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viernes, 25 de noviembre de 2016

NI UN MINUTO DE SILENCIO




Hay que ver lo que les gusta a los políticos, sobre todo si son alcaldes, y cuanto más de pueblo mejor, decretar tres días de luto oficial y poner las banderas a media asta a la primera ocasión que se le presentan, especialmente si se trata de honrar a algún joven de su municipio que murió (con todo el dolor lo digo) en accidente de tráfico cuando volvía de la discoteca con seis más metido en un coche triplicando la tasa de alcoholemia…Pero si estos políticos son diputados en las Cortes, abandonan airados el hemiciclo para no guardar un minuto de silencio por una senadora, al parecer más enemiga política que adversaria, que acaba de fallecer.

Aquí, o calvo, o con tres pelucas; o de eyaculación precoz, o anorgásmicos perdidos; o no arrancamos, o nos pasamos de frenada tres o cuatro paradas, entre ellas la de la decencia, la del más mínimo decoro y la de la más elemental regla de educación, o de cortesía, que de nuevo deja entrever cómo aflora otra vez lo peor de lo peor de las dos Españas, que por perder, está perdiendo hasta la fama de ser la nación de los grandes entierros. Ya ni eso. Ya hasta le quitamos la razón al mismísimo Pérez Rubalcaba cuando dijo con socarronería y acierto que “en España se entierra muy bien”. Pero solo hasta que ha muerto Rita Barberá.

Nunca me han gustado los minutos de silencio, ni los lacitos en la solapa, ni las velas ni los ositos de peluche en el lugar de algún atentado terrorista. No soporto los aplausos cuando sacan de la iglesia el féretro con los restos mortales de la última víctima de la violencia de género, de la violencia machista. Deploro las concentraciones en la puerta de los ayuntamientos de las “fuerzas sociales” con caras circunspectas protestando por una violación, acabando con un aplauso, ¿a quién aplaudirán?, cuando luego los mismos concentrados se niegan a endurecer las leyes contra los criminales. Los homenajes me gustan que se den en vida. O al menos, que se respete la memoria de un difunto. ¿Dónde quedó eso de honrar a los muertos? Buscamos muertos para honrar por las desgraciadas cunetas de la historia, pero humillamos a otros.

Abrir el ordenador estos días y conectarte a Facebook es darte de bruces con la cruda realidad de una sociedad que da alarmantes síntomas de estar enferma, muy enferma, de odio, de rencor, de ira desatada. Leer los comentarios vertidos, mejor dicho, vomitados, sobre la muerte de la exalcaldesa de Valencia es para que se nos caiga la cara de vergüenza o que se te ponga amarilla como un emoticono ojiplático al ver la reacción del personal, de todo tipo de personal, especialmente la de los jóvenes, la de la que según dicen es la generación más preparada de la historia de España. Y la más manipulada... Esta es la cruda realidad de la educación española, a todos los niveles, estratos y clases sociales.
Pero lo que me ha dejado absolutamente perplejo, noqueado, con lo que se me ha caído el alma a los pies, vamos, que literalmente me he quedado con “las patas colgando”, ha sido leer los comentarios de algunos cofrades, no por lo que puedan tener de cofrades, sino por lo que se les pudiera suponer de católicos. Porque a los cofrades se nos debe presuponer otro talante distinto ante algo tan transcendental como la muerte de un ser humano.

Cuando aún resuenan los portazos con los que se cerraban las puertas santas de tantos templos del mundo culminando el Año de la Misericordia, al que tanto jugo le hemos sacado los cofrades, a esta mujer, a esta política, se le ha tratado inmisericordemente. Hablamos, opinamos de ella con una autoridad que pareciera que la conociéramos de toda la vida, desde “chiquetita”. Algunos pontificaban de su labor como alcaldesa como si hubieran nacido en la torre de “El Micalet”, como si se hubieran criado en la albufera de Valencia, entre las cañas y los barros de la novela de D. Vicente Blasco Ibáñez, convencido republicano que nunca hubiera denigrado la memoria de ningún difunto. Seguro.

Sin sentencia legal alguna que la condenara absolutamente a nada, sí que fue sentenciada y condenada por los que guiados por el borreguismo de las tertulias televisivas de sobremesa han dictaminado y pontificado de la vida y obra de la difunta senadora. Amparados en la masa, sentados delante del teclado del ordenador, como el que se sienta en las últimas filas del salón donde se celebra el cabildo general de hermanos de una cofradía con dos candidaturas para armar bronca e insultar, saben ya la sentencia que hubiera pronunciado Conde Pumpido. ¿Dónde está la presunción de inocencia en este país? ¿Dónde, la misericordia con los difuntos? ¿Dónde quedó rezar por ellos?¿Cómo es que no somos capaces de guardar ni un minuto de silencio en el supremo instante en el que una criatura entrega su alma al Creador? ¿Ni eso respetamos ya? Y no se trata de beatificarla, ahora que ha muerto, pero tampoco de satanizar su memoria, ni de ignorar su obra.

Hace años, un compañero de trabajo de sólida formación académica, liberal en lo político, sindicalista activo, cristiano de cultura, no de profesión ni de práctica, tenía (así me lo demostró muchas veces) mucha admiración por los cofrades, porque decía que, en general, demostraban tener cierta cultura y una visión especial de la vida alumbrada por la luz de Cristo. ¿Tanto hemos cambiado en tan poco tiempo? ¿Tanto nos hemos mimetizado con el entorno, con lo peor de la sociedad, de la política, que no somos capaces de distinguir lo que pueda opinar un católico de lo que opine un militante radical, de izquierdas o de derechas, me da igual? ¿No sabemos separar al adversario en las ideas del ser humano?

