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viernes, 17 de julio de 2020

CARTA A D. JOSÉ VILAPLANA BLASCO



Excmo. Sr., D. José Vilaplana Blasco, hasta hoy padre y pastor de la Iglesia Onubense:

Ante todo espero disculpe el atrevimiento de dirigirme a usted públicamente, pero quisiera decirle por escrito lo que a lo mejor por pudor no le he podido expresar personalmente.

Cuando SS el papa Francisco pedía sacerdotes que “oliesen a oveja” parece que pensara en usted. Pocos obispos he visto que se hayan implicado tanto y que se hayan ganado el corazón de Huelva, que a veces late de forma digamos que peculiar, como lo ha hecho usted.

Y digo que se ha implicado porque no conozco parcela de la Iglesia onubense donde no haya dejado huella ni le haya demostrado el reconocimiento a su labor; su cercanía , amabilidad, disposición, afecto, comprensión, consejo, aliento y apoyo han sido proverbiales.

Le he visto presidir un acto académico con la misma dignidad que lo he visto a deshoras de la noche en mitad de un coro en el ensayo de una banda de cornetas y tambores; le he visto acercarse a los ensayos de costaleros, incluso bajo la lluvia;  me lo he encontrado perdido entre la multitud viendo pasar una cofradía; y predicar en los cultos tratando a todos por igual. Soy cofrade, conozco el paño, créame, y sé los muchos quebraderos de cabeza que le hemos provocado, pero que, con la bondad y la paciencia que ha demostrado, ha sabido reconducir.

Le he visto visitando un colegio ser recibido por un claustro de profesores, con diversidad de pareces y de ideas, aportando, alentando a todos.

Nadie podrá decir que haya cosechado de usted un no por respuesta cuando se le ha requerido, ya sea para actos multitudinarios, visibles,  como otros íntimos, casi familiares.

No debo de andar muy lejos de la verdad cuando Huelva, a veces tan cicatera y lenta para sus cosas, ha sabido reaccionar decidida y unánimemente ante la petición de una calle con su nombre, donde perpetuar nuestro sincero agradecimiento.

Hoy se despide a los pies de Nuestra Señora de la Cinta, a la que tanto ha servido y tanto amor le ha dispensado, contribuyendo de forma ejemplar a potenciar sus cultos y su devoción.
Huelva no encontrará mejor cicerone para explicar la grandeza de Nuestra Señora y que pueda explicar con tanta curiosidad y entusiasmo a quienes nos visitan de fuera el hecho singular del Niño desnudo pero con zapatos puestos, enseñándonos a servir a la iglesia desvalida con el oro de la caridad y el servicio a los más necesitados.

 Muchas veces le he visto pasear con parsimonia por los jardines de la Cinta, orando, meditando como un monje por la huerta de su cenobio. Y ahí, literalmente ahí, también dejará huella plantando un rosal que perfumará un rincón de la ermita que le recordará para siempre.

Hoy se nos marcha un buen pastor, con las tareas hechas (siempre queda alguna cosilla por hacer) y habiendo dejado bien abonada esta tierra, a veces dura y difícil, donde D. Santiago, su sucesor, podrá seguir sembrando la Palabra.

Si decidiera seguir entre nosotros hasta que Dios Nuestro Señor lo quiera, seguro que encontraremos en usted a un onubense más enamorado de esta tierra de María Santísima a la que sirvió diligentemente, a una Huelva que siempre le estará agradecida.
La amabilidad, la afabilidad y el cariño que siempre nos ha dispensado, y mil veces demostrado, será difícil de olvidar.

Reciba en su despedida, querido D. José, con un beso en su anillo, un cordial y afectuoso saludo. Que el Señor y la Santísima Virgen le guarden siempre.

domingo, 14 de junio de 2020

JOSÉ ANTONIO DE LA CASTA Y MARTILLO DE LA ESPIGA





A José Antonio de la Casta y Martillo de la Espiga lo de la política le viene de cuna, de cuna de madera oscura, como de mueble de despacho oficial, con balcones con cortinas de damasco burdeos y vistas a la Gran Vía, con mesa-bureau tallada y bandera de España con águila en el escudo, que ocupaba su padre.

José Antonio de chico estudió en un colegio de pago, religioso, de los que se formaba militarmente por las mañanas en el patio antes de entrar en clase y se cantaba el Cara al Sol. Lo contrario que su amigo Francisco García López, que estudió en un colegio de su barrio, que la única relación que tenía con la religión era un azulejito de tres losas de la Virgen de la Cinta que había en el patio.

A pesar de proceder de muy distintos ambientes, familiares y sociales, José Antonio y Paco desde bien chicos formaban parte de un mismo grupo de amigos, de la misma pandilla, esa que marca de por vida, la que compartían juegos al salir de clase, los primeros cigarritos Benson & Hedges , esos del paquete dorado que Paco le cogía a su padre de los cartones que traía  cada turno en un barco desde Canarias; los que hacían la mona para ver desde el cabezo de la Joya cómo hacían gimnasia  las niñas del Santo Ángel, con camiseta blanca ajustada y holgados puchos azules; la de los castigos colectivos en clase en la hora de estudio por la carcajada provocada por la gansada de alguno; la de los primeros acercamiento a las cofradías, la de películas en los Maristas los domingos por la tarde… La pandilla que iba, alentados por José Antonio (que tenía no sé qué cargo) a los campamentos de la O.J.E. , en Mazagón, menos Paquito, porque como cantaba su tocayo  Paco Ibáñez en La mala reputación,  “la música militar nunca lo supo levantar”…Hasta que hizo la mili, cosa de la que se libró José Antonio por intercesión de su padre, D. Augusto de la Casta Vertical ante un amigo íntimo que tenía en Capitanía General.

