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miércoles, 25 de enero de 2017

EN LOS CARTELES HAN PUESTO UN NOMBRE…



Siempre se ha dicho que, por el mero hecho de serlo, cada español llevamos dentro un presidente del gobierno y un seleccionador nacional de fútbol; y si se es cofrade, también un pregonero. Pero desde ahora, a este patrio currículum, habrá que añadírsele, además, un crítico de arte específico para carteles de Semana Santa. Aunque no hayamos cursado grado alguno en Bellas Artes; aunque no hayamos acabado ni la primaria. Aquí se cuestiona, se opina doctamente y se pone en duda la capacidad artística de los mejores pintores del panorama español. O nos tragamos, bendecimos y exaltamos la mayor mamarrachada que nos pongan por delante. Depende.

Porque aunque muchos no se lo crean, en esto de los carteles anunciadores de la Semana Santa, la belleza es subjetiva. No así la calidad artística que sí se puede medir con parámetros objetivos.

Tan subjetivo es esto de los carteles de Semana Santa, como que lo que a ti te puede parecer una obra de arte, a mí me puede parecer un mojón como un camión. Ya pueda vendérmelo como la maravilla de las maravillas el asesor artístico de turno que como no me entre por los ojos o no lo entienda, no habrá manera.
Y, al mismo tiempo, lo que yo pueda considerar como la más sublime composición ejecutada con la más depurada técnica, a ti te puede parecer una mierda como una estera. O pinchá en un palo. A elegir.

Como afortunadamente el pensamiento único cayó en desuso en mil novecientos setenta y cinco, a la hora de opinar sobre esta cuestión, nos encontramos tres tipos de pareceres bien definidos. A saber: los que, sin titubeos, dicen que les gusta un determinado cartel; los que no tienen criterio propio y espera que algún líder de opinión dicte su veredicto para adherirse inquebrantablemente a su dictamen; y los que abiertamente proclaman en todo su derecho que el cartel no les gusta. Y ya está. Entonces, ¿qué problema hay? Pues el problema surge, querido lector, cuando los que no tienen criterio propio, los de la segunda opción, quieren convencer al resto de la Humanidad de las bondades del cartel con vehemencia de judío converso, queriendo hacer ver, como en el cuento, que el rey va vestido con las más ricas telas, cuando en realidad, va desnudo.

Podríamos también considerar al subgrupo de los que no teniendo ni idea de arte, ni de pintura, arremeten contra la obra de cualquier reputado profesional con gracietas más o menos ocurrentes sobre ella. Es la osadía, o la prepotencia de la ignorancia.

Aunque esto no es nada nuevo. Cuando Nuria Barreda pintó el cartel del Víacrucis del Nazareno, que anunciaba solo eso, un víacrucis (pero qué víacrucis) quiso darle un tratamiento propio, al referirse a un acto cofrade concreto y no a la Semana Santa total, y utilizó únicamente un primer plano de Jesús Nazareno, hubo un “grachiocho”, con “musho” arte, y mucho “ange” que en una tertulia (ejerciendo el legítimo derecho de la libertad de expresión) dijo, públicamente y para congraciarse con los hermanos de su cofradía, que aquello no era un cartel, sino un carnet de identidad. Y fue a decirlo él, el mismo que cuando estaba en el gobierno de su hermandad editó carteles de espanto y consintió algún que otro desastre estético, posterior y felimente corregido y otros en trámite de corrección. Siempre es bueno recordarlo. ¿Tendría valor el tío?

Estoy harto de ir al Museo del Louvre, al De Gaulle, al D’Orssai con los alumnos del colegio en las excursiones a París, y antes de entrar siempre les doy el mismo consejo que me suelo aplicar: Cuando os pongáis delante de un cuadro debéis olvidar todo lo que os hayan dicho, solo sabed si os gusta o no; si os dice algo, o si os deja indiferente. Si te emociona, si te evoca, o no. Y nunca falla.

Y es que ya somos mayorcitos para que nos digan lo que sí o lo que no nos tiene que gustar.

Toda obra realizada con calidad debe tener cabida en los carteles de Semana Santa. La innovación, aportada con honradez, sabiduría y profesionalidad no perjudica, no pone en peligro la estética de las cofradías. Si a lo largo de la historia los cofrades no hubiéramos transgredido el inmovilismo nunca nos hubiera llegado a sorprender el manto de malla de la Macarena, debido a la locura de un Juan Manuel valiente y transgresor; o todavía andarían las dolorosas vestidas exclusivamente de negro y tapadas hasta las cejas; o la tarde del Jueves Santo nunca se hubiera paseado por Sevilla el asombro del palio de los Negritos, de estilo oriental, o tropical , o como quieran llamarlo, pero que siempre será una grandiosa maravilla. O el palio de la Concepción, o el dela Virgen de la Palma… De no haber evolucionado todavía veríamos por aquí los pasos andando ladeados, como caminan los perros, con chicotás muy cortas y, eso sí: muy rápidas.

El tiempo dirá, también para los carteles, qué innovación, qué aportación al arte en las cofradías han sido buenas y qué no; lo que se quedará para siempre y lo que habrá que intentar olvidar como un mal sueño, que ejemplos, por desgracia, hemos tenido a lo largo de la historia.

Los carteles, como los pregones, son también hijos de su tiempo. Salen a la luz, se hablan de ellos durante un tiempo y pasan enseguida al altillo de nuestra memoria, para bajarlo de nuevo alguna vez en el feliz recuerdo o para ignoralos para siempre, igual que no me explico y no sé por qué se tuvieron que perder en la memoria y pasar al cementerio del olvido los carteles fotográficos. Con los excepcionales fotógrafos con que contamos actualmente en Huelva y las técnicas a su disposición tendríamos carteles tan buenos como los pintados para anunciar la Semana Santa, que según dicen, es de lo que se trata. En esto, la alternancia sin reglas fijas de tiempo, tampoco sería descabellado


Decía el recordado Fermín Tello con esa socarronería tan propia de aquella excepcional hornada de cofrades de su época, pocos, pero curtido en mil batallas y a los que no se les iban ni una, a los que cualquierilla se la pegaban, que el problema de la Semana Santa de Huelva era que había muchos “artistas”. Por eso debe ser que todo el mundo, por supuesto que en su pleno derecho, opina de todo. Muchos sin saber de lo que hablan, como yo, que no sé ni lo que digo…
Pero que no nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino ni quieran doblegar la opinión, a favor o en contra de un cartel.