D. Jesús Nieto, mi profesor de Religión en bachillerato con el que, por cierto, me llevaba fatal, me enseñó a rezar por los difuntos, fueran quienes fueran. Me contaba que allí donde había un duelo, aunque no conociera a nadie, entraba y rezaba por el fallecido. Y yo, después de tantos años, sigo con esta, al parecer, ya rara costumbre de rezar por nuestros difuntos,y no solo en la misa de reglas de noviembre..

Dijo el cardenal Cañizares en el funeral, que “ya su alma se habrá encontrado con Dios, que no juzga como los hombres”…Eso espero y deseo. De lo contrario, valiente Eternidad nos espera.


Que la Virgen Santísima, “Mare de Déu dels Desamparats”, le abra las puertas del Paraíso y allí, el Juez Supremo, Dios Nuestro Señor, la juzgue con Misericordia , Amor y benevolencia, y no con la mezquindad, el odio y el rencor con que la juzgamos los hombres en la Tierra, jugando a ser jueces y jugando a ser Dios. Descanse en paz. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

NI EN SUS PIES NI EN SUS MANOS



Ni en sus pies. Ni en sus manos. Ni tan siquiera en la poderosa zancada que define el inconfundible perfil de su figura, como una sombra chinesca proyectada sobre la pantalla morada y difusa de incienso en una madrugada cualquiera de cualquier viernes santo. Ni en las manos que recibe el beso ininterrumpido de la ciudad desde que amanece el Domingo de Ramos hasta que agoniza el Martes Santo en la plaza de San Lorenzo. Ni en el talón de su pie derecho que, al contrario de lo que sucedía con el de Aquiles, es precisamente el punto más invulnerable de la devoción de Sevilla, por auténtica, por sincera, por indestructible. No, ni en sus manos, ni en sus pies: El Imperio, el Poder y la Gloria de la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder reside en su mirada.

Y es que todos buscamos la ayuda del Gran Poder de Dios en la mirada del Señor. Otra cosa es que se le pueda aguantar, que se le pueda sostener la mirada por mucho tiempo, porque como cualquier padre del mundo, el Gran Poder parece que mira a cada uno de sus hijos según las circunstancias…y las necesidades de cada uno.

A veces clemente, misericordiosa, bondadosa; otras, la mirada del Señor se nos muestra tosca, dura, se torna áspera, y hasta terrible. Pero nunca esquiva. Hasta pudiera ser que al mirarnos en el azogue grisáceo de sus ojos, viéramos reflejado con infalible precisión, como en un espejo de enorme fidelidad, la realidad de nuestra propia imagen, de nuestra propia existencia, de nuestro propio interior desnudo, sin maquillajes, sin retoques, reflejada fidedignamente en ellos.

No sabría decir si por eso, o por lo que fuera, recuerdo que la primera vez que vez que me acerqué a la imagen del Gran Poder, a la que el calificativo de portentosa se le queda chico, no me gustó. No era “bonito”, no era estéticamente agradable a los ojos de aquel muchacho que solo la conocía por las postales Escudo de Oro, y porque entonces las distancias y los tiempos eran el doble hasta que llegó la (al menos para mí) bendita A-49. Así, encuentro tras encuentro, comprendí lo que el Gran Poder nos dice a través de su imagen, descifré ese celestial mensaje que nos ofrece tallado en la divina madera de su rostro, de sus pies y de sus manos…Y en el de su inescrutable mirada.

Siempre he defendido que por encima de cualquier otra consideración y circunstancia, es la imagen titular la que configura fundamentalmente el carácter de una hermandad, cuanta más conexión hay entre ambas, imagen y hermandad, cuanto más respeto hay de la segunda hacia la primera y más se identifican, más grandiosa es esta última.

Estos días hemos comprobado que en el caso del Gran Poder, la imagen del Señor es fiel reflejo de su cofradía. O mejor dicho, justamente al revés. Porque siempre, y con más insistencia en estos días, me he preguntado qué es lo que buscamos al acercarnos al Señor, y la respuesta no ha podido ser más rotunda, más clamorosa ni más contundente: lo buscamos a ÉL, a su Sagrada Imagen, a su mil veces demostrado Gran Poder. Sin aditamentos cofrades, sin distracciones ni diatribas. Buscamos en el Señor, en su inigualable unción religiosa, la presencia de Dios.

No vamos a la Basílica de San Lorenzo para sorprendernos con el virtuosismo de ningún prioste innovador y “valiente” jugando con lo sagrado. No buscamos alardes de un vestidor retorciendo telas y ni siquiera la mayoría de las veces lo pretendemos ver revestido de bordados, aunque la estampa sea insuperable. Nunca esperamos al apartar el esterón de la puerta encontrarnos con ningún alarde estético buscando el aplauso fácil del cofrade que ve en esto una afición de coleccionista. Ni siquiera consideramos la muchedumbre arracimada en torno a Él una tarde de jueves laborable, o durante su estancia en la catedral, o en la mañana luminosa del domingo de regreso a su casa como un mérito especial. Hoy, cualquier dolorosa de cualquier hermandad con un paso de medio pelo, siempre que lleve palio y se le toquen marchas flamenquitas, es capaz de llenar la Avenida. No es ningún mérito.

El mérito está que cuando se recoge en su templo, el gentío sigue postrándose ante su Gran Poder, día a día, viernes a viernes, año tras año, siglo tras siglo.

