, que ya no se lleva) al alcance de la mano, cliqueando en un teclado, moviendo un ratón.

A lo mejor, si en vez de un ratón cogiéramos un gamo, digo una gamuza, y descargáramos toda la “inquietud” sobre la plata, las cofradías irían mejor….O por lo menos con la orfebrería más limpia.


jueves, 2 de febrero de 2012

UN NO IMCOMPRENSIBLE

Vaya por delante que la decisión  adoptada en el cabildo general de hermanos de una cofradía reglamentariamente convocado y celebrado es sagrada, incuestionable. Aunque no necesariamente tenga que ser incontestable.

Nos guste o no, la decisión soberana tomada por los hermanos de una corporación constituidos en asamblea debe ir a misa. Lo triste, lo malo, lo verdaderamente incomprensible, es que a veces la decisión de un cabildo vaya en contra de los propios intereses de la hermandad.

Habéis acertado si pensáis que me estoy refiriendo a lo sucedido en el cabildo extraordinario que la junta de oficiales de gobierno de la hermandad de los Judíos, la querida hermandad de la Merced, convocó pidiendo autorización para iniciar los trámites de la coronación canónica de María Santísima de los Dolores, su sagrada titular.

No puedo saber lo que allí ocurrió, ni escribir con conocimiento de causa, ni sé qué motivos  (a lo mejor respetables) habrá llevado a que mayoritariamente los hermanos de la cofradía Servita hayan votado que no a la (en un principio ilusionante para cualquier hermandad) labor de conseguir la Coronación Canónica de su imagen mariana, máximo honor dispensado por la Iglesia para un icono de la Virgen. Pero no me negarán que es cuanto menos desconcertante, y sospechoso.

De unos años a esta parte  (no es el primer caso) se han desarrollado cabildos generales  donde han sido rechazadas propuestas presentadas por la junta de gobierno por el mero hecho de oponerse a su gestión, aunque la hermandad salga perjudicada, y aludiendo a cualquier motivo, como pueda ser un defecto de forma al convocarse el cabildo que incluso puede ser verdad, pero no nos engañemos, los motivos no son otros que tumbar al hermano mayor de turno, mostrar músculo de un grupo de “indignados” y por medir las fuerzas de ese grupo en el seno de la hermandad ante unas futuras elecciones, por reventar el cabildo vamos.

Una vez más los cofrades mostramos nuestra verdadera cara. Otra vez las hermandades copian a los políticos que votan a favor de su partido (que viene de parte) y no por el bien general, que en este caso sería la hermandad. Anteponemos nuestro  sectarismo y nuestro ego al bien colegiado.

La Coronación Canónica de la imagen de una cofradía debe suponer una empresa donde confluya toda la fuerza y todo el entusiasmo de sus hermanos trabajando por el mismo fin, aunando voluntades, haciendo realidad cada día ese ilusionante proyecto, caminando juntos tras un mismo fin, construyendo a la hermandad, no destrozándola reventando los cabildos, remozándola desde sus mismos cimientos, y haciéndose merecedores de esa sagrada distinción para su titular. Y lo que es más importante, consiguiendo el reconocimiento de la sociedad, de los que nos ven desde fuera que no entenderían  una Coronación (y en los tiempos que corren, menos) donde solo transcendiera una ceremonia, más o menos solemne, y la consabida procesión extraordinaria de regreso.

Porque vamos a dejarnos de milagritos reconocidos, de antigüedades demostradas y de contrastada devoción a una imagen. Hoy en día se corona a una Virgen si la hermandad de la que es titular es capaz de llevar a cabo una serie de condiciones (la obra social debería ser la primera)  que en nada tienen ya que ver con estos trasnochados requisitos, sino con el trabajo en unión que demuestren con sus hechos que la hermandad es válida para la Iglesia (y para el Mundo) en el siglo XXI.

Por eso hay hermandades que actualmente, y de momento, no podrán ver coronadas sus imágenes marianas por esa división impropia en un grupo de hermanos y de católicos que harían imposible cumplir con la hoja de ruta de toda una Coronación Canónica. No por otra cosa.

Insisto que hablo sin conocer lo que realmente haya podido pasar en el cabildo de los Judíos. Tengo amigos apreciados en esa para mí muy querida hermandad de la Virgen de los Dolores (fue la primera imagen que tuve el honor de vestir, y eso marca), seguro que algunos a favor y otros en contra de la coronación, que espero algún día me puedan aclarar lo ocurrido, porque no le encuentro explicación alguna. Aunque me las malicie.