Aquí se opina de todo tan alegre y desahogadamente que será por eso que llevo unos días mascullando entre dientes eso de Francisco Alegre y olé, Francisco Alegre y olá engolando la voz, como Juanita Reina… Y es que en los carteles han puesto un nombre que yo no quiero mirar… o que me quiero hartar de mirar. Ya veré yo si eso…¿no?

miércoles, 11 de enero de 2017

EL IMPERIO DE LA MEDIOCRIDAD




Desgraciadamente, el mundo de las cofradías se parece cada vez más al de la política. Y lo mismo que ahora en España se vaticina un fin de ciclo político, en ciertas cofradías parece ocurrir lo mismo.

Algunas de las juntas de gobierno  que actualmente rigen los destinos de nuestras hermandades que surgieron  de la confrontación con otras candidaturas, como en política, van acabando su ciclo, digámoslo suavemente en términos futbolísticos, pidiendo la hora. Esto no es lo que ellos creían. Por más experiencia que tuvieran como integrantes en anteriores juntas, no parece haberles salido bien.

Si conocían, si creían conocer este submundo cofrade; si se encontraron con una economía saneada; si nadie presentó oposición a su labor (seguimos con la política); si contaban con la bendición de sus párrocos o directores espirituales, ¿qué ha fallado?

En su mediocridad se formaron juntas desde el rencor, con oficiales cuyo único mérito y aval era haber estado enfrentado a los que hasta entonces dirigían la hermandad. Destituyeron a personas idóneas de los cargos de confianza por la misma y única razón, sin buscar, en su cortedad de miras , lo mejor para la hermandad, sino la venganza pura y dura. Estas nuevas juntas que se formaron desde el odio más visceral (me duele escribirlo así, pero es lo que siento) a quienes paradójicamente de verdad se habían dedicado con el alma y la vida a sus hermandades. Y los celos, y cierto complejo de inferioridad  se encargaron de hacer el resto: borrar cualquier vestigio  de lo anterior, por muy bueno que fuera, como hacen los políticos cuando llegan al poder. Pero se equivocaron de enemigo. Lo tenían dentro, y no se daban cuenta. Las cofradías están llenas de víctimas del fuego amigo.

Para colmo de sus males, aquellos que les habían jaleado y animado a presentarse, cuando se encontraron con la cruda realidad de dirigir una hermandad, a muchos sin gustarles ni interesarles esto, y se percataron de las intenciones que  verdaderamente animaron a presentar una junta, fueron abandonando el barco. Y se tuvieron que conformar con lo que había, aún perdiendo autoridad, y con la amenaza de dimisiones, cuando no de bronca cada reunión del cabildo de oficiales. Mientras que con la inercia que llevaba de anteriores juntas las hermandades fueron avanzando, no hubo conflictos. Pero en el momento que dependió de la iniciativa de las nuevas, el panorama cambió y llegaron los problemas.

Sigo sin entender qué lleva a algunos cofrades a estar en una junta de gobierno sin saber ni gustarles esto. ¿Relieve social? No lo creo, ¿qué es hoy en la sociedad onubense un hermano mayor? No quiero pensar que unos minutos de pantalla en alguna televisión local, o un pie de foto en algún periódico...¿El orgullo mal entendido? ¿Un sentido mesiánico de salvación de la hermandad que según ellos estaba abocada al desastre?

El trabajo, la dedicación, la entrega abnegada es lo único que debe mover a alguien  a pertenecer a una junta, y a la vista está (no se puede generalizar) que no ha sido así. Y ahora están probando o van a probar de su propia medicina en los procesos de sucesión de los sucesores.

Con todo esto, lo peor es esa masa silenciosa (política pura) que calla y mira para otro lado. Que ve por la calle al anterior hermano mayor y se cambia de acera por no saludarle, cuando antes le tendía alfombra roja y lo halagaba hasta el empalago. Que sabe que lo que antes se hacía con ilusión, con brillo, con preparación, con entendimiento, ahora se hace de cualquier manera, o simplemente no se hace. Calla cuando cambian, no se sabe bien por qué razones, fechas, cultos, actos, que antes tenían el reconocimiento cofrade en general. Que se ha retrocedido en aspectos de la hermandades  que costó años y esfuerzo lograr. Que saben que querer contentar a todos como pago a los favores prestados en las anteriores elecciones, en una hermandad no se puede hacer, a lo mejor en política sí.



Con estas actitudes hemos logrado vulgarizar la celebración. Es el reino de los mediocres. Todo lleva una pátina gris, un color tan poco cofrade que solo luce en los buenos tocados de encajes de Bruselas.

 Ahora muchos se lamentan y claman por la unidad comprendiendo que con su actitud provocaron una incipiente división que cada día se hace más profunda y más difícil de reconciliar. Ojalá se consiguiera y rezo por ello.

No todo el mundo es igual, evidentemente. Y hay quien desde dentro habrá luchado por cambiar esta situación tan anómala, y hubiera querido que las cosa no hubieran sido así. Y llegará  algún momento en el que  habrá que pasar página. Pero hoy por hoy esta es la realidad, al menos la que yo percibo.