El mérito es que el pueblo fiel lo sigue buscando por las calles en Semana Santa, cuando en sus madrugadas no hay música, ni coreografía de costaleros, ni llueven pétalos de los balcones, ni niñatos “cangrejeando” con las manos enrojecidas de tocar las palmas…No es cuestión de puritanismos, de falsos “postureos” ni de ortodoxia fingida. Es que al Gran Poder se va a otra cosa. Es otra Semana Santa, ni mejor, ni peor, pero diametralmente distinta a todas.

El mérito es que la estética de su cofradía, que también existe, se encuentra sometida, cuando no aplastada, por la imponente imagen del Señor, y por el juicio siempre acertado y prudente de su hermandad, que sabe perfectamente el tesoro que tiene en sus manos.

El mérito es la naturalidad con la que su hermandad ofrece a todos, sin preguntar afiliación ni lugar de nacimiento la inmensidad devocional del Gran Poder.

Por eso nada nos distrae. Así, al ponernos en su presencia, es su mirada la que nos habla, la que sin que pronuncie palabra alguna hace que sin darnos cuenta en un momento estemos poniendo en sus manos todo nuestro ser, como si en nuestro interior se desactivara cualquier mecanismo que nos impidiera guardar silencio, como si se disolviera cualquier resistencia a hablar con Él. Y la oración fluye. Y la confidencia aflora a la superficie hasta ahora sumergida en no sabemos qué aguas, quizás acerbamente amargas.

No hay mirada más tierna mirando a un niño. No hay herida más abierta que su mirada clavada en la nuestra cuando nos sabemos culpables, más que pecadores y no hay mirada más limpia de gratitud en unos ojos como la que le vi en su rostro esa mañana de domingo, cuando noviembre se vistió de azul y todo el mundo aclamó en silencio que Él es el Señor y todo el mundo fue testigo, una vez más, de su inmenso, humano y divino Gran Poder.

Como en Belén hace más de veinte siglos, ayer en Sevilla se vivió de nuevo la Epifanía y el Señor volvió a manifestar a todo el mundo el Gran Poder de Dios, ese que reside en la mirada del que habita en San Lorenzo. Os aseguro, os juro que yo lo vi.


sábado, 24 de septiembre de 2016

LA PROCESIÓN QUE HIZO MAGNA A HUELVA




He querido esperar a que bajara un poco la espuma efervescente que provocó el tremendo taponazo, rotundo y sonoro, con el que se abrió el tarro de las mejores esencias cofrades cuando se descorchó la impresionante Procesión Magna, en el Año de la Misericordia, vivida el pasado diecisiete de septiembre, día que pasará, por derecho propio, a la historia, la grande y la menuda, de la ciudad de Huelva. 
 
He procurado que se decantara en el ánimo y en el alma tantas imágenes, tantos momentos, tanta Semana Santa vivida y bebida de un solo trago en esa inolvidable tarde con pretensiones de verano y luces de otoño.

Y como el éxito tiene muchos padres (madre no hay más que una) y el fracaso es huérfano (de padre y de madre), hay que empezar agradeciendo y felicitando al Sr. Presidente del Consejo de Cofradías, D. Antonio González García y a su junta de gobierno, y a quien canalizando los deseos del Consejo llevó a cabo la espléndida organización del acto. El dignísimo comisario del Acto Misericordioso, D. José Luis Alburquerque Lopera (y sus colaboradores) lo ha vuelto a clavar. No es la primera vez (y espero que no sea la última) que demuestra su capacidad para manejarse a la perfección en este tipo de actos, pero especialmente en este, donde la participación de veinticuatro pasos  (¡¡¡veinticuatro!!!) requería de una precisión a prueba de relojes suizos, de Rólex de oro.

Y todo salió bien. Fueron muchas y acertadas las claves del éxito. Pero por encima de todas, la clave principal fue Huelva, toda Huelva. Ni más ni menos que Huelva.
Con el brillante desarrollo de este acto hemos demostrado lo que reza en ese dicho de que ”como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Huelva lo hizo. Y bien que lo hizo. En el preciso momento que nos lo creímos; cuando las cofradías no vieron en este acto un asunto de índole personal, sino colectivo; cuando aparcamos las individualidades y entendimos el proyecto común; cuando supimos que esa memorable tarde no atenderían a antigüedades, ni a títulos, ni a prelaturas de ningún tipo.

Las hermandades, sus sufridos priostes, se esmeraron en presentar a nuestras imágenes como pocas veces se ha visto, puede que alguna un tanto desfigurada con respecto a su día habitual de salida, pero igualmente soberbia.

Se emplearon a fondo los diputados mayores de gobierno para formar el tramo de hermanos que acompañaran a nuestros sagrados titulares, aunque algunos mejorables en la cantidad, nunca en la calidad.

Y los mayordomos retorcieron presupuestos para que los pasos se presentaran con la enorme belleza que lo hicieron.

Todo se conjuró para alcanzar el altísimo nivel demostrado en esta procesión que hizo a Huelva más grande, que hizo Magna a Huelva, y que quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de nuestra ciudad que demostró sobradamente estar a la altura con su ejemplar comportamiento, silencio y respeto en el transcurso del acto central en el recorrido oficial, y calor y entrega fervorosa en las posteriores procesiones de traslado a los templos, con la banda sonora de la mejor música cofrade del panorama local, regional e incluso nacional.

Los onubenses demostraron desde días antes la amabilidad hacia los que nos acompañaron  venidos de fuera, explicando, indicando, promocionando Huelva y a su Semana Santa, y al parecer con notable éxito si atendemos a los comentarios que se pudieron oír a pie de calle, desde las aceras, o delante de los pasos en medio de la Real Bulla Soberana.