Que la Virgen de los ojos más oscuros, la del llanto más profundo y la mirada más triste, a la que ya Dios nuestro Señor coronó en el Cielo pero que, al parecer, nosotros no queremos coronar en la Tierra, nos perdone. Señora, Tú ya sabes cómo somos los cofrades. Mater Dolorosíssima, ora pro nobis.

jueves, 26 de enero de 2012

JUGAR A LAS MUÑECAS

No creo que nadie pueda extrañarse ni poner en duda que a lo largo de la historia las cofradías de Sevilla han servido de modelo para las de Huelva. Sea porque hasta hace relativamente poco fuimos una misma diócesis, concretamente hasta el año mil novecientos cincuenta, o sea porque ahora Internet y la A-49 nos lo hayan puesto en bandeja, intentamos (otra cosa es que lo consigamos) que nuestros pasos se parezcan a los de Sevilla y anden como ellos; organizamos cultos y actos como los de ellos; y hasta vestimos a nuestras Vírgenes como las de ellos.

Y es lógico que así sea, pues no puede haber mejor modelo para un cofrade que procure lo mejor para su cofradía que aspirar a la perfección y el esplendor  que alcanza una cofradía sevillana. Y sin que esto deba suponer ni un ápice en la renuncia a la propia personalidad de cada una de nuestras  hermandades y  anteponiendo por encima de todo la devoción a nuestras imágenes, que esto es cosa del corazón y el corazón, en estos casos, no entiende de estéticas ni de estilos cofrades.

No reconocer en Sevilla la principal fuente de donde mana la estética cofrade sería seguir instalado en un provincianismo que ya creo felizmente superado. El aldeanismo es una enfermedad que se cura viajando, viendo, aprendiendo de quienes pueden ampliar tus conocimientos, sea en Sevilla o donde sea; pero reconozcamos que en materia de cofradías Sevilla es adelantada y avanzada punta de lanza. Negarlo sería como si el  enamorado de la pintura universal se negara a ir al museo de El Prado, primera y mejor pinacoteca del Mundo, porque es de Madrid. Pero cuidado, todo lo que nos viene de fuera tampoco tiene porqué ser lo mejor, ni siquiera ser bueno…Ni mucho menos.

En el año mil novecientos ochenta y nueve, el antes  admirado y ahora criticado en ciertos círculos cofrades por considerar sus escritos lacrimógenos y almibarados, el siempre recordado y querido  Rvdo. P. D. Ramón Cué Romano, S.J., al pronunciar el pregón de las Glorias de María, en su brillante alocución advirtió proféticamente uno de los muchos males que empiezan a amenazar a la Semana Santa de Sevilla (otros ya están consolidados). Supo vislumbrar una Semana Santa, la de Sevilla, que empezaba a perder sus auténticos valores. Entrevió la posible banalización de una fiesta religiosa que podría perder precisamente esa acepción, la de religiosa, y quedarse solo en fiesta. Parece increíble que una persona, que además no era de Sevilla, llegara a comprender tan a la perfección el mundo, tan especial, de las cofradías. Vaticinaba una fiesta que paulatinamente se iría desposeyendo de su autenticidad, como hasta entonces, según él, tenía. Dijo hace veintidós años, aquel día de mayo, que “ emerge  una semana santa desprovista del elemento cristiano. Entre unos y otros pueden conseguir que los sevillanos acaben jugando a las muñecas con vírgenes, sayas y coronas”. Evidentemente no se ha llegado todavía a tanto. Pero no cabe duda de que estamos en el camino.

Según el Padre Cué,  empezaban a hacer su aparición por las cofradías quienes solo veían en ellas motivo de fiesta y superficialidad. No me digan que este sacerdote, amén de tener el don de la escritura y  de la palabra, no tenía también el de la profecía. A poco que observemos a nuestro alrededor comprobaremos que esa situación, si no ponemos los medios necesarios, pronto será una rotunda realidad. Si no, echemos un vistazo a la prensa cofrade, a los programas de televisión; agudicemos el oído en las tertulias cofrades, incluso en las mismas casas de hermandad y descubriremos lo que verdaderamente interesa de las cofradías: lo que menos interés debe tener.