Como decía un querido y recordado párroco : “Luego divina”. Si aún  así las cofradías está engastadas en el alma de la ciudad, no cabe duda de que al igual que la Iglesia, de la que forman parte , tienen origen divino, y deben estar bendecidas por Dios. De no ser así ya se hubieran disuelto como la sal en el agua.

viernes, 25 de noviembre de 2016

NI UN MINUTO DE SILENCIO




Hay que ver lo que les gusta a los políticos, sobre todo si son alcaldes, y cuanto más de pueblo mejor, decretar tres días de luto oficial y poner las banderas a media asta a la primera ocasión que se le presentan, especialmente si se trata de honrar a algún joven de su municipio que murió (con todo el dolor lo digo) en accidente de tráfico cuando volvía de la discoteca con seis más metido en un coche triplicando la tasa de alcoholemia…Pero si estos políticos son diputados en las Cortes, abandonan airados el hemiciclo para no guardar un minuto de silencio por una senadora, al parecer más enemiga política que adversaria, que acaba de fallecer.

Aquí, o calvo, o con tres pelucas; o de eyaculación precoz, o anorgásmicos perdidos; o no arrancamos, o nos pasamos de frenada tres o cuatro paradas, entre ellas la de la decencia, la del más mínimo decoro y la de la más elemental regla de educación, o de cortesía, que de nuevo deja entrever cómo aflora otra vez lo peor de lo peor de las dos Españas, que por perder, está perdiendo hasta la fama de ser la nación de los grandes entierros. Ya ni eso. Ya hasta le quitamos la razón al mismísimo Pérez Rubalcaba cuando dijo con socarronería y acierto que “en España se entierra muy bien”. Pero solo hasta que ha muerto Rita Barberá.

Nunca me han gustado los minutos de silencio, ni los lacitos en la solapa, ni las velas ni los ositos de peluche en el lugar de algún atentado terrorista. No soporto los aplausos cuando sacan de la iglesia el féretro con los restos mortales de la última víctima de la violencia de género, de la violencia machista. Deploro las concentraciones en la puerta de los ayuntamientos de las “fuerzas sociales” con caras circunspectas protestando por una violación, acabando con un aplauso, ¿a quién aplaudirán?, cuando luego los mismos concentrados se niegan a endurecer las leyes contra los criminales. Los homenajes me gustan que se den en vida. O al menos, que se respete la memoria de un difunto. ¿Dónde quedó eso de honrar a los muertos? Buscamos muertos para honrar por las desgraciadas cunetas de la historia, pero humillamos a otros.

Abrir el ordenador estos días y conectarte a Facebook es darte de bruces con la cruda realidad de una sociedad que da alarmantes síntomas de estar enferma, muy enferma, de odio, de rencor, de ira desatada. Leer los comentarios vertidos, mejor dicho, vomitados, sobre la muerte de la exalcaldesa de Valencia es para que se nos caiga la cara de vergüenza o que se te ponga amarilla como un emoticono ojiplático al ver la reacción del personal, de todo tipo de personal, especialmente la de los jóvenes, la de la que según dicen es la generación más preparada de la historia de España. Y la más manipulada... Esta es la cruda realidad de la educación española, a todos los niveles, estratos y clases sociales.
Pero lo que me ha dejado absolutamente perplejo, noqueado, con lo que se me ha caído el alma a los pies, vamos, que literalmente me he quedado con “las patas colgando”, ha sido leer los comentarios de algunos cofrades, no por lo que puedan tener de cofrades, sino por lo que se les pudiera suponer de católicos. Porque a los cofrades se nos debe presuponer otro talante distinto ante algo tan transcendental como la muerte de un ser humano.

Cuando aún resuenan los portazos con los que se cerraban las puertas santas de tantos templos del mundo culminando el Año de la Misericordia, al que tanto jugo le hemos sacado los cofrades, a esta mujer, a esta política, se le ha tratado inmisericordemente. Hablamos, opinamos de ella con una autoridad que pareciera que la conociéramos de toda la vida, desde “chiquetita”. Algunos pontificaban de su labor como alcaldesa como si hubieran nacido en la torre de “El Micalet”, como si se hubieran criado en la albufera de Valencia, entre las cañas y los barros de la novela de D. Vicente Blasco Ibáñez, convencido republicano que nunca hubiera denigrado la memoria de ningún difunto. Seguro.

Sin sentencia legal alguna que la condenara absolutamente a nada, sí que fue sentenciada y condenada por los que guiados por el borreguismo de las tertulias televisivas de sobremesa han dictaminado y pontificado de la vida y obra de la difunta senadora. Amparados en la masa, sentados delante del teclado del ordenador, como el que se sienta en las últimas filas del salón donde se celebra el cabildo general de hermanos de una cofradía con dos candidaturas para armar bronca e insultar, saben ya la sentencia que hubiera pronunciado Conde Pumpido. ¿Dónde está la presunción de inocencia en este país? ¿Dónde, la misericordia con los difuntos? ¿Dónde quedó rezar por ellos?¿Cómo es que no somos capaces de guardar ni un minuto de silencio en el supremo instante en el que una criatura entrega su alma al Creador? ¿Ni eso respetamos ya? Y no se trata de beatificarla, ahora que ha muerto, pero tampoco de satanizar su memoria, ni de ignorar su obra.

Hace años, un compañero de trabajo de sólida formación académica, liberal en lo político, sindicalista activo, cristiano de cultura, no de profesión ni de práctica, tenía (así me lo demostró muchas veces) mucha admiración por los cofrades, porque decía que, en general, demostraban tener cierta cultura y una visión especial de la vida alumbrada por la luz de Cristo. ¿Tanto hemos cambiado en tan poco tiempo? ¿Tanto nos hemos mimetizado con el entorno, con lo peor de la sociedad, de la política, que no somos capaces de distinguir lo que pueda opinar un católico de lo que opine un militante radical, de izquierdas o de derechas, me da igual? ¿No sabemos separar al adversario en las ideas del ser humano?