Y es que Huelva, así, se promociona sola. Tanto, que esta celebración ha servido o tendrá que servir para mucho.
Ha servido para ver en la cara de la ciudad la alegría y la satisfacción que no le he visto en ninguna otra fiesta, donde los barrios salieron de sí mismos para formar la Huelva rotunda y total que pudimos lucir el pasado sábado. 
Participación masiva y saber estar, sintiéndonos actores fundamentales en esa magnífica obra. Avisadme cuando algún otro colectivo social, político, deportivo o de cualquier otra índole sea capaz de remover las entrañas de la ciudad como lo hacen (y desde hace mucho tiempo) las cofradías onubenses.

Vemos y volvemos a ver las imágenes que tan magistralmente nos hicieron llegar el impagable trabajo de los medios de comunicación, con especial mención a las televisiones locales (la regional, no sabe, no contesta) a los periódicos y a las páginas de internet, y parece que todavía no nos lo creemos.

Pero, visto lo visto, ya es hora de que nos vayamos sacudiendo el polvo de nuestra endémica baja autoestima a base experiencia y realidad. Con nuestro buen hacer, hemos situado a Huelva en el mapa, en el cofrade y en el geográfico. En los dos.

Hemos entendido que somos capaces de hacer las cosas por nosotros mismos, sin ayuda de nadie. Por eso, de ahora en adelante, cuando las cofradías vayan a organizar algo, que a nadie se le ocurra parapetarnos ni excusarnos  en el impacto económico que pudieran dejar en el comercio (y en el “bebercio”) de la ciudad, para eso está la Noche en Blanco y la Feria de la Tapa, y que bienvenidos sean si se producen. Pero que nuestros viejos complejos no nos lleven a querer justificarnos por nada ni ante nadie ni a temer ninguna opinión. Huelva y sus cofradías por sí y para sí.

Este puñetazo de autoridad cofrade dado encima de la mesa ha servido para muchas cosas. También para que los que en su pleno derecho se mostraban  “magnoescépticos” se encontraran con una gran Magna, y no con un manga japonés repleto de “frikis”. Supongo que ya habrán abjurado de sus errores.

Ha permitido la humillante derrota de esa otra jodida Huelva, que como del sur que somos, también existe, esa que se acoda en la barra de los bares y no ha hecho ni demostrado nunca nada, pontificando sin tener ni idea y criticando, cuando no insultando, al que sí hace, y al que ha demostrado que sí sabe. Esa Huelva chistosa, la que se cree “mu grassiossa” sin tener gracia ninguna, porque la gracia de Huelva es otra cosa, y que se complace en desear que nada salga bien pero que ahora se apuntan al carro triunfal del ganador.

Sirvió, además, para que muchos descubrieran, a causa del estricto cumplimiento de los horarios, que una “revirá aliviá” es mucho más bonita que dormirse en la pasmosa eternidad de una esquina. Y que la cadencia de paso aligerada de una hermandad es más hermosa que la penosa lentitud de la que las cofradías hacemos gala en Semana Santa. También el mundo del costal brilló a una altura portentosa, renunciando a lucimientos propios en aras del lucimiento general. Y ese es el camino.

Y también ha valido para poder comprobar, aunque las comparaciones son odiosas, que la organización, la participación y el desarrollo (no entro en cuestión de patrimonio) de este evento ha superado con creces a celebraciones similares de dentro y fuera de nuestras fronteras provinciales, y que ha dejado a algunos con la boca abierta. O cerrada, según se mire, con un “zasca” (¿no se dice ahora así?) bien dado en toda la boca de quienes se creyeron más que nadie. O al menos, más que Huelva.

Por eso me pregunto si al rebasar tan limpiamente el listón de la Magna, habremos rebasado, por fin, el Rubicón de nuestra propia confianza y ya no haya posibilidad de regreso a esa Semana Santa,  felizmente superada,  la autárquica, la pacata, la que no llegaba más allá del puente de La Nicoba, la de las miras tan cortas que no alcanzaba ni al Lunes de Pascua. 

Y me pregunto también si de verdad somos conscientes del salto cualitativo que hemos dado para relanzar nuestra Semana Mayor al lugar que hemos demostrado que le corresponde, dejando atrás y de una vez antiguos usos, trasnochadas costumbres.

Sabemos, queremos y somos capaces. Nada nos puede impedir llevar a nuestras cofradías a un nuevo tiempo, similar o superior al que vivimos en la transición y que resucitó aquella Semana Santa tocada de muerte, y que contra todo pronóstico vivió un “Siglo de Oro” donde se sembró mucho de lo que recogimos el ya inolvidable Diecisiete de Septiembre. Así, escrito con letras mayúsculas, y que ya es patrimonio inexpugnable de nuestra mejor memoria.

 Guardemos en el recuerdo todo lo que vivimos. Ya nada ni nadie nos lo podrá ni quitar, ni estropear…Ni la lluvia.


Felicidades, Huelva. Y mi eterna gratitud a todos los que la hicisteis posible. 

domingo, 26 de junio de 2016

CANAL COSTRA

 Resultado de imagen de magna mariana ayamonte
Que la ciudad de Ayamonte tiene una más que hermosa Semana Santa es indiscutible, que solamente hay que ver sus cofradías para llegar a la conclusión de que los ayamontinos sienten, viven y piensan en cofrade.