Antológica aquellas Colombinas en la que la pandilla tenía que esperar mirando por la celosía de la caseta municipal a que José Antonio terminara la cena de gala para irse juntos a los cacharritos y a la caseta popular a tomar cubatas de garrafón, cena de gala a la que su padre iba con chaqueta blanca y palomilla y su señora madre, Doña Rosario Martillo de la Espiga y Barragán, asistía de traje largo y chal.

Josan, como le llamaban los amigos, nunca fue buen estudiante. En el instituto del Conquero donde cursó el bachillerato empezó a apuntar maneras. A pesar de ser más perro que ángel de la guarda de los Kennedy, siempre salía de delegado de curso. Sabía pelotear de tal manera al profesorado, que se le caía la baba, sobre todo a la “profesorada”. Era de los que agitaba por detrás, engatusaba a los más tontones, y luego se guarecía en la retaguardia. Las bofetadas se las llevaban los tontos mientras él se partía de la risa oyendo desde fuera, en la puerta del despacho del director, la bronca que se llevaban los otros.

Tanto y tan rápido aprendió el papel de líder, que la carrera de Magisterio la aprobó no estudiando en las aulas, sino hablando de política con los profesores en la cafetería de la Escuela Normal, que es lo que solían hacer los profesores, politizar hasta las tablas de multiplicar. Sin embargo, su amigo Paco logró aprobar su carrera sin que los profesores, al final del curso, le pusieran ni cara.

La noche del 23 de Febrero, nuestro carismático luchador por la democracia se solidarizó desde el salón de su chalé  con los compañeros que se fueron a Portugal hasta que pasara el susto, apareciendo luego con ellos  en la foto de portada de la hoja reivindicativa “Obreros marxistas en lucha”, con su hoz y su martillo, que hecha en ciclostil en la secretería, corría de mano en mano por la Normal de Magisterio.

Ya por aquel entonces Josan dejó de ir a misa de doce y en su lugar se paseaba por la calle Concepción con El País bajo el brazo. Súbitamente empezó a hablar en un andaluz tan acusado, tan de eses forzadas, tan cerrado, tan arrastrado, como el de la ministra Montero. Nombraba a Federico con tal familiaridad que parecía que hubiera estado con el poeta en Nueva York. Cuando no, recitaba a Alberti, y decía “gaviooootaa, gavioootaa” mirando a la lejanía poniendo los ojos en blanco, como si también hubiera sido Marinero en Tierra, y recitaba la Elejía a Ramón Sijé de Miguel Hernández enfatizando más, dramatizando más y echándole más ganas todavía que el de Jarcha… Pero tachaba de antiguo a Paquito por leer a Galdós, Fernán Caballero o, por supuesto, a Pemán.

Fue entonces cuando José Antonio determinó que los amigos le llamaran Patxi, que sonaba más combativo, más vasco y mucho más moderno y empezó a tomar referencia en su vida del Mayo Francés del 68, como si hubiera corrido delante de un gendarme en los Campos Elíseos de París, esquivando las pelotas de goma y los botes de humo,  cuando la única referencia de los sesenta que le habíamos oído hablar hasta entonces era de que “la Massiel” había ganado el festival de Eurovisión y de que su padre había estado en una recepción con Franco cuando vino a inaugurar una fábrica del polo, acontecimiento familiar que perpetuaron con una foto, más bien grandecita, que presidía el comedor de la casa.

Coincide este inesperado, pero perfectamente y milimétricamente estudiado cambio de Josan, ya reconvertido en Patxi, con la muerte del General Franco, en el tiempo que el dictador estuvo ingresado en el hospital de La Paz. En esas dos semanas, lista como el hambre, la familia de Patxi se olió el percal y Doña Rosario impidió que su esposo D. Augusto asistiera a la misa de difuntos que por el alma del Invicto Caudillo de la Patria (así nombraban a Franco en casa) se dijo en las Agustinas. Y guardó bajo siete llaves la foto de D. Augusto con el Generalísimo en la fábrica del polo.

Y,  hete aquí que por aquel entonces Patxi había hecho ya las prácticas de magisterio en un colegio, con niños de verdad y, habiendo descubierto la auténtica realidad de lo que es ser maestro, decidió que a los niños los aguantaran sus padres, tiró la tiza a tomar por culo y su papá lo colocó, cobrándose unos favores que le debían, en un sindicato vertical, y de ahí pasó a un despachito en  la delegación de Educación, pero como aspiraba todavía a más, andando el tiempo, se hizo liberado sindical, se compró una chaqueta de pana, un chaleco de cuello alto y empezó a llamar “compañero” a todo el mundo y así se perpetuó en la casta sindicalista, como su propio apellido indica.

Desde entonces, para vestir al santo, Patxi iba (casi) todas las mañanas a su despachito oficial, que decía Forges, en el Mini Morris rojo con el techo blanco que su padre le había regalado cuando cumplió veintiún años. En el cassette llevaba a Jaques Brel (aunque no sabía Francés), María del Mar Bonet (tampoco sabía catalán) y Quilapayún, con el Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, que escondiendo los discos de Karina, la había constituido como su música de cabecera, y llevaba en el capó propaganda de la próxima huelga general de turno.

No había manifa a la que no fuera, incluida la del Orgullo Gay…las vueltas que da la vida, con lo que Patxi se metía con los mariquitas en su etapa de estudiante, hasta hacerles la vida casi imposible; claro que entonces no existía eso del bulling.