D. Jesús Nieto, mi profesor de Religión en bachillerato con el que, por cierto, me llevaba fatal, me enseñó a rezar por los difuntos, fueran quienes fueran. Me contaba que allí donde había un duelo, aunque no conociera a nadie, entraba y rezaba por el fallecido. Y yo, después de tantos años, sigo con esta, al parecer, ya rara costumbre de rezar por nuestros difuntos,y no solo en la misa de reglas de noviembre..

Dijo el cardenal Cañizares en el funeral, que “ya su alma se habrá encontrado con Dios, que no juzga como los hombres”…Eso espero y deseo. De lo contrario, valiente Eternidad nos espera.


Que la Virgen Santísima, “Mare de Déu dels Desamparats”, le abra las puertas del Paraíso y allí, el Juez Supremo, Dios Nuestro Señor, la juzgue con Misericordia , Amor y benevolencia, y no con la mezquindad, el odio y el rencor con que la juzgamos los hombres en la Tierra, jugando a ser jueces y jugando a ser Dios. Descanse en paz. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

NI EN SUS PIES NI EN SUS MANOS



Ni en sus pies. Ni en sus manos. Ni tan siquiera en la poderosa zancada que define el inconfundible perfil de su figura, como una sombra chinesca proyectada sobre la pantalla morada y difusa de incienso en una madrugada cualquiera de cualquier viernes santo. Ni en las manos que recibe el beso ininterrumpido de la ciudad desde que amanece el Domingo de Ramos hasta que agoniza el Martes Santo en la plaza de San Lorenzo. Ni en el talón de su pie derecho que, al contrario de lo que sucedía con el de Aquiles, es precisamente el punto más invulnerable de la devoción de Sevilla, por auténtica, por sincera, por indestructible. No, ni en sus manos, ni en sus pies: El Imperio, el Poder y la Gloria de la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder reside en su mirada.

Y es que todos buscamos la ayuda del Gran Poder de Dios en la mirada del Señor. Otra cosa es que se le pueda aguantar, que se le pueda sostener la mirada por mucho tiempo, porque como cualquier padre del mundo, el Gran Poder parece que mira a cada uno de sus hijos según las circunstancias…y las necesidades de cada uno.

A veces clemente, misericordiosa, bondadosa; otras, la mirada del Señor se nos muestra tosca, dura, se torna áspera, y hasta terrible. Pero nunca esquiva. Hasta pudiera ser que al mirarnos en el azogue grisáceo de sus ojos, viéramos reflejado con infalible precisión, como en un espejo de enorme fidelidad, la realidad de nuestra propia imagen, de nuestra propia existencia, de nuestro propio interior desnudo, sin maquillajes, sin retoques, reflejada fidedignamente en ellos.

No sabría decir si por eso, o por lo que fuera, recuerdo que la primera vez que vez que me acerqué a la imagen del Gran Poder, a la que el calificativo de portentosa se le queda chico, no me gustó. No era “bonito”, no era estéticamente agradable a los ojos de aquel muchacho que solo la conocía por las postales Escudo de Oro, y porque entonces las distancias y los tiempos eran el doble hasta que llegó la (al menos para mí) bendita A-49. Así, encuentro tras encuentro, comprendí lo que el Gran Poder nos dice a través de su imagen, descifré ese celestial mensaje que nos ofrece tallado en la divina madera de su rostro, de sus pies y de sus manos…Y en el de su inescrutable mirada.

Siempre he defendido que por encima de cualquier otra consideración y circunstancia, es la imagen titular la que configura fundamentalmente el carácter de una hermandad, cuanta más conexión hay entre ambas, imagen y hermandad, cuanto más respeto hay de la segunda hacia la primera y más se identifican, más grandiosa es esta última.

Estos días hemos comprobado que en el caso del Gran Poder, la imagen del Señor es fiel reflejo de su cofradía. O mejor dicho, justamente al revés. Porque siempre, y con más insistencia en estos días, me he preguntado qué es lo que buscamos al acercarnos al Señor, y la respuesta no ha podido ser más rotunda, más clamorosa ni más contundente: lo buscamos a ÉL, a su Sagrada Imagen, a su mil veces demostrado Gran Poder. Sin aditamentos cofrades, sin distracciones ni diatribas. Buscamos en el Señor, en su inigualable unción religiosa, la presencia de Dios.

No vamos a la Basílica de San Lorenzo para sorprendernos con el virtuosismo de ningún prioste innovador y “valiente” jugando con lo sagrado. No buscamos alardes de un vestidor retorciendo telas y ni siquiera la mayoría de las veces lo pretendemos ver revestido de bordados, aunque la estampa sea insuperable. Nunca esperamos al apartar el esterón de la puerta encontrarnos con ningún alarde estético buscando el aplauso fácil del cofrade que ve en esto una afición de coleccionista. Ni siquiera consideramos la muchedumbre arracimada en torno a Él una tarde de jueves laborable, o durante su estancia en la catedral, o en la mañana luminosa del domingo de regreso a su casa como un mérito especial. Hoy, cualquier dolorosa de cualquier hermandad con un paso de medio pelo, siempre que lleve palio y se le toquen marchas flamenquitas, es capaz de llenar la Avenida. No es ningún mérito.

El mérito está que cuando se recoge en su templo, el gentío sigue postrándose ante su Gran Poder, día a día, viernes a viernes, año tras año, siglo tras siglo.

El mérito es que el pueblo fiel lo sigue buscando por las calles en Semana Santa, cuando en sus madrugadas no hay música, ni coreografía de costaleros, ni llueven pétalos de los balcones, ni niñatos “cangrejeando” con las manos enrojecidas de tocar las palmas…No es cuestión de puritanismos, de falsos “postureos” ni de ortodoxia fingida. Es que al Gran Poder se va a otra cosa. Es otra Semana Santa, ni mejor, ni peor, pero diametralmente distinta a todas.