 Siempre, desde hace mucho tiempo, me ha cautivado la sublime belleza de la Amargura del Salvador, mucho antes, incluso, de que fuera bajo palio. Me ha emocionado la devoción, auténtica y personalísima, de Padre Jesús de la Villa, y permanece perenne en mi memoria desde que lo vi, siendo yo un chiquillo, subiendo (o bajando, ya no me acuerdo) la calle Galdámez. Siempre me llamó la atención la peculiaridad de que la Puerta de España contara con dos magníficas hermandades del Santo Entierro, y me ha embelesado la indiscutible majestad de la Virgen de las Angustias, celestial Patrona de Ayamonte. Pero  la retransmisión que Canal Costa hizo ayer de la Procesión Magna Mariana, fue cuanto menos, peculiar, muy peculiar. Y tremendamente pacata.

Hace tiempo que escribí sobre el poco afecto, que en general, sienten  los pueblos y ciudades de la provincia hacia la capital. Y recuerdo que mi amigo Enrique Castellano me reconvino amablemente asegurándome que no todo el mundo es igual. Cierto, pero el programa de ayer me volvió a dar, aunque fuera puntualmente, la razón.

En el programa se llega a afirmar imprecisiones como que la primera magna  (Santo Entierro Grande como siempre se le llamó) de la provincia fue allí, cuando está probado documentalmente que fue en Huelva capital en 1889; que en la capital no hubo consejo de cofradías hasta el año 1990, cuando los primeros datos que se tienen son de 1935; hablan del “arzobispo” de Huelva, cuando nuestro Pastor es obispo; de la “catedral” de Ayamonte, cuando el templo tiene rango de parroquia, bellísima, pero parroquia; hablaban, sin rigor histórico, de fechas fundacionales de hermandades, siempre en referencia a las de la capital y a las del resto de Andalucía; no vi pasos de superior calidad a algunos, bastantes, de Huelva (la belleza es subjetiva, por eso digo calidad); si atendemos a los pasos de “misterio”, tampoco los veo… Y si, según ellos, (a mí no me miren) los de la televisión, había allí dos mil personas, tampoco es para sacar pecho. Dos mil personas hay en cualquier recogida de cofradía de medio pelo. Incluso muchas más.


La cosa ya prometía cuando en la “promo” de dicho evento se utilizó más de la mitad del tiempo en agravios comparativos con la capital, con la ciudad de Huelva. Ya en la retransmisión del evento en sí, de más de seis horas, se pronunció demasiadas veces las expresiones “de la provincia”, “de Andalucía”, “de España”. Solo faltó decir “del Mundo Mundial”, y hasta se nombró reiteradamente (lo que cambian los tiempos) a Isla Cristina. Pero se ignoró, haciendo verdaderos malabares para no nombrarla, a la capital de la provincia, a la ciudad de Huelva. Ni por asomo hicieron referencia alguna al Acto de Misericordia previsto para septiembre, yendo, como iba la cosa,  de procesiones magnas.

Tantos “hinchonazos” dieron a Huelva, que siendo ellos tan del carnaval, se me vino a la mente ese estribillo de la chirigota “Los Pofesionales”, de El Love, que decía aquello de “no me pegues tiritos en el pecho, pégamelo en la capa de ozono que ya está el boquete hecho”, ¿o era en el culo?...

Lo dicho, solo me queda felicitar al pueblo de Ayamonte por la magnífica organización de la Magna Procesión Mariana del sábado, y a sus auténticas protagonistas, sus hermandades.

No puedo decir lo mismo de la televisión que retransmitió el evento, que más que Canal Costa podría rebautizarse como Canal Costra, por la capa provincianista y de cierto complejo que destilaban sus comentarios, cuando tantos y buenos costaleros onubenses, y acólitos, fueron debajo y delante de los pasos ayamontinos.

Y una última reflexión, los onubenses magnoescépticos que fueron a la procesión pondrán el mismo entusiasmo en la de Huelva, o como será una magna de pasos de Cristo en vez de palios no les mola lo mismo, no quiero ni pensarlo…


 Insisto, y lo digo de corazón: mi más sincera enhorabuena, Ayamonte.

lunes, 13 de junio de 2016

QUÉ NO DARÍA YO...




Oigo estos días insistentemente en las emisoras de radio y en cadenas de televisión la insuperable voz de Rocío Jurado en el décimo aniversario de su muerte. La oigo y parece como si su voz, nueva y eterna a un tiempo, hubiera reverdecido, más clara, más nítida, más hermosa que nunca. Porque a Rocío Jurado le pasa como a Carlos Gardel en Argentina que, según dicen sus incondicionales, cada día canta mejor. Por eso creo que nunca nadie la podrá alcanzar y por más tiempo que pase, seguirá siendo, por siempre, La Más Grande.

La oigo una y otra vez haciéndose la misma pregunta en su canción, esa pregunta  que últimamente la he hecho tan tremendamente mía que, como ella, me pregunto qué no daría yo por empezar de nuevo…  a ser cofrade.

Me pregunto qué no daría yo por volver a acercarme cada tarde a la iglesia después del colegio para empezar de nuevo a enamorarme de la cara de mi Virgen; para dejar que entrara por los ojos de aquel niño, como ventanas abiertas al asombro, el camino ancho y abierto de la pasión por las cofradías.

Qué no daría yo por encontrarme de nuevo con la mano experta de aquellos viejos (y sabios) cofrades que te franquearan las puertas que otros, según dicen ellos, siempre encontraron cerradas. Porque  tuve suerte, y siempre hubo quienes me dejaron que me adentrara, a pesar de la enorme diferencia de edad, en el corazón de las hermandades.

No sé lo que daría yo porque Antonio Tello me volviera a pedir que me subiera al paso y, mientras le alcanzara lo que me fuera pidiendo, asistir otra vez ensimismado a la mayor y mejor lección magistral que impartía, sin darse cuenta y para un solo alumno (otra cosa es que el alumno aprendiera), de cómo se viste a una imagen de la Virgen.