Desde entonces, todo lo que no coincidía con su pensamiento era facha, carca, involucionista y retrógrado. Se alejó de las cofradías porque eran poco democráticas y se iba a su casa de la playa cuando llegaba Semana Santa. Una vez, entrevistado en una televisión local, poniendo pose de Isidoro Moreno, calificaba a las cofradías como “un movimiento curturá y sosiá der pueblo que refleja rasgoj antropolóogicoj que se identifica con la selebrasión de la primavera en el dejpertá de loj sentidoj y se materialisa en un rito inisiático sexuá de la juventú”…Lo de sexual lo diría por la de  rabos que Patxi ponía en la bulla de algunas recogidas…

Ahora, durante el confinamiento, que para mejor aislarse lo hizo en su chalé de los Pinos de Valverde con su compañera, sindicalista liberada también, estuvo ojo avizor en las redes sociales a la caza y captura de bulos que empañasen la espléndida gestión que su partido coaligado ha hecho de la pandemia. No pudo por menos que acordarse de cuando en su juventud también lavaba la imagen de la dictadura ensalzando sus logros y pegando carteles azules y rojos de Fuerza Nueva hasta su milagrosa reconversión en demócrata de toda la vida, cuando tuvo la habilidad de cambiarlo todo para que nada cambiara, para vivir en democracia lo mismo que su padre vivió en la dictadura: del cuento.

Y como no hay dos sin tres, su hijo Vladimir de la Casta, guapo chavalote con coleta y barba de tres días, es ya secretario local de un partido antisistema cuyo sistema es vivir sistemáticamente del cuento, para memoria de su abuelo (q.e.p.d.), alegría de su padre y orgullo de su abuela Dña. Rosario, que se ha teñido el pelo de violeta y ahora se hace llamar Chayo y que imparte cursos en las asociaciones de vecinos y vecinas bajo el sugerente título de “Sexualidad en la tercera edad: vagina matriarcal y orgasmo cósmico”, cuyo logotipo es una vulva (o sea, un papo) con un triángulo morado inscrito en su interior, cursillos, por supuesto, generosamente subvencionado por el sindicato de la casta.

Y a todo esto, el pobre de Paco, más quemado que el techo de La Casona y con más tiros dados que la ventana de un bosnio, sigue trabajando de maestro, aguantando el chaparrón, y esperando que los sindicatos del ramo trabajen por una vez y logren una ley que lo jubile dignamente y se dejen ya de tantas tonterías. Eso, si Dios no se lo lleva antes de un sofocón corrigiendo dictados con tantas faltas de ortografía, si es que antes ha sido capaz de entender la letra...

jueves, 4 de junio de 2020

CON LA CABEZA PERDIDA



Nada es casualidad. Esta mañana  casi a los inicios del mes de junio, mes eucarístico por excelencia dedicado también al Sagrado Corazón de Jesús, nos hemos desayunado con la noticia de que la  estatua de dicha devoción que preside la plaza de su nombre en la Roda de Andalucía (Sevilla) ha amanecido decapitada, y mutilada sus dos manos.

"Nihil sub sole novum", no hay nada nuevo bajo el sol en los albores de este verano, bajo el cielo de una España, que como la estatua profanada, también ha perdido la cabeza.

Hace poco celebrábamos el I Centenario de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, bajo el auspicio de S. M. el rey D. Alfonso XIII., y de aquí a nada, algunos celebrarán el del fusilamiento de dicha imagen, en el Cerro de los Ángeles, cerca de Getafe, en la provincia de Madrid.

Ahora, herederos de aquellos, estos nuevos milicianos, los chicos del bidón de gasolina, de camisetas con fotos del Ché, y legitimados por el odio que aventan los nuevos aires políticos imperantes, están continuando la valiente y meritoria gesta de destrozar las imágenes sagradas; quieren acabar, un siglo después, lo que empezaron, y gracias a Dios no pudieron conseguir, sus predecesores en la inquina contra la religión, católica, por supuesto: Decapitar España.

Es curioso que los que se ríen y mofan de la devoción que despiertan tantas imágenes de Cristo talladas en madera o labradas en piedra, al quererlas destruir, lo único que hacen es legitimarlas, reconocer en ellas la referencia devocional, su carácter sagrado para los cristianos, si no, ¿para qué ese empeño de hacerlas desaparecer?
Esta devoción del Sagrado Corazón, tan espiritual, tan pura,  tan de intramuros de los templos, tan de vestidos coderos y abanicos espantando los primeros calores, tan de saharianas fresquitas en las tardes de triduo, parece ser especialmente odiada por los autoproclamados adalides de la libertad. El “en Vos confío”, el “detente” del Corazón de Jesús, supone para esa ralea de la “agit prop” el conjuro maléfico que desata su peor ira contra Cristo y su Iglesia.

Porque atacan al Corazón de Jesús aunque lo que quieren, en realidad, es atacar el corazón de la iglesia. Creen a lo mejor, que decapitando una imagen, España, con su mala cabeza, olvide que el corazón de la Iglesia es la que ha mantenido y mantendrá los comedores sociales abiertos durante la pandemia. Quieren que olvidemos lo que hacen Cáritas y otras tantas organizaciones católicas. Es objetivo prioritario que los españoles se olviden que cuando las ONGs (tan progres y solidarias) llaman a que vengan los inmigrantes, incluso ilegalmente, cuando llegan medio muertos, o con móviles de última generación en la mano, que eso les da igual, quienes los atienden en su mayoría son las organizaciones católicas.

 Les gusta que, con la ayuda inestimable de la mayoría de los medios de comunicación, un velo de silencio, un apagón informativo, oculte  la labor social de la Iglesia, lo que a mí me gusta llamar obras de caridad, porque ya se sabe que la Caridad es sinónimo del Amor.

 Aunque la sociedad vea normal la suspensión de los actos de culto de la iglesia en plena cuaresma en la crudeza del Covid19 y luego justifique las reuniones de culto para celebrar el Ramadán.

 Y es que darse a los demás sin esperar nada a cambio solo lo hace un corazón noble, y eso no lo soportan los profesionales del odio, con la complicidad de la indiferencia de los que miran para otro lado, y ven estos actos de vandalismo sacrílego solo un “caso aislado”…que cada vez se da con más frecuencia.