Y no salgo de mi asombro cuando leo en ese pregón de las Glorias estos  desasosegantes, pero premonitorios versos:
                             “Quieren enterrar tu espíritu,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           
                               quieren montarte otra feria.
                               Se mofan tras las esquinas.
                               Se dan codazos de juerga:
                              Mira a Sevilla, con vírgenes,
                              Cómo juega a las muñecas”.

Y lo peor del caso es que no ha hecho falta que esta, digamos, nueva realidad cofrade nos llegara a paso mudá por la A-49; nosotros solitos hemos sido capaces y capataces de formar en Huelva a cofrades como los que proféticamente predecía el Padre Cué para Sevilla, los que consideran a las cofradías como una asociación “lúdica” de fieles, donde se  emocionan con lo superfluo pero olvidan (o desprecian, e incluso ponen en tela de juicio) su esencia religiosa, que es lo que le debe dar el auténtico y verdadero sentido a su existencia.

En esto sí que nos cabe el dudoso honor de poder compararnos con Sevilla. Con la de cosas que hay donde poder mirarnos, a lo que poder aspirar cofradieramente,  y nos vamos a parecer en esto. Qué pena. 

jueves, 19 de enero de 2012

EL PATRÓN SAN SEBASTIÁN

No soy yo muy “sansebastianero”, no. Y tengo motivos más que sobrados para serlo, pero no lo soy. No es una de mis fiestas preferidas.

Devoción obligada y afecto oficial aparte, la causa de mi desapego puede que tenga alguna explicación. O varias explicaciones. Puede que la primera y más remota sea la coincidencia de ese tiempo en el que empiezas a aprender, cuando empiezas a enamorarte de las cosas, en la infancia, con el momento más agudo de decadencia de las fiestas de San Sebastián.

Me cuentan, si; pero yo no conocí al Santo en San Pedro, ni su procesión llegando al cementerio viejo, ni los huertos en las calles… O al menos no tengo memoria de eso. Los de mi generación sí que podremos recordar una procesión decadente con el Patrón sobre el paso de la hermandad de los Mutilados y Excombatientes, en cuya canastilla las escenas de la Pasión de Cristo, pintadas por Pedro Gómez, eran tapadas con un paño de damasco rojo, y adornado con cuatro jarras de plata, orejudas y lisas como copas de Champions. Y sobre el paso, la imagen de San Sebastián (Mel Ferrer, clavaíto, clavaíto) púdicamente tapado con un paño de pureza que le ponía Pepe Jurado, eterno sacristán de su iglesia. Más celebraba yo ver montar y desarmar la vieja “rampla” gris por lo que suponía de cercanía de la Semana Santa, que la procesión en sí.

En mi memoria me veo la tarde del día de San Sebastián paseando por un barrio ruinoso, oscuro, con una bombilla con pantalla de hojalata por todo alumbrado público suspendida de unos alambres alumbrando tristemente la intersección de las calles “Matrocá”, Nueva y Jesús de la Pasión, como el más digno escenario de una película del muy subvencionado y malísimo cine español que tratara ¿cómo no? del Franquismo, con la impronta parduzca de unas pocas cáscaras de palmito sobre los adoquines, como jirones de piel de la vieja ciudad tirados por el suelo y con el rojo de una manzana de caramelo como única nota de color.

Y puede que esta falta mía de fervor a la fiesta la tenga también la para mí ilógica circunstancia de que el culto a todo un patrón  recaiga en las mano de una hermandad de penitencia. Desde que todo lo referente a San Sebastián pasó a depender de la hermandad de los Estudiantes, el Patrón para mí ya no fue lo mismo. Y no es una crítica a esa hermandad, antes bien todo lo contrario: habría que agradecerle la labor de continuar con el culto, cuido y decoro del Santo. Pero no me negarán ustedes que esto no se ve en ninguna parte, nada más que aquí. Es algo así como el empeño de la otra hermandad patronal, la de La Cinta, obstinada en hermanamientos especiales con algunas cofradías. ¿No es la Patrona de Huelva, protectora de todas sus hermandades? Entonces no comprendo ese afán por tener “ojitos derecho” ni trato de preferencia con ninguna. Eso es inevitable y estará bien para las madres de este Mundo; pero no para La del Cielo. Y eso su hermandad debería saberlo.