O que me volviera a poner a prueba con aquel ”vístela tú” (¿te acuerdas, Diego Morón?), aunque luego, el maestro, tuviera que volver a subsanar el desaguisado del alumno…

Qué no daría yo por que Pepe Barba me echara la bronca por no dejar bien limpias “las pezuñas” de fundición de los candeleros del altar. Y que me volviera a sobornar de vez en cuando con una bandeja de dulces de Ruiz que Antonio, Cayetano, él y yo nos comíamos sentados en los escalones de la subida de besar el talón del Señor.

Quién volviera a sentir esa palmada de Paco Monís en mi hombro con un “niño, eso está muy bien”, la primera vez que, saya de seda blanca y manto azul de damasco, vestí un mes de mayo en su hornacina a la Virgen de la Amargura.

O que Aurelio Linares volviera a encauzar el ímpetu de los que empezábamos a ser cofrades, contagiándonos el suyo, como hermano mayor y primer responsable del resurgir de la Hermandad que dejaba de ser la de “los borrachos” y empezaba a ser simple y honrosamente la del Nazareno, la que siempre fue para Huelva su hermandad de la Madrugá.

Qué no daría yo por buscar otra vez, tarde a tarde, la señal, algún signo que alertara de la llegada de los días soñados de la Cuaresma y de la Semana Santa, cuando durante el año la vida cofrade apenas se percibía, tan alejada de la sobresaturación de actos vacíos de ahora, y que se materializaba cuando Pepe Jurado abría el sábado antes del Domingo de Pasión el cancel alto de San Sebastián y desde la plaza del barrio de “las bolas” se adivinaban, a medio armar, los palios de la Paz y del Valle, y se empezaba a amontonar las maderas pintadas de gris para ir formando aquella monumental rampa. O cuando empezaba el trajín en los tres almacenes del Polvorín. O cuando Carrasco, casi sin ayuda, hacía hueco entre los bancos de San Pedro porque llegaba, al mediodía del Domingo de Pasión, el paso de la Burrita.

Lo que daría yo ahora por volver a oír la voz de mi madre (como dice la Jurado) en el silencio de la madrugada riñéndome por llegar tarde de la iglesia, bronca de baja intensidad, por la satisfacción de ver prolongada en su casa la devoción que su madre le tuvo al Señor, como vecina de la calle Tendaleras, y bronca que se saldaba con un “ahí tienes una tortilla y un vaso de leche…¿A qué hora te levanto para el instituto?” y así, noche tras noche de Cuaresma.

Qué no daría yo por volver a sentir la alegría del más mínimo logro, cuando el estreno de un manto brocado, sabía a manto bordado; cuando lo cotidiano era el trabajo exento de crítica; cuando el color de unas flores o una túnica tenía el valor que tenía y no se convertía en cuestión de estado… Tiempo difícil, tiempo feliz.

No me importaría volver, aunque fuera por un momento, a aquel tiempo en el que esto le gustaba a unos cuantos, aunque tuviera que aguantar los comentarios y las burlas de muchos que, paradojas de la vida y andando el tiempo, llegaron después a ocupar puestos de la mayor relevancia en nuestra Semana Santa. Y al mismo tiempo, sentir como se reafirmaba tu condición de cofrade al enterarte que unos chavales daban los primeros pasos para fundar una nueva hermandad, allá por las colonias. La firma del acta fundacional de la Hermandad del Calvario certificaba también la defunción de un tiempo de decadencia, postración y agonía en la Semana Santa de Huelva.

Tiempo de florecida Esperanza que crecía, ladrillo a ladrillo, con la construcción de la primera capilla de la Hermandad de San Francisco. Cuando se abrieron sus puertas por primera vez, se abrieron también, de alguna manera, un nuevo tiempo cofrade, que parece que ahora, en muchos aspectos, empieza a languidecer de nuevo.

Volver a aquel tiempo de carencias suplidas con imaginación, de franqueza en las intenciones al arrimarte a una hermandad, tiempo emergente, de resurgimiento desconocido…Y tiempo en el que las opiniones sobre cualquier tema de cofradías se discutía, y hasta con pasión vehemente, pero mirándose a los ojos. Tiempo en el que los miembros de la Unión de Cofradías se hablaban de usted, donde la educación en los debates internos de las propias cofradías no llegaba al río de los insultos…

Viejo tiempo de sinceros aprendices de todo en contraposición de este tiempo actual de maestros de la nada, de catedráticos sin haber aprobado ningún periodo de prácticas, doctorados en asambleas de tabernas donde poner a caldo a la juntas de gobiernos de turno. Miembros de raras alianzas, porque si la política hace extraños compañeros de cama, las cofradías, ni te cuento… Feliz tiempo sin Internet.

Qué no daría yo por volver a emocionarme con aquella intensidad cuando veía el primer y escuetísimo altar de cultos, o al oír el primer redoble de tambor. Revivir la estampa, casi en blanco y negro, del Señor de Pasión ante el azulejo de la Virgen del Refugio en la calle Nueva, al lado de la funeraria. Quisiera volver a cegarme con el resplandor de luces y de alhajas de la Virgen de la Victoria llegando a la Plaza del Punto. Que me volvieran a mirar entre varales, casi de reojo, la mirada de azabache antiguo de la Virgen de los Dolores de la Merced, y que se me volviera a erizar la piel con el “ay” largo, vibrante y sonoro de aquella primera saeta que le oí cantar a Manola Sánchez, la Niña de Huelva, al Nazareno, “Que nadie intente ofenderte, a ti Cordero Divino…”

¿Qué qué daría yo?… Pues lo que no tengo. Cualquier posible honor, cualquier consideración que pudiera haber recibido de las cofradías lo ofrecería con gusto por volver, aunque fuera por una vez, a una Semana Santa menos mostrada a la galería, más vivida sin temor a ver su imagen arrastrada por el fango de las críticas más despiadadas, donde cualquier propuesta no es debatida, sino que rápidamente se convierta en motivo de gresca, las más de las veces promovidas por quienes nunca han demostrado nada en este mundo, cuanto menos peculiar, de las cofradías.