Cuentan que cuando fusilaron al Sagrado Corazón de Jesús, ninguna de las seis balas disparadas por seis milicianos, dio de lleno en el corazón de la imagen, ningún proyectil la “hirió”. La que sí que está herida de muerte es esta nación sin memoria y que traga con todo, no sea que la llamen facha.

Y parece que esto no vaya a tener fácil solución, porque la cabeza de una estatua decapitada se recoge del suelo, se coloca en su sitio y se restaura la imagen. Pero España tiene difícil restauración, no porque la decapitaran, sino porque desde hace tiempo, tiene la cabeza perdida. Y sin cabeza, a ver quién la arregla.

domingo, 26 de abril de 2020

MIRAR A LA LEJANÍA



Desde que se decretó la alarma sanitaria parece que vivimos congelados en el tiempo. Cuando llegó el confinamiento, los días que se abrían a la luz se sacudían los últimos fríos. Aún era invierno.

Si todo va bien, cuando empecemos a salir de este túnel será ya álgida primavera, cuando veamos la claridad al final de este negro túnel que no venía señalado en ningún mapa de ninguna ruta, la naturaleza habrá resurgido y los primeros calores envolverán a la vida que se desperezará de este oscuro y malhadado letargo que nos ha robado, no solo la semana más esperada, sino nuestros días más deseados, nuestro tiempo más hermoso.

Esta epidemia traicionera parecía apostada en la trinchera de la venganza para caer sobre nosotros cuando menos lo esperábamos, cuando empezábamos a vivir los esperados días del gozo, partiendo en dos la cuaresma y aniquilando una Semana Santa que quedará escrita con la tiza más agria sobre el mármol de nuestra peor memoria, de la reciente y de la histórica. Y digo con tiza y no esculpido con la esperanza de poder ser borrado. Será necesario olvidar.

Ahora, casi a punto de nacer mayo, este deshielo irá dejando otra vez a la vista, con cierta crueldad, imágenes de la Virgen vestida de hebrea, cuando ya el blanco del tiempo de gloria debería cubrirlas. Nos mostrará algún que otro paso a medio montar en las iglesias, cuando  la plata y los bordados deberían dormir ya su quieto sueño de vitrinas. Y hasta nos mostrará en su altar de cultos alguna imagen del Señor que se quedó, como en una foto fija, en la antesala de su quinario, cuando ya debería estar recibiendo culto en la cotidianidad  diaria de su capilla. Punzará la nostalgia en el corazón reabriendo heridas.

Si es verdad, como parece, que a principios de este mes próximo se irá retornando lenta y progresivamente a una relativa normalidad, habremos  cruzado un puente del que aún no conocemos su verdadera longitud, ni dónde acabará definitivamente, y que parece tendido sobre el abismo en cuyo fondo yacerá para siempre lo que podía haber sido y ya nunca será la Semana Santa del año dos mil veinte.

Y digo que no sabemos dónde acabará este puente porque me da a mí,  sin saber explicar bien por qué, que cuando lo terminemos de cruzar no nos encontraremos la misma forma de celebración que hasta ahora hemos conocido. Sospecho, me da el corazón, que no será igual.

A partir de ahora desconocemos cómo se desarrollarán a medio plazo los besamanos y los besapiés, si podremos acercarnos a nuestras imágenes o contemplarlas de lejos. No sabemos si los cultos serán de libre acceso como siempre o se aforarán los templos. Si se permitirán los ensayos de las cuadrillas de costalero como hasta ahora; o los de las bandas de música . Tampoco si se permitirán las aglomeraciones delante de los pasos o si la carrera oficial se podrá mantener con los mismos esquemas que en la actualidad. Y de la prosaica, pero grave, cuestión económica, mejor ni hablar.

No sabemos hasta cuándo podrá durar esta situación ni lo que se podrá hacer o no el día después. Pero seguro que no será igual que nada será igual. Esto puede dejar señales, cicatrices que tarde bastante en cicatrizar. Ojalá no sea así. 

Pero con todo, la nueva realidad con la que nos podamos encontrar no tiene porqué ser negativa.

Dicen que uno de los aspectos (entre otros muchos) que se ha tenido en cuenta para que se autorice primero la salida a los menores de edad, uno de los beneficios según las autoridades sanitarias, es la de poder ejercitar correctamente el órgano de la vista, poder mirar a la lejanía, puesta en riesgo de atrofiarse al estar confinados en lugares reducidos y no alcanzar la mirada más allá de las cuatro paredes de una habitación, de una vivienda.

Y quizás en esto resida la solución, quizás saber mirar a la lejanía, al futuro, sea también  beneficioso para las cofradías.

Las hermandades han sabido salir airosas, cuando no reforzadas, de las adversidades porque históricamente han sabido reinventarse.

Ahora que el barco está en dique seco sería la oportunidad.  Ahora que esta parada biológica nos obliga, se podría aprovechar para desincrustar del casco las adherencias que muchas veces nos lastran, limpiarlas de  algas y conchenas, del verdín que crece por debajo de la línea de flotación y que no se ve, del sarro que las hacen vulnerables para una buena navegación y facilitan la corrosión.

Con la arena a presión de siglos de experiencia, del sentido común, del respeto a su verdadero espíritu y sin que tenga por qué perderse con este chorreado ni un ápice de su identidad, librándolas de excesos, de desmesuras; de la complacencia del “siempre se hizo así” y del mesianismo del que viene a imponer “arraigadas tradiciones de hace tres año”. Sería tiempo de restaurar la naturalidad. De desprendernos de esas cataratas que nos impiden ver bien en la lejanía.