El mérito es que la estética de su cofradía, que también existe, se encuentra sometida, cuando no aplastada, por la imponente imagen del Señor, y por el juicio siempre acertado y prudente de su hermandad, que sabe perfectamente el tesoro que tiene en sus manos.

El mérito es la naturalidad con la que su hermandad ofrece a todos, sin preguntar afiliación ni lugar de nacimiento la inmensidad devocional del Gran Poder.

Por eso nada nos distrae. Así, al ponernos en su presencia, es su mirada la que nos habla, la que sin que pronuncie palabra alguna hace que sin darnos cuenta en un momento estemos poniendo en sus manos todo nuestro ser, como si en nuestro interior se desactivara cualquier mecanismo que nos impidiera guardar silencio, como si se disolviera cualquier resistencia a hablar con Él. Y la oración fluye. Y la confidencia aflora a la superficie hasta ahora sumergida en no sabemos qué aguas, quizás acerbamente amargas.

No hay mirada más tierna mirando a un niño. No hay herida más abierta que su mirada clavada en la nuestra cuando nos sabemos culpables, más que pecadores y no hay mirada más limpia de gratitud en unos ojos como la que le vi en su rostro esa mañana de domingo, cuando noviembre se vistió de azul y todo el mundo aclamó en silencio que Él es el Señor y todo el mundo fue testigo, una vez más, de su inmenso, humano y divino Gran Poder.

Como en Belén hace más de veinte siglos, ayer en Sevilla se vivió de nuevo la Epifanía y el Señor volvió a manifestar a todo el mundo el Gran Poder de Dios, ese que reside en la mirada del que habita en San Lorenzo. Os aseguro, os juro que yo lo vi.


sábado, 24 de septiembre de 2016

LA PROCESIÓN QUE HIZO MAGNA A HUELVA




He querido esperar a que bajara un poco la espuma efervescente que provocó el tremendo taponazo, rotundo y sonoro, con el que se abrió el tarro de las mejores esencias cofrades cuando se descorchó la impresionante Procesión Magna, en el Año de la Misericordia, vivida el pasado diecisiete de septiembre, día que pasará, por derecho propio, a la historia, la grande y la menuda, de la ciudad de Huelva. 
 
He procurado que se decantara en el ánimo y en el alma tantas imágenes, tantos momentos, tanta Semana Santa vivida y bebida de un solo trago en esa inolvidable tarde con pretensiones de verano y luces de otoño.

Y como el éxito tiene muchos padres (madre no hay más que una) y el fracaso es huérfano (de padre y de madre), hay que empezar agradeciendo y felicitando al Sr. Presidente del Consejo de Cofradías, D. Antonio González García y a su junta de gobierno, y a quien canalizando los deseos del Consejo llevó a cabo la espléndida organización del acto. El dignísimo comisario del Acto Misericordioso, D. José Luis Alburquerque Lopera (y sus colaboradores) lo ha vuelto a clavar. No es la primera vez (y espero que no sea la última) que demuestra su capacidad para manejarse a la perfección en este tipo de actos, pero especialmente en este, donde la participación de veinticuatro pasos  (¡¡¡veinticuatro!!!) requería de una precisión a prueba de relojes suizos, de Rólex de oro.

Y todo salió bien. Fueron muchas y acertadas las claves del éxito. Pero por encima de todas, la clave principal fue Huelva, toda Huelva. Ni más ni menos que Huelva.
Con el brillante desarrollo de este acto hemos demostrado lo que reza en ese dicho de que ”como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Huelva lo hizo. Y bien que lo hizo. En el preciso momento que nos lo creímos; cuando las cofradías no vieron en este acto un asunto de índole personal, sino colectivo; cuando aparcamos las individualidades y entendimos el proyecto común; cuando supimos que esa memorable tarde no atenderían a antigüedades, ni a títulos, ni a prelaturas de ningún tipo.

Las hermandades, sus sufridos priostes, se esmeraron en presentar a nuestras imágenes como pocas veces se ha visto, puede que alguna un tanto desfigurada con respecto a su día habitual de salida, pero igualmente soberbia.

Se emplearon a fondo los diputados mayores de gobierno para formar el tramo de hermanos que acompañaran a nuestros sagrados titulares, aunque algunos mejorables en la cantidad, nunca en la calidad.

Y los mayordomos retorcieron presupuestos para que los pasos se presentaran con la enorme belleza que lo hicieron.

Todo se conjuró para alcanzar el altísimo nivel demostrado en esta procesión que hizo a Huelva más grande, que hizo Magna a Huelva, y que quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de nuestra ciudad que demostró sobradamente estar a la altura con su ejemplar comportamiento, silencio y respeto en el transcurso del acto central en el recorrido oficial, y calor y entrega fervorosa en las posteriores procesiones de traslado a los templos, con la banda sonora de la mejor música cofrade del panorama local, regional e incluso nacional.

Los onubenses demostraron desde días antes la amabilidad hacia los que nos acompañaron  venidos de fuera, explicando, indicando, promocionando Huelva y a su Semana Santa, y al parecer con notable éxito si atendemos a los comentarios que se pudieron oír a pie de calle, desde las aceras, o delante de los pasos en medio de la Real Bulla Soberana.

Y es que Huelva, así, se promociona sola. Tanto, que esta celebración ha servido o tendrá que servir para mucho.
Ha servido para ver en la cara de la ciudad la alegría y la satisfacción que no le he visto en ninguna otra fiesta, donde los barrios salieron de sí mismos para formar la Huelva rotunda y total que pudimos lucir el pasado sábado. 
Participación masiva y saber estar, sintiéndonos actores fundamentales en esa magnífica obra. Avisadme cuando algún otro colectivo social, político, deportivo o de cualquier otra índole sea capaz de remover las entrañas de la ciudad como lo hacen (y desde hace mucho tiempo) las cofradías onubenses.