 Tiempo de silencios de corderos o de voceros que quieren pescar en río revuelto, porque casi siempre hay una hermandad en periodo de elecciones.

Una Semana Santa ahora espléndida en lo material, sueño cumplido de lucimiento exterior pocas veces visto, vivida como nunca en las calles, pero que empieza a agonizar por dentro. Y no tardará mucho en que esos síntomas se reflejen en el rostro, hermoso como nunca, de nuestra Semana Santa.

Una Semana Santa en que más veces que las deseadas Dios no está ni se le espera. ¿Dónde creemos que vamos así?

Por eso, si se pudiera navegar contra corriente por el río del tiempo, muchas veces lo remontaría gustoso por volver a vivir aquel tiempo, peor en tantas cosas; pero más sincero y más limpio en otras muchas.


Ya tiene respuesta la pregunta de Rocío Jurado: Daría lo que no tengo por empezar de nuevo a ser cofrade…Lo mismo que daría por volverla a oír cantar en vivo sobre un escenario, como la última vez, una noche de agosto, por Colombinas.

domingo, 5 de junio de 2016

TIEMPO DE ESPIGAS



En la iglesia del viejo monasterio huele a incienso que alguien ha personalizado con raros, sutiles y secretos ingredientes. Se percibe en la sagrada calma del templo la inquietud en la preparación de los cultos solemnes al Santísimo Sacramento del Altar en la Octava de la Solemnidad del Corpus Cristi.

Fuera, en la calle y en la plaza donde se incardina el vetusto cenobio, en pleno corazón de la ciudad, la tarde bulle de sol y de gente ajena a lo que ocurre intramuros del sagrado recinto en esta tarde de comienzos de junio, de primavera tardía, de avanzadilla del inminente verano, cuyas luces líquidas de oro nuevo doran el cimborrio de la cúpula y la sencilla espadaña.

En el templo, el leve murmullo, como a soto vocce, de los preparativos de la inminente procesión claustral no distrae en la oración directa de los fieles a Jesús Sacramentado que ya aguarda resplandeciente en la soberbia custodia que lo sostiene.

Al punto, el sonido de las campanillas de plata de una cruz alzada que empieza a caminar anuncia que comienza la procesión. La única nave de la iglesia se llena de latines en las voces de la coral polifónica envueltas en el arrullo vibrante de la música del órgano, rito antiguo para nuevas maneras de Honrar al Santísimo. Porque no hay nada más nuevo que honrar al Señor como siempre se hizo.

Dos largas filas de hermanos vistiendo el chaqué oscuro, como quienes vistieran el hábito de la más severa orden monacal, seriedad en el semblante, gozo en la mirada y alegría en el corazón, preceden a la custodia alumbrando su camino. La comunidad del monasterio también participa y las luces de cera roja que portan las monjas se duplican en el mármol del suelo, espejándose en él la pulcritud con la que conservan el sagrado recinto.

Avanza la procesión claustral y el cuerpo de acólitos que precede al palio, hacen su ofrenda permanente al Señor: enhiestos los ceriferarios, de rodillas y al unísono los turiferarios, que con sus acompasados golpes de incienso, los dos al mismo tiempo y con la misma cadencia, aroman la iglesia, difuminando la escena, dibujándola como en un ensueño, mostrándola irreal. Pero verdadera, como la Augusta Presencia de Dios en la Sagrada Forma. Dos acólitos, sotana oscura y roquete blanco, de vez en vez, se arrodillan y lanzan a los pies de la custodia los pétalos de rosas que alfombran el camino de Dios Verdaderamente vivo en la Sagrada Hostia.

Bajo palio, el Señor Obispo enarbola la custodia como una bandera de Fe. Se aferra a ella casi reclinando su frente sobre el viril que anilla en oro y piedras preciosas al Amor de los Amores. La dignidad de un sucesor de los apóstoles mostrando a su Maestro, enseñándonos la razón última, y la primera, de nuestra Fe.

Y todo, bajo la celestial mirada de la Llena de Gracia, que desde el altar mayor preside la Solemnísima Función Eucarística…Para mayor Gloria de Dios.

Esto que narro, que a priori pudiera parecer la crónica de una procesión de tiempos muy pasados, con lenguaje rancio, por su autenticidad, por su desacostumbrada e inusual solemnidad, tuvo lugar el pasado día dos. Y lo que es mejor, tuvo lugar en Huelva, en la iglesia del convento de las RR MM Agustinas. Sí, las que están en la Plaza de las Monjas. Pero de esto no nos hacemos eco. No hay bandas, ni pasos, ni priostes virtuosos donde mostrar sus habilidades. Solo devoción a Jesús Sacramentado.

La Pía Unión de Adoradores del Santísimo Sacramento, de recentísima fundación, que allí, en las Agustinas, tiene su sede canónica, lo ha hecho posible. Le ha devuelto a Huelva la autenticidad de una hermandad sacramental pura, sin que nada les distraiga de su único objetivo: Dar culto diario a Jesucristo en el Sagrario, como hacen sus miembros diariamente, que por turnos de vela preestablecidos se postran diariamente en oración permanente a Jesús Sacramentado.