Podríamos aprovechar y replantearnos muchas cosas, muchos gestos, muchos hechos, que se han ido transmitiendo en el devenir de los años (y de los siglos) sin encontrar nunca el momento propicio de reconducirlos. Cosas que muchas veces mantenemos por inmovilismo, por miedo a perder nuestro patrimonio sentimental, mucho más interiorizado que el material.

Dicen que nada será igual después de que pase la pandemia. Haríamos bien en marcar el dintel de nuestras puertas, como hizo Moisés cuando las Plagas de Egipto, para que la muerte pase de largo por nuestras cofradías.

 Por si fuera poco, la epidemia también nos ha dejado ya sin huellas en la arena camino del Rocío. No sabemos si en julio la nueva belleza de loza antigua de la Virgen del Carmen se mirará en la ría, ni si en agosto las luces de colores en su orilla rememorarán la Gesta Colombina, universalmente onubense; ni tampoco sabemos si por la arteria principal del paseo del Conquero que conduce a su santuario, podrá bajar ese torrente de sangre cintera que alimenta, fortalece y hace latir el corazón de Huelva acompañando a la Virgen Chiquita.

Pero como a grandes males, grandes remedios, sí que se nos brinda un tiempo, una oportunidad de “poner a punto”, de asentar las bases de un tiempo nuevo en el que las cofradías, no me cabe ni la más mínima duda, volverán a ser lo que son e históricamente fueron, como garantes de devoción popular y con su mismo espíritu de servicio. Porque como con la iglesia, de la que formamos parte, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ellas”. Ni mucho menos va a poder prevalecer ninguna pandemia, por muy cruel que sea, como la que desgraciadamente estamos padeciendo y que tanto sufrimiento está causando.

domingo, 15 de marzo de 2020

LAS FLORES QUE NO SE ABRIRÁN



No perfumarán en el recuerdo porque esas flores ya no aromarán. No tendrán la oportunidad de anidar en nuestra memoria ni dejar en nosotros su aroma hecho recuerdos  para siempre, porque esas flores ya nunca se abrirán.

El anuncio de la suspensión de los desfiles procesionales en la Semana Santa es como esa nevada tardía que quema las flores casi a punto de brotar en plena eclosión de la primavera, y aunque la presientas, por más que te avisen y veas venir los nubarrones amenazantes, negros, espesos, cubriendo todo el cielo de tu ilusión cofrade, aunque te lo esperas, el golpe traidor cuando llega no deja de doler, y te quedas hundido, entre incrédulo y frío. Y brutalmente enfado sin saber muy bien con quién…

Por desgracia, este año, como cantaba La Flor de la Canela, la dichosa epidemia no dejará que nos cuenten la gloria del ensueño que evoca en la memoria la rotunda belleza de una cofradía en la calle.

Porque no se abrirá la flor exquisita de ver cómo se mece en un sueño por la Alameda de los azahares el palio de la Victoria; no nos dejará aspirar la lisura que da la Flor de San Francisco perfumando de Esperanza las calles.

Ni se abrirán las flores de palmas trenzadas en ese Domingo en el que empiezan a cumplirse las ilusiones.

No brotarán sobre una cuesta los seis lirios de las Seis Caídas que Cristo nos debe, las tres de un sábado de marzo y otras tres en una noche de lunes, en abril.

No granarán los racimos de uva con pámpanos y zarcillos de oro en la túnica nueva de Jesús de la Pasión.

No cristalizará la flor de escarcha en la blancura nacarada de la Virgen del Rocío y Esperanza. Ni los estudiantes podrán percibir la fragancia de la flor que perfuma en su Valle.

Los crisantemos del manto de la Virgen de los Dolores se congelarán en el frío de la plata laminada y las rosas rosas se helarán entre ramas de olivos en los conos puntiagudos de las jarras.

Las espinas de los cardos no herirán los pies del Cristo de la Redención ni amoratará la espalda desgarrada del Buen Viaje; ni casi rozarán las manos del de la Providencia.

Las rosas de coral no sangrarán en el pecherín de la Virgen del Rosario, ni la blancura de la Virgen de la Paz se retará con las flores blancas de los árboles que escoltan su paso por la calle Montrocal abajo.

No sé abrirá la flor en la garganta de Tina Pavón para que su saeta proclame, desde un balcón de la calle Marina, la cruel sentencia que le dieron a Jesús Nazareno.

Y aunque mendiguemos,la Caridad no nos asisitirá en la necesidad de esos días, azules, deseados, e irremediablemente, definitivamente, perdidos…

Desde Pérez Cubillas nos llegará la Sentencia que nos condenará a  una Semana Santa sin vivir la Pasión en la calle, sentencia que no conoce jurisprudencia ninguna. Y no tendremos más remedio que acatarla con la Resignación que emana de la enigmática belleza de un rostro de Madre Dolorosa. Y pediremos el hermoso bálsamo de su Consolación, pidiendo Misericordia, Señor, tu Misericordia,,,

Las flores de las chumberas del Conquero no amarillearán al paso del Perdón, ni verán salir al pie de sus cabezos a la Reina de las Colonias. Tampoco a la Estrella camino de una capilla donde se disuelve el miedo y se acrisola a base de avemarías el valor de los toreros.

No nos llegará el perfume que lanza al aire de la Madrugada “los jazmines que lleva en el pelo y las rosas en la cara” de la Virgen de la Amargura. No veremos la rara belleza, jacintos negros, de las dos soledades.

Solo florecerán los claveles marchitos antes de brotar; rosas de desesperanza en el alma del cofrade por la ausencia de lo amado.

Está claro que la única que no germina es la flor que no se siembra. En nuestras cofradías plantamos durante todo un año para ver lucir esa extraña, exótica, fascinante flor de un día que es la hermandad en la calle, la cofradía. Y quien piense o diga lo contrario se equivoca; o miente.