Vemos y volvemos a ver las imágenes que tan magistralmente nos hicieron llegar el impagable trabajo de los medios de comunicación, con especial mención a las televisiones locales (la regional, no sabe, no contesta) a los periódicos y a las páginas de internet, y parece que todavía no nos lo creemos.

Pero, visto lo visto, ya es hora de que nos vayamos sacudiendo el polvo de nuestra endémica baja autoestima a base experiencia y realidad. Con nuestro buen hacer, hemos situado a Huelva en el mapa, en el cofrade y en el geográfico. En los dos.

Hemos entendido que somos capaces de hacer las cosas por nosotros mismos, sin ayuda de nadie. Por eso, de ahora en adelante, cuando las cofradías vayan a organizar algo, que a nadie se le ocurra parapetarnos ni excusarnos  en el impacto económico que pudieran dejar en el comercio (y en el “bebercio”) de la ciudad, para eso está la Noche en Blanco y la Feria de la Tapa, y que bienvenidos sean si se producen. Pero que nuestros viejos complejos no nos lleven a querer justificarnos por nada ni ante nadie ni a temer ninguna opinión. Huelva y sus cofradías por sí y para sí.

Este puñetazo de autoridad cofrade dado encima de la mesa ha servido para muchas cosas. También para que los que en su pleno derecho se mostraban  “magnoescépticos” se encontraran con una gran Magna, y no con un manga japonés repleto de “frikis”. Supongo que ya habrán abjurado de sus errores.

Ha permitido la humillante derrota de esa otra jodida Huelva, que como del sur que somos, también existe, esa que se acoda en la barra de los bares y no ha hecho ni demostrado nunca nada, pontificando sin tener ni idea y criticando, cuando no insultando, al que sí hace, y al que ha demostrado que sí sabe. Esa Huelva chistosa, la que se cree “mu grassiossa” sin tener gracia ninguna, porque la gracia de Huelva es otra cosa, y que se complace en desear que nada salga bien pero que ahora se apuntan al carro triunfal del ganador.

Sirvió, además, para que muchos descubrieran, a causa del estricto cumplimiento de los horarios, que una “revirá aliviá” es mucho más bonita que dormirse en la pasmosa eternidad de una esquina. Y que la cadencia de paso aligerada de una hermandad es más hermosa que la penosa lentitud de la que las cofradías hacemos gala en Semana Santa. También el mundo del costal brilló a una altura portentosa, renunciando a lucimientos propios en aras del lucimiento general. Y ese es el camino.

Y también ha valido para poder comprobar, aunque las comparaciones son odiosas, que la organización, la participación y el desarrollo (no entro en cuestión de patrimonio) de este evento ha superado con creces a celebraciones similares de dentro y fuera de nuestras fronteras provinciales, y que ha dejado a algunos con la boca abierta. O cerrada, según se mire, con un “zasca” (¿no se dice ahora así?) bien dado en toda la boca de quienes se creyeron más que nadie. O al menos, más que Huelva.

Por eso me pregunto si al rebasar tan limpiamente el listón de la Magna, habremos rebasado, por fin, el Rubicón de nuestra propia confianza y ya no haya posibilidad de regreso a esa Semana Santa,  felizmente superada,  la autárquica, la pacata, la que no llegaba más allá del puente de La Nicoba, la de las miras tan cortas que no alcanzaba ni al Lunes de Pascua. 

Y me pregunto también si de verdad somos conscientes del salto cualitativo que hemos dado para relanzar nuestra Semana Mayor al lugar que hemos demostrado que le corresponde, dejando atrás y de una vez antiguos usos, trasnochadas costumbres.

Sabemos, queremos y somos capaces. Nada nos puede impedir llevar a nuestras cofradías a un nuevo tiempo, similar o superior al que vivimos en la transición y que resucitó aquella Semana Santa tocada de muerte, y que contra todo pronóstico vivió un “Siglo de Oro” donde se sembró mucho de lo que recogimos el ya inolvidable Diecisiete de Septiembre. Así, escrito con letras mayúsculas, y que ya es patrimonio inexpugnable de nuestra mejor memoria.

 Guardemos en el recuerdo todo lo que vivimos. Ya nada ni nadie nos lo podrá ni quitar, ni estropear…Ni la lluvia.


Felicidades, Huelva. Y mi eterna gratitud a todos los que la hicisteis posible. 

domingo, 26 de junio de 2016

CANAL COSTRA

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Que la ciudad de Ayamonte tiene una más que hermosa Semana Santa es indiscutible, que solamente hay que ver sus cofradías para llegar a la conclusión de que los ayamontinos sienten, viven y piensan en cofrade.

 Siempre, desde hace mucho tiempo, me ha cautivado la sublime belleza de la Amargura del Salvador, mucho antes, incluso, de que fuera bajo palio. Me ha emocionado la devoción, auténtica y personalísima, de Padre Jesús de la Villa, y permanece perenne en mi memoria desde que lo vi, siendo yo un chiquillo, subiendo (o bajando, ya no me acuerdo) la calle Galdámez. Siempre me llamó la atención la peculiaridad de que la Puerta de España contara con dos magníficas hermandades del Santo Entierro, y me ha embelesado la indiscutible majestad de la Virgen de las Angustias, celestial Patrona de Ayamonte. Pero  la retransmisión que Canal Costa hizo ayer de la Procesión Magna Mariana, fue cuanto menos, peculiar, muy peculiar. Y tremendamente pacata.

Hace tiempo que escribí sobre el poco afecto, que en general, sienten  los pueblos y ciudades de la provincia hacia la capital. Y recuerdo que mi amigo Enrique Castellano me reconvino amablemente asegurándome que no todo el mundo es igual. Cierto, pero el programa de ayer me volvió a dar, aunque fuera puntualmente, la razón.

