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domingo, 12 de marzo de 2017

SILENCIOS PARA EL DESENCANTO



Sebastián, aunque hombre ya de edad avanzada, todavía tiene pulso suficiente como para coger el apagavelas con una sola mano y ahogar la llama del último cirio que quedaba encendido en el soberbio altar de cultos que este año ha montado su hermandad, su tan querida hermandad.

 En la casi absoluta oscuridad del templo los cirios parecen formar ahora un sombrío cañaveral, lo que hasta hace un momento era un inmenso bosque de luz alumbrando a los sagrados titulares, alzados, elevados como una custodia de devoción en el altar mayor desde donde presiden la iglesia estos días tan señalados en el calendario de la cofradía, como cada nueva Cuaresma.

Es la noche del último día del quinario. Mañana será la función y parece que todos tuvieran prisa, mucha prisa; porque en un momento el templo se ha quedado vacío. Todos se han ido. Todos menos Sebastián. Hasta el cura y el sacristán se han despedido  y se han marchado con la tranquilidad de que él velará por la iglesia como si fuera su propia vida, con la tranquilidad de que antes de marcharse y cerrar definitivamente la iglesia, el viejo prioste revisará hasta el último rincón para que todo esté en orden, para que cuando mañana temprano se vuelva a abrir el templo, todo esté en su sitio y en perfecto estado de revista; y sabedores de que cerrará con siete vueltas de llave lo que para él es su verdadera casa,  donde ha vivido y vive más tiempo  incluso que en su propio hogar, cosa que siempre le ha recriminado Cinta, su mujer y madre de sus hijos, que hace tiempo que tiró la toalla y se dio por vencida en la incruenta guerra que mantuvo con la condición cofrade de su marido.

Y es que todos tienen en él confianza absoluta, que por otra parte ha sabido ganarse a lo largo de una vida de honradez y entrega a su hermandad y a su parroquia siempre que lo han dejado.

Ahora ya, a puerta cerrada, en la sagrada estancia reina la calma solo rota por el bullir de la gente que pasa por la calle y cuyo sonido se filtra por los gruesos muros del vetusto templo, como un sordo rumor de vida, ajeno, vago, lejano... Tan solo clarea el espacio la luz descolorida, tímida, que entra tamizada, como con sordina, por las vidrieras, aportando a la escena una sucinta y difusa claridad, amarillenta, imprecisa, casi onírica, irreal...

Flota en el aire un ambiente tan espeso de incienso, tan denso de oraciones recientes, que parece que se pudiera amasar con las manos.

 Sebastián ha dejado con cuidado la caña con el apagavelas en un rincón del altar mayor, se ha bajado del presbiterio y se ha sentado en el primer banco, a solas, sin prisas, como siempre, haciendo gala de esa costumbre tan suya de llegar el primero y marcharse el último, como si esperara para marcharse a que se diluyera el humo que todavía desprenden los pabilos, aún calientes, en la candelería de plata, intuyendo entre las sombras la silueta inconfundible de su Cristo, “mi Cristo”, como él le dice, con el posesivo por delante, ahora que a ninguna advocación le precede el sagrado nombre de Cristo, ahora que a todos los cristos se le llama señores.