 Cualquier cofrade trabaja para el día de salida. Otra cosa es que haya (aunque no lo crean) quién disfruta más durante el día a día, cuidando esa flor, mimándola todo el año, que con la procesión en la calle; más en el besapié de la imagen de su devoción, que el día de salida; más en el quinario, que en la propia Semana Santa.

Pero, gracias a Dios, hay días que dentro de la desolación lo perfuman los gestos, la finura, un detalle que te reconcilia de nuevo contigo mismo y permite que te reafirmes en tu condición de cofrade. Un momento feliz en un día aciago en el que presientes que tu mundo se derrumba, que lo que amas con todas tus fuerzas, para el que vives, se desmorona bajo tus pies y sabes que esas flores que has cuidado con tanto esmero, no florecerán este año.

 Y resulta que el motivo de esa luz que se cuela rompiendo la negrura lapidaria de las nubes te la traen gente que saben de Penas y Amargura, costaleros del paso del Señor de las Tres Caídas que al mismo tiempo lo son del palio de la Madrugada. Flores de talco y cristales para la mano de la Amargura, alhelíes que simbolizan la “fidelidad en tiempos difíciles”.

No me digan que es casualidad. No me intenten convencer de que a pesar de los contratiempos este mundo nuestro de las cofradías no merece la pena. No me digan que detrás de este gesto no veis  la mano de Dios.  

Por eso, un simple gesto, un detalle hace que en tu interior sientas un zamarreón que te vuelve a ilusionar, que hace que aprietes  otra vez los puños, que te vuelve a poner en pie, que reanuda la fe en tus ideas, que te obliga a levantar la mirada y la fijarla de nuevo en el futuro, que hace que de nuevo abraces con renovada alegría la dulce cruz del servicio a tu hermandad y a la Semana Santa toda; que haces que pidas perdón por haber dudado; que te invita a volver a sembrar esas flores en el alma para que dentro de un año, y algo más, vuelvan a florecer en nuestras calles…

Igual que ahora, en tiempo de inquietud y desasosiego, florecen en la intimidad de un templo en la mano de la Virgen de la  Amargura. Si sabrá ella de adversidades…


viernes, 28 de febrero de 2020

SU ONUBENSE MAJESTAD



La primavera, chambelán de la Cuaresma, revestida con el ropón de terciopelo azul intenso del cielo de marzo y con galones dorados de sol nuevo, golpeando por tres veces con la pértiga de la luz que ya ronda los amaneceres por la calle Marina, anuncia solemnemente con voz de campanas de fiesta que Su Onubense Majestad, Jesús Nazareno, descenderá por un día de su altar el primer viernes de marzo para volver a ponerse a nuestra humana altura. Baja el Señor para recibir el renovado y fervoroso vasallaje de su pueblo, pagándoselo con el viejo diezmo de un beso en su pie, solo un beso. De tan solo un beso.

Se solemniza en este día lo que la devoción de Huelva hace a diario, durante todo el año, en una audiencia ininterrumpida desde hace siglos en su capilla convertida en devoto y piadoso salón del trono.

 Allí, Señor, al pie de tu altar,a la sombra de la Santa Cruz en Jerusalem, que parece que estuviera esperando a que te eleves para crucificarte en ella, volveremos a contemplar a tu sagrada imagen revestida de poder y de gloria, aunque te nos aparezcas desposeído casi de todo, humilde y humano, sobre un sencillo escabel y sin la cruz sobre tus hombros, con las manos que crearon al Mundo atadas, manos de Dios preso y cautivo. Dará igual cómo te nos presentes, dará igual la túnica que lleves puesta, porque el hilo de oro no determina ni tu grandeza ni tu poder. Nada importará si llevas la túnica que te bordó la devoción o una de lana merina, ¿qué más dará?, si tu majestad emana de ti y no del terciopelo que te arropa.

Todo será como siempre, y allí, ante ti, volveremos a encontrarnos los de siempre. Discurrirá ante tu sagrada imagen ese río fervoroso que nos arrastra a todos.Porque con tu cercana presencia, Amor de los Amores, volverá a doblegarse la voluntad del que te visita a diario y del que solo te visita ese día. Volverás a ver al muchacho, mochila al hombro o libros bajo el brazo, que antes de entrar en el instituto recala en la iglesia; o a quienes todas las mañanas, dejando el coche mal aparcado sobre una acera de la calle Méndez Núñez entra, te saluda, y se marcha con premura.

Al que con el mandil recogido se escapa un momento del mostrador y viene a verte. A quien antes de revestirse con la toga en el juzgado se acerca a rezarte, Señor de los Señores, porque tú eres también, el Señor de la Justicia y Príncipe de la Paz. O al que hasta hace poco estuvo entre rejas y comparece anteti, Juez Supremo, esperando benevolencia empujado por las lágrimas agradecidas de una madre, que como la tuya, bien sabe de amarguras; porque tú eres la verdadera Libertad.
 Hallarás a tus pies seguridad y duda; a los que te hallan sin buscarte y a los que te buscan sin hallarte.

Verás entrar, Señor del Tiempo, a las abuelas que mientras cuidan de los hijos de sus hijos que trabajan, le transmiten la misma devoción que a ellas le transmitieron sus abuelas No habrá tiempo mejor invertido que ese rato en tu capilla. El niño, por más tiempo que pase, siempre lo recordará, nunca se le olvidará la primera vez que besó tu pie y de la mano de quien iba. O verás entrar al abuelo tirado de la mano por sus nietos.
Al inmigrante que puesto de rodillas te venera ceremoniosamente, a las mujeres que cuidan de los mayores y enfermos que en sus dos horas libres entran cuatro veces a verte, y te rezan con acento extraño, duro, forastero, porque eres Señor de todos los pueblos, de todas las razas y de todas las naciones.