Quiero desde estas líneas felicitarlos. No es fácil en estos tiempos de prisas contar con una nómina, más que numerosa, de adoradores. Y que solo les mueva la pura y sincera devoción sacramental.

Gracias por poner broche de oro a los cultos eucarísticos en este tiempo de espigas maduras, como la madurez necesaria que habéis demostrado para embarcaros en esta aventura, tan difícil, tan poco atractiva para tanta gente. Y que la excelencia de lo vivido estos días atrás sea un estímulo para perseverar en la diaria oración al Señor, como me consta que habéis hecho desde el día siguiente a la procesión. Y solo a Su Mayor Gloria y en desagravio por tantas afrentas como del Mundo recibe.  

Enhorabuena y gracias. Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar           


jueves, 31 de marzo de 2016

TAMBORES Y CAMPANAS




Ocurrió en la más profunda hondura de la noche. Solo fueron testigos del momento los privilegiados, los más fieles, los que Nuestro Padre Jesús Nazareno elige y son incondicionales a su llamada, los que caminan junto a Él durante toda la procesión y a los que regaló, a través de la banda de cornetas y tambores de su hermandad, uno de los instantes más emotivos y más denso de sensaciones de toda la Madrugada.

Fue en la Plaza Niña. En el bastidor de la noche el cielo tensaba el terciopelo morado oscuro que ponía palio a toda la plaza en penumbra, hueca de vida, ansiosa de espera. Solo la habitaba el reflejo de una luna de plata que perfilaba de estaño el bronce del monumento a Santa Ángela. Solo llenaba la plaza el silencio, ese silencio que otras devociones reclaman a su paso y que el Señor de la Madrugada no impone, sino que provoca con su sola presencia, sin siseos, sin imposturas, sin que nadie lo pida. Todo callaba. Tan solo murmullos crecientes en la espera según se presentía Su llegada.

A esa hora solo hablaba, y a voz en grito, el torrente de luz dorada , matizada de sueño, que salía por las puertas del convento de las Hermanas de la Cruz y que surgía, místico y potente, del singularmente hermoso monumento eucarístico donde recibía adoración Jesús Sacramentado. Estampa de Semana Santa honda, espesa de siglos y renovada en la fe.

Entre el atrio y el altar de la capilla, pórtico de la Gloria y antesala del Cielo, como un cuadro de Caravaggio, un contraluz, un claroscuro de almas blancas con tocas negras esperaban de noche al Príncipe de la Mañana.

Hay en la calle un rumor marino que avanza, como ola a punto de romper en la orilla, en esta Orilla de Dios, que presagiaba su llegada.

Pero no lo anunciaba ninguna música. Las cornetas callaban.

Anunciaban la cercanía del Señor del Alba un redoble seco de tambores destemplados y el tañido melancólico y lastimero de una campana.

Venía el Nazareno despacio, con paso contenido, solemne, imperceptible casi el movimiento de su túnica, que ni el aire se atrevía a rizar. Iba verdaderamente camino del Gólgota, real, como profetizó Isaías, iba “como cordero llevado hacia la muerte”. Era el Divino Reo camino del cadalso a paso de tambores y campanas. Porque así de fríos sonarían los tambores aquella mañana en Jerusalén y así de tristes sonarían las campanas en el Cielo.

El Amo de la Madrugada está ante el monumento de las Hermanas de la Cruz. Otra vez silencio. Cantan las monjas” Sube El Nazareno, sube el buen Jesús…” Y de nuevo el silencio, todavía más rotundo, más hondo, más espeso.

Tres golpes de llamador nos sacan del ensueño. Como cualquier hombre que sufre, El Señor se levanta y camina de nuevo y va buscando la Esperanza. Su banda camina detrás. Sus componentes son como cirineos del Cirineo, como verónicas con partituras blancas donde queda impreso el verdadero rostro del amor al Nazareno en un pictograma, que no un pentagrama, de notas musicales.

Y llegará la luz del día. Y la banda seguirá desgranando en la mañana del Viernes Santo y sin solución de continuidad, marcha tras marcha, toda su música, toda la música del Señor de Huelva. Irán traduciendo el silencio de todo un año, tarde tras tarde, noche tras noche de ensayos, todo el brillo del sonido de las cornetas y acompasarán con sus tambores el caminar doliente de Cristo cargando la Cruz, hasta que, frisando el mediodía, llegue a las puertas de su casa en la parroquia de la Concepción y se desborde la emoción tras sonar la Marcha Real cuando, gorra de plato al brazo, lágrimas en los ojos, satisfacción en la mirada y cansancio en el cuerpo, la banda vaya entrando en el templo detrás de su paso para dejarlo posado hasta el año que viene.

Seguro que la Banda de Cornetas y Tambores Jesús Nazareno recibirá en ese momento el reconocimiento popular más que merecido con el cálido aplauso del gentío que se agolpa a las puestas de la iglesia. Pero el mío, y el de cuantos estuvimos en la Plaza Niña ya os lo llevasteis de madrugada por el inmenso regalo de una marcha precedidas por aquella inolvidable sinfonía de tambores y campanas sobre un pentagrama de silencios. Porque esa es también la banda sonora de la Madrugada de Jesús Nazareno, es la música de la banda del Señor de Huelva. Nada más y nada menos.

Gracias por tanto, por todo. Y,a todos, un fraternal y afectuoso abrazo.