En el programa se llega a afirmar imprecisiones como que la primera magna  (Santo Entierro Grande como siempre se le llamó) de la provincia fue allí, cuando está probado documentalmente que fue en Huelva capital en 1889; que en la capital no hubo consejo de cofradías hasta el año 1990, cuando los primeros datos que se tienen son de 1935; hablan del “arzobispo” de Huelva, cuando nuestro Pastor es obispo; de la “catedral” de Ayamonte, cuando el templo tiene rango de parroquia, bellísima, pero parroquia; hablaban, sin rigor histórico, de fechas fundacionales de hermandades, siempre en referencia a las de la capital y a las del resto de Andalucía; no vi pasos de superior calidad a algunos, bastantes, de Huelva (la belleza es subjetiva, por eso digo calidad); si atendemos a los pasos de “misterio”, tampoco los veo… Y si, según ellos, (a mí no me miren) los de la televisión, había allí dos mil personas, tampoco es para sacar pecho. Dos mil personas hay en cualquier recogida de cofradía de medio pelo. Incluso muchas más.


La cosa ya prometía cuando en la “promo” de dicho evento se utilizó más de la mitad del tiempo en agravios comparativos con la capital, con la ciudad de Huelva. Ya en la retransmisión del evento en sí, de más de seis horas, se pronunció demasiadas veces las expresiones “de la provincia”, “de Andalucía”, “de España”. Solo faltó decir “del Mundo Mundial”, y hasta se nombró reiteradamente (lo que cambian los tiempos) a Isla Cristina. Pero se ignoró, haciendo verdaderos malabares para no nombrarla, a la capital de la provincia, a la ciudad de Huelva. Ni por asomo hicieron referencia alguna al Acto de Misericordia previsto para septiembre, yendo, como iba la cosa,  de procesiones magnas.

Tantos “hinchonazos” dieron a Huelva, que siendo ellos tan del carnaval, se me vino a la mente ese estribillo de la chirigota “Los Pofesionales”, de El Love, que decía aquello de “no me pegues tiritos en el pecho, pégamelo en la capa de ozono que ya está el boquete hecho”, ¿o era en el culo?...

Lo dicho, solo me queda felicitar al pueblo de Ayamonte por la magnífica organización de la Magna Procesión Mariana del sábado, y a sus auténticas protagonistas, sus hermandades.

No puedo decir lo mismo de la televisión que retransmitió el evento, que más que Canal Costa podría rebautizarse como Canal Costra, por la capa provincianista y de cierto complejo que destilaban sus comentarios, cuando tantos y buenos costaleros onubenses, y acólitos, fueron debajo y delante de los pasos ayamontinos.

Y una última reflexión, los onubenses magnoescépticos que fueron a la procesión pondrán el mismo entusiasmo en la de Huelva, o como será una magna de pasos de Cristo en vez de palios no les mola lo mismo, no quiero ni pensarlo…


 Insisto, y lo digo de corazón: mi más sincera enhorabuena, Ayamonte.

lunes, 13 de junio de 2016

QUÉ NO DARÍA YO...




Oigo estos días insistentemente en las emisoras de radio y en cadenas de televisión la insuperable voz de Rocío Jurado en el décimo aniversario de su muerte. La oigo y parece como si su voz, nueva y eterna a un tiempo, hubiera reverdecido, más clara, más nítida, más hermosa que nunca. Porque a Rocío Jurado le pasa como a Carlos Gardel en Argentina que, según dicen sus incondicionales, cada día canta mejor. Por eso creo que nunca nadie la podrá alcanzar y por más tiempo que pase, seguirá siendo, por siempre, La Más Grande.

La oigo una y otra vez haciéndose la misma pregunta en su canción, esa pregunta  que últimamente la he hecho tan tremendamente mía que, como ella, me pregunto qué no daría yo por empezar de nuevo…  a ser cofrade.

Me pregunto qué no daría yo por volver a acercarme cada tarde a la iglesia después del colegio para empezar de nuevo a enamorarme de la cara de mi Virgen; para dejar que entrara por los ojos de aquel niño, como ventanas abiertas al asombro, el camino ancho y abierto de la pasión por las cofradías.

Qué no daría yo por encontrarme de nuevo con la mano experta de aquellos viejos (y sabios) cofrades que te franquearan las puertas que otros, según dicen ellos, siempre encontraron cerradas. Porque  tuve suerte, y siempre hubo quienes me dejaron que me adentrara, a pesar de la enorme diferencia de edad, en el corazón de las hermandades.

No sé lo que daría yo porque Antonio Tello me volviera a pedir que me subiera al paso y, mientras le alcanzara lo que me fuera pidiendo, asistir otra vez ensimismado a la mayor y mejor lección magistral que impartía, sin darse cuenta y para un solo alumno (otra cosa es que el alumno aprendiera), de cómo se viste a una imagen de la Virgen.

O que me volviera a poner a prueba con aquel ”vístela tú” (¿te acuerdas, Diego Morón?), aunque luego, el maestro, tuviera que volver a subsanar el desaguisado del alumno…

Qué no daría yo por que Pepe Barba me echara la bronca por no dejar bien limpias “las pezuñas” de fundición de los candeleros del altar. Y que me volviera a sobornar de vez en cuando con una bandeja de dulces de Ruiz que Antonio, Cayetano, él y yo nos comíamos sentados en los escalones de la subida de besar el talón del Señor.

Quién volviera a sentir esa palmada de Paco Monís en mi hombro con un “niño, eso está muy bien”, la primera vez que, saya de seda blanca y manto azul de damasco, vestí un mes de mayo en su hornacina a la Virgen de la Amargura.

O que Aurelio Linares volviera a encauzar el ímpetu de los que empezábamos a ser cofrades, contagiándonos el suyo, como hermano mayor y primer responsable del resurgir de la Hermandad que dejaba de ser la de “los borrachos” y empezaba a ser simple y honrosamente la del Nazareno, la que siempre fue para Huelva su hermandad de la Madrugá.