A los que durante el año no consienten que estés sin flores frescas en tu altar, que antes de que se marchite un ramo, ya te han traído otro. A los que encienden velas en el lampadario de la capilla y que hace que delante de ti nunca se apague la luz perpetua que alumbra tu devoción y luzca ininterrumpidamente.

A quienes dejan en las ranuras de tu peana sus ruegos, sus confidencias, su agradecimiento, escritos en un papel celosamente doblado, como plegarias en ese muro de las lamentaciones que es el mármol rojo de tu altar.  Y hasta volverás a ver allí (ahora sin capa y sin corona) al Rey Mago que paró su carroza y a la carrera te entregó unos claveles y un acelerado padrenuestro, porque eres Rey de Reyes y ante ti se postrarán todos los reyes de la Tierra.

A la mujer que orillando por un momento su trasiego diario deja su carga con la comprade la plaza sobre los escalones(“muchacho, échale un vistazo un momentito”), se acerca, te besa y reanuda sus quehaceres. Y al necesitado que antes de ponerse en la puerta del templo entra a saludarte, porque bendijiste a los pobres y lo hiciste herederos del Cielo.

Verás casi a última hora de la tarde, Señor de tus Madrugadas, a quienes costal bajo el brazo camino del primer ensayo, sueña ya verte andar con el cadencioso vaivén de tu paso y también al que querría que no te bajaran nunca del altar.
Se acercarán, casi invisibles, dos monjas de estameña parda y alpargatas que desviándose de su camino el tiempo de un Credo besarán tus pies, para que tus manos atadas, al verlas, no echen de menos la Cruz, emblema de su Compañía. Luego seguirán con su labor de entrega a los demás.

Al que deja una limosna, óbolo de amor, en la bandeja sabiendo que se transformará en ayuda que palie algunas necesidades de los más desfavorecidos; y al mismo tiempo al que racanea en la hucha y se lleva estampas para media humanidad (es que es para un enfermo, que no ha podido venir).

Presentirás el agudo sonido de una corneta guardada en una funda que alguien lleva, casi oculta, y ha hecho un hueco esta tarde morada para poner con sus labios heridos un beso sonoro (como la otra música del Señor de Huelva) en tus pies, antes de encaminarse al local de ensayo.

Irán a estar contigo incluso a quienes no les gusta ni saben de Semana Santa, que no entienden ni quieren entender de cofradías, pues solo entienden de ti. Pasarán por allí los que escudriñan el último rincón del altar y otros que no se darán cuenta ni del color de las flores… Capillitas y capillitones; hartibles y capitoteros.

Estarán los que subiendo las escalerillas de tu altar dejan sus huellas y empañan la mampara que te protege, más que del peligro, de tu propia devoción, que a veces es como ese abrazo que en vez de reconfortar te hace daño en el jirón de un trozo de túnica. Porque, como se sabe, también hay amores que matan, y como dice Sabina, “amores que matan, nunca mueren”.

Comparecerán infalibles los que dicen ser buenos, el que se cree malo, el rico, el pobre, los de “cabeza dura”, los de corazón blando, los que buscan en ti un camino seguro hacia Dios, los que llevan en su frente el sufrimiento de una invisible corona de espinas pero rosas en los labios para alabarte.

Y casi al final se echará en falta a aquella mujer que, junto a su marido, una vez que cerraban su negocio, ya tarde, entrada la noche, clausuraban con lenta solemnidad el besapié. Ahora viene él solo, porque ella ya está contigo en el reino de la Esperanza.

Y es que esta devoción forjada a ras de suelo, se eleva ahora, en los albores de marzo, hasta los cielos por esa escala santa labrada peldaño a peldaño, beso a beso, viernes a viernes, porque cada beso en la Tierra es diezmo multiplicado que nos alcanza la gloria imperecedera de sentirnos amparados a la sombra de tu cruz, en un reino donde la luz de Huelva proclama que ha llegado la hora de rendir tributo de amor, gratitud y reverencia a su Onubense Majestad, Jesús Nazareno, con la dádiva de un beso, de un solo beso. De tan solo un beso.


domingo, 9 de febrero de 2020

LOS VIENTOS DE FUERA




Mi padre, trabajando en la mar desde niño, utilizaba la expresión “vientos de fuera” para referirse a esa lluvia que se presenta sin que nadie la pueda predecir; una perturbación, como una tormenta poco profunda, que formándose localmente por aquí, en las cercanías de la costa, siempre sorprende, aunque ese fenómeno, y más en el mar, se produzca con cierta frecuencia, cada cierto tiempo. Pues con esa misma frecuencia, recurrentemente, cada carnaval se forma en las cercanías de las cofradías esa tormenta que aparece, descarga contra ellas en forma de sátira más o menos despiadada,  más o menos graciosa (a veces, nada)y al poco se disipa. Es más el ruido que provoca (provocamos) los que salen (salimos) en defensa de ellas, de las cofradías, que el verdadero daño que causan esas mofas.

Será porque la edad enfría la sangre, o porque ya no me sorprendo de nada, o porque esté padeciendo el síndrome de la rana en el agua hirviendo, que me he ido aclimatando poco a poco, año a año, golpe a golpe, grado centígrado a grado centígrado, a toda suerte de improperios lanzados contra las cofradías.

Supongo que a estas alturas estaré libre de toda sospecha de querer hacerle daño a la Semana Santa (al menos conscientemente); pero muchas veces le temo más a los “vientos de dentro” que a los “vientos de fuera” porque lo que con tan mal gusto, chabacanería, y hasta con cierto odio, se caricaturiza, es como si pusiéramos un espejo ante nosotros y ante nuestros actos, intencionadamente deformado.