Y es que Huelva para sus cosas es así. Y si a esto se le añade la utilización por parte de los partidos políticos (los dos) de turno en el Ayuntamiento en su interesado intento de resucitar ficticiamente una fiesta que no da más de sí, por que los tiempos han cambiado y de aquel barrio fervoroso  hacia su Santo no va quedando ni la memoria y por que la asistencia a la fiesta, excepto a la procesión (y al gañoteo y lambuceo de las papas con choco que da el Ayuntamiento) es minoritaria, acaba por explicar mi poca afición a esta antigua fiesta y otrora sonada celebración onubense.

No obstante, el domingo allí estaremos, para pedir al Santo que interceda por nuestra ciudad y aunque solo sea por haber nacido a la Gracia un veinte de enero  ante su sagrada imagen y llevar sobre el mío su santo nombre. ¡Viva San Sebastián Bendito! ¡Viva nuestro Santo Patrón!...Pero no soy yo mucho de la fiesta de este mocito y galán, que saca las mujeres a pasear y luego…..ya  se sabe lo que pasa.

jueves, 12 de enero de 2012

UNA ESTAMPA EN LA CARTERA

A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción, dice una de las mejores canciones de Serrat.

En la difícil y apasionante tarea de criar, y sobre todo educar a un hijo, hay tanto de satisfacciones como de preocupación e inseguridad.

Muchas veces se afirma que los hijos aprenden y se comportan en la vida conforme a lo que ven en casa, con lo que viven en la familia, y es verdad. Pero también es cierto que en los tiempos que corren son muchas las influencias exteriores al hogar las que interfieren en la formación de un niño, y no digamos ya en la de un adolescente. Los que habéis pasado por ahí como padre bien lo sabéis.

Es lógico que pensemos que para nuestros hijos lo mejor sería que supieran adoptar nuestras costumbres, nuestras aficiones, nuestra misma fe. Pero corremos el riesgo de que también adquieran nuestros defectos y caigan en nuestros mismos errores.

Sonreímos interiormente cuando un hijo nos sorprende con un gesto nuestro o  se manifiesta como tú lo harías ante determinada situación, cuando coinciden contigo, cuando te imitan. Pero torcemos ese gesto si vemos que se apartan del camino que tú les has querido trazar por creerlo el mejor posible, olvidando con frecuencia que ellos deben tener su criterio propio y el justo derecho a elegir en libertad.

 Con  la cofradía ocurre igual. Desde la primera vez que lo visten de monaguillo, chupo y medalla colgando, hasta que después de años de acoso y derribo acabas cediendo y lo dejas meterse debajo de un paso y un día lo ves salir de casa con el costal bajo el brazo camino de la iglesia, aflora tu orgullo y escondes alguna lágrima. Pero también te desasosiega que esa tarde no haya ido al quinario y te cueste la misma vida que vaya los domingos a misa. Y que cumplan los preceptos de la Iglesia, que para ti son sagrados.

Y contemplando los avatares a veces tan poco edificantes de las cofradías pueden llegar a confundirse. Cuando han vivido de cerca la entrega de unos padres a su hermandad; cuando han sido testigos directos (a veces sufridores) de que la hermandad haya estado por encima de muchas cosas (mal hecho por nuestra parte) y luego ven que ese esfuerzo y que esa dedicación han desembocado en sufrimiento y disgusto; cuando ven que tu decepción se convierte en frialdad hacia lo que antes era tu propia vida, también lo perciben y lo sufren, porque serán niños, pero no tontos. Y encima les estamos dando un mal ejemplo con nuestra actitud.

Y ahora a ver cómo les explicas tú que a pesar de todo, las cofradías merecen la pena, que son una de las más hermosas formas de vivir la fe Porque deseas que tus hijos se integren, que sean parte activa de tu cofradía, pero al mismo tiempo temes que le provoquen los mismos desasosiegos (dicho suavemente) que antes te provocaron a ti. Pero también deben comprender que golpes mucho más serios y duros les deparará la vida.

Pero hay casualidades, momentos en que se disipan tus temores y se aclaran tus dudas. Por ejemplo al encontrarte la cartera de tu hijo caída en un rincón del sofá y al recogerla  percatarte de que junto a la fotografía de su novia (¿se dice todavía así?) lleva una estampa de su Cristo, de nuestro Cristo. Y piensas que ya lo tiene decidido, y que la devoción hacia Él ha prendido y ocupa ya un lugar en su corazón de adolescente. Y además quiere ser sus pies debajo del paso, o todavía mejor, quiere servir en el altar como acólito.  Esa sí que es una verdadera satisfacción, más grande, mucho más, que la que cuenta Serrat en su canción.