Qué no daría yo por buscar otra vez, tarde a tarde, la señal, algún signo que alertara de la llegada de los días soñados de la Cuaresma y de la Semana Santa, cuando durante el año la vida cofrade apenas se percibía, tan alejada de la sobresaturación de actos vacíos de ahora, y que se materializaba cuando Pepe Jurado abría el sábado antes del Domingo de Pasión el cancel alto de San Sebastián y desde la plaza del barrio de “las bolas” se adivinaban, a medio armar, los palios de la Paz y del Valle, y se empezaba a amontonar las maderas pintadas de gris para ir formando aquella monumental rampa. O cuando empezaba el trajín en los tres almacenes del Polvorín. O cuando Carrasco, casi sin ayuda, hacía hueco entre los bancos de San Pedro porque llegaba, al mediodía del Domingo de Pasión, el paso de la Burrita.

Lo que daría yo ahora por volver a oír la voz de mi madre (como dice la Jurado) en el silencio de la madrugada riñéndome por llegar tarde de la iglesia, bronca de baja intensidad, por la satisfacción de ver prolongada en su casa la devoción que su madre le tuvo al Señor, como vecina de la calle Tendaleras, y bronca que se saldaba con un “ahí tienes una tortilla y un vaso de leche…¿A qué hora te levanto para el instituto?” y así, noche tras noche de Cuaresma.

Qué no daría yo por volver a sentir la alegría del más mínimo logro, cuando el estreno de un manto brocado, sabía a manto bordado; cuando lo cotidiano era el trabajo exento de crítica; cuando el color de unas flores o una túnica tenía el valor que tenía y no se convertía en cuestión de estado… Tiempo difícil, tiempo feliz.

No me importaría volver, aunque fuera por un momento, a aquel tiempo en el que esto le gustaba a unos cuantos, aunque tuviera que aguantar los comentarios y las burlas de muchos que, paradojas de la vida y andando el tiempo, llegaron después a ocupar puestos de la mayor relevancia en nuestra Semana Santa. Y al mismo tiempo, sentir como se reafirmaba tu condición de cofrade al enterarte que unos chavales daban los primeros pasos para fundar una nueva hermandad, allá por las colonias. La firma del acta fundacional de la Hermandad del Calvario certificaba también la defunción de un tiempo de decadencia, postración y agonía en la Semana Santa de Huelva.

Tiempo de florecida Esperanza que crecía, ladrillo a ladrillo, con la construcción de la primera capilla de la Hermandad de San Francisco. Cuando se abrieron sus puertas por primera vez, se abrieron también, de alguna manera, un nuevo tiempo cofrade, que parece que ahora, en muchos aspectos, empieza a languidecer de nuevo.

Volver a aquel tiempo de carencias suplidas con imaginación, de franqueza en las intenciones al arrimarte a una hermandad, tiempo emergente, de resurgimiento desconocido…Y tiempo en el que las opiniones sobre cualquier tema de cofradías se discutía, y hasta con pasión vehemente, pero mirándose a los ojos. Tiempo en el que los miembros de la Unión de Cofradías se hablaban de usted, donde la educación en los debates internos de las propias cofradías no llegaba al río de los insultos…

Viejo tiempo de sinceros aprendices de todo en contraposición de este tiempo actual de maestros de la nada, de catedráticos sin haber aprobado ningún periodo de prácticas, doctorados en asambleas de tabernas donde poner a caldo a la juntas de gobiernos de turno. Miembros de raras alianzas, porque si la política hace extraños compañeros de cama, las cofradías, ni te cuento… Feliz tiempo sin Internet.

Qué no daría yo por volver a emocionarme con aquella intensidad cuando veía el primer y escuetísimo altar de cultos, o al oír el primer redoble de tambor. Revivir la estampa, casi en blanco y negro, del Señor de Pasión ante el azulejo de la Virgen del Refugio en la calle Nueva, al lado de la funeraria. Quisiera volver a cegarme con el resplandor de luces y de alhajas de la Virgen de la Victoria llegando a la Plaza del Punto. Que me volvieran a mirar entre varales, casi de reojo, la mirada de azabache antiguo de la Virgen de los Dolores de la Merced, y que se me volviera a erizar la piel con el “ay” largo, vibrante y sonoro de aquella primera saeta que le oí cantar a Manola Sánchez, la Niña de Huelva, al Nazareno, “Que nadie intente ofenderte, a ti Cordero Divino…”

¿Qué qué daría yo?… Pues lo que no tengo. Cualquier posible honor, cualquier consideración que pudiera haber recibido de las cofradías lo ofrecería con gusto por volver, aunque fuera por una vez, a una Semana Santa menos mostrada a la galería, más vivida sin temor a ver su imagen arrastrada por el fango de las críticas más despiadadas, donde cualquier propuesta no es debatida, sino que rápidamente se convierta en motivo de gresca, las más de las veces promovidas por quienes nunca han demostrado nada en este mundo, cuanto menos peculiar, de las cofradías.

 Tiempo de silencios de corderos o de voceros que quieren pescar en río revuelto, porque casi siempre hay una hermandad en periodo de elecciones.

Una Semana Santa ahora espléndida en lo material, sueño cumplido de lucimiento exterior pocas veces visto, vivida como nunca en las calles, pero que empieza a agonizar por dentro. Y no tardará mucho en que esos síntomas se reflejen en el rostro, hermoso como nunca, de nuestra Semana Santa.

Una Semana Santa en que más veces que las deseadas Dios no está ni se le espera. ¿Dónde creemos que vamos así?

Por eso, si se pudiera navegar contra corriente por el río del tiempo, muchas veces lo remontaría gustoso por volver a vivir aquel tiempo, peor en tantas cosas; pero más sincero y más limpio en otras muchas.


Ya tiene respuesta la pregunta de Rocío Jurado: Daría lo que no tengo por empezar de nuevo a ser cofrade…Lo mismo que daría por volverla a oír cantar en vivo sobre un escenario, como la última vez, una noche de agosto, por Colombinas.