Porque a veces reflejan una especie de cultura del desatino que, como el coronavirus, si no la padece ya, está a punto de afectar la Semana Santa global. Que de esta epidemia no se libra nadie.
Porque vienen de dentro y no de fuera, por ejemplo, la imagen que damos frecuentemente cuando una hermandad anuncia la calle y el número exacto de la casa desde donde se tirará la “petalá”, que ha costado más que un estreno. O nos ven con la estridencia y el histrionismo con que que se piropea a una Virgen, con coreografía perfectamente ensayada, con eslóganes convenientemente preparados de antemano. Porque chirría la homogeneidad, la falta de fidelidad al estilo propio de cada hermandad; porque  es fiel reflejo de los tiempos que corremos la imagen que damos en muchos de nuestros procesos electorales; hermandades guiadas más por un “marketing” de diseño que fruto del trabajo de puertas adentro,  más que cimentados en el conocimiento de tu propia hermandad.

 Porque se hace todo atropelladamente, porque se quiere obtener todo; y  todo lo queremos al momento; lo queremos ya.

Asistimos a una forma de entender las cofradías donde cualquier obra que se acomete, elección de un cartel, de un exaltador, de un orfebre, de un florista, de un predicador, de un vestidor… no se mide en función de la necesidad, sino para dar el “pelotassso”, término, por cierto, tan carnavalero. 

Tiempos en que la prensa, mal llamada morada (amarillista vendría mejor), promueve concursos donde se elige a la Virgen mejor vestida, la cuadrilla que mejor anda o la banda que más y más fuerte toca marchas de nombres imposibles, o cursis, retorciendo y torturando el pentagrama hasta hacer sangrar los oídos.
Prensa que subraya en primera plana el estreno de unas parihuelas de diseño, con firma (que se estará haciendo de oro) grabada en la madera de la zambrana  y omite otros estrenos. Según convenga, según la hermandad.

Te hace comulgar con rueda de molinos a la hora de proclamar la idoneidad o la inconveniencia de lo que sea. Como si un “lobby” dictara  la aprobación o la recusación de cualquier cosa, de un estreno, de un cartel, de un pregonero…Lo que no y lo que sí. En todo.

Prensa también que edición tras edición sacude estopa más que a una estera, a algunas hermandades, casi siempre las mismas. Y empalaga exaltando a otras. Casi siempre también las mismas.

Porque durante los cultos de reglas, las puertas de los templos se abren y cierran constantemente por los que van a ver cómo está el altar (a ver si de camino se le puede coger algún fallo) pero que no se quedan ni al primer padrenuestro del quinario.
Porque algunos ven en esto una no sé qué extraña competición; porque cada vez que se presenta un cartel tiene que gustarnos a la fuerza ilustrado con  un folleto informativo para entender lo que es evidente: o te gusta o no te gusta, no hay más, y recibimos clases magistrales y opiniones de arte cuando muchos a lo que más hemos llegado es a colorear sin salirnos.

Porque todo el mundo opina sin saber lo que ha pasado cuando le cortan un trozo de túnica a un Cristo, dando su docta opinión de cómo se desarrollaron los hechos (con supuestos roedores incluidos), y que amparados por perfiles falsos en las redes aprovechan para despellejar a la junta de su hermandad, fingiendo una falsa preocupación por la seguridad de la imagen y con el indisimulado propósito de echarles encima a la opinión pública, generalmente mal informada.

Estos son algunos reflejos que nos devolvería el espejo que se le pusiera delante a las cofradías, que por supuesto tiene millones de reflejos muchísimo más auténticos, edificantes y verdaderos. Aquellos otros no tienen el poder de hacer palidecer a éstos. Pero aquellos también existen.

Cuando la Hermandad del Gran Poder de Sevilla pasaba por la Gavidia, el niñateo animado con los cubatas de botellón, no tenían otra gracieta que hacer sino esperar la llegada del paso del Señor para arrancar sus motos y acelerar (sin moverse del sitio) y romper con el estruendo de los motores el silencio reverente con que los fieles ven pasar a la gran devoción sevillana. Después de las fiestas, al ser entrevistado el hermano mayor sobre la idoneidad o no de hacer algo, de cambiar el itinerario, o tomar alguna otra medida disuasoria, el máximo responsable de la cofradía dijo que ”El Señor sale al encuentro de todos, si un sector de Sevilla lo recibe así, habrá que aceptarlo puesto que será el fiel reflejo de lo que hay en la sociedad”. A sus pies. Lapidario.

Así que, sin que pueda o quiera justificar las mofas (solo faltaría) contra las cofradías y también de rebote, ya que estamos, a la Iglesia a la que pertenecen, y por más que nos duela, habrá que aceptar que grotescamente deformada, caricaturizada y con “muy malísima” mala leche, esta es la imagen que a muchos les llega de las cofradías. Aunque estén el error por el desconocimiento, desgraciadamente tendremos que resignarnos. La postura de la duquesa ofendida lo que hace solamente es darle pábulo y otorgarle publicidad gratuita (que es al fin y al cabo lo que buscan y a lo que estoy contribuyendo con este escrito) a lo que después del Miércoles de Ceniza, todo lo más el Domingo de Piñata, solo será un agrio y lejano recuerdo.

Así que, aun con el lógico malestar, nosotros, a lo nuestro, que hay mucha plata que limpiar, mucha lotería que vender, mucho costaleros que igualar, muchos claveles que pinchar, muchas papeletas de sitio que repartir y, lo que es más importante: mucho que dar gracias y pedir a Dios en los cultos, para que podamos disfrutar y vivir cristianamente en nuestra casa hermandad estos especiales días, resguardándonos  allí de los “vientos de dentro”, que de los “vientos de fuera” siempre hemos sabido guarecernos. Que esto está ya aquí y ya están peinando a Doña Cuaresma.