Y ahora, en este perfumado y nítidamente oscuro reino de silencios que permite ver mejor las cosas importantes, en la serena paz de la iglesia cerrada, solitaria y medio en penumbras, es cuando los silencios de Sebastián se hacen más evidentes y más le pesan, cuando las preguntas sin respuestas vuelven una y otra vez a su memoria, atronando su mente, preguntas viejas que nunca encontraron respuestas porque siempre prefirió callar a crear malestar. Y se cuestiona tantas cosas, que “si tanta entrega habrá valido para algo”, “si habrá merecido la pena haber tenido que dejar en la cuneta alguna otrora querida amistad a causa de la hermandad”, “si debería haberle dicho algo a aquellos hermanos que se llevaron toda la tarde del quinario riéndose y mirando para detrás y criticando el altar de cultos”, “si debería haber mandado a tomar por culo a tiempo (cosa que por educación no hizo) a la señora de un hermano que nunca jamás hizo nada, ni por supuesto se gastó nunca nada (ni ella ni su marido) en la hermandad, y con modos de duquesa ofendida lo puso a parir a voz en grito y delante de todos porque no le gustó la estampa que se repartió aquella vez en el quinario”, “que si debió haber reconvenido a aquel sacerdote que ninguneó a su hermandad, doliéndole como una puñalada en las entrañas, y que se tragó sin rechistar por la reverencia que siempre le tuvo al sagrado ministerio del sacerdocio, a su Santa Madre la Iglesia”, “que si debería haberse hecho valer más en tantas ocasiones y no lo hizo”; “que debería haberle puesto la cara colorada a más de un hermano mayor bajo cuyo mandato se entregó en cuerpo y alma y luego en un determinado momento en el que deberían haberlo apoyado lo traicionaron” , de arrepentirse de mirar para otro lado cuando se daban codazos entre ellos cuando lo veían venir; de las risitas a sottovoce, esa crítica tan corrosiva, tan cofrade “por lo bajini”, cuando no la difamación en alguna taberna entre chatos de vino peleón unas veces y otras en copas de balón, que de todo ha habido; y hasta cuando lo acusaron de deslealtad, cuando ésta precisamente, la lealtad, fue siempre su divisa, porque más aún que leatad, lo que Sebastián tenía con muchos era auténtica ceguera, hasta que se le cayó la venda . ¡Ay, si él hablara y contara…! Justamente los pocos enemigos que tiene (¿qué sería de un hombre sin enemigos?) se los granjeó al recriminar a unos hermanos ciertos comportamientos, porque ya se sabe que si corriges a un sabio lo harás más sabio; pero si corriges a un necio, lo harás tu enemigo. Y así fue.

Por eso Sebastián calla, paciente, hermético, tantas veces introvertido, distante, más que prudente. Curiosamente acaba de leer el libro del Cardenal Robert Sarah y quiere hacerle caso  a Su Eminencia cuando afirma que “la verdadera revolución viene del silencio”, esa revolución conciliadora que tiene pendiente, desde hace años, su hermandad; y porque en el libro se dice también que “el ruido genera el desconcierto del hombre” prefiere (siempre prefirió) morderse la lengua y no enfangar lo más querido para él, como era, como es su hermandad. Prefiere callarse y que lo tengan por tonto, por más razón que llevara.

Y es que a Sebastián, ya en el declive de su vida, de vuelta de casi todo, tener que defender lo obvio en su cofradía, en la Semana Santa, le conduce a la frustración. Y presiente que cada vez está para menos, y mucho menos para eso. Y que para lo que le queda en el convento...pues eso.

 Porque para él es obvio que la cuaresma en vez de ser una ruidosa sucesión de actos culturales y pseudo religiosos, una frenética maratón de cuarenta días besando manos, oyendo marchas, mirando (no asistiendo) altares de quinario, clasificando en retorcidos escalafones la labor de cualquier cofradía, aventando debates vacíos en Internet, escrutando estrenos, cortando trajes a los priostes… debería ser un tiempo de convivencia entre hermanos en la espera, intramuros del corazón, dejando el ruido fuera de la iglesia y de la casa hermandad. Sagrado silencio en la expectativa de los días santos.

Porque para él la obviedad sigue consistiendo, por ejemplo, en ver a las imágenes de la virgen muy bien, bien, o correctamente vestidas, no disfrazadas; porque cree que los jóvenes, sin que ni siquiera formansen grupos, sin que les haga falta formar juntitas de gobierno, deben atender primero a las labores internas de la hermandad, aprendiendo poco a poco, conociendo, reconociendo ese o esos hechos diferenciales que hacen a su hermandad única, diferente a las demás, forjándose en el repeto a la identidad propia y no solo yendo a las representaciones, jugando a ser adultos y empezando a cometer los mismos errores, que hoy se aprende antes a coger las varas (joías varas) que a coger la bayeta.

Porque para él, la grandeza de una cofradía no se mide ni por la duración de una revirá (antes vuelta), ni por la de un solo de corneta, ni por la intensidad de una interminable petalá, porque la medida, la proporcionalidad, siguen siendo valores perfectamente aplicables a la Semana Santa; porque piensa que la desmesura y la saturación nos llevará a la decadencia, y cuando recuerda los años sesenta le recorre un indeseable escalofrío por la espalda. 


Porque a Sebastián le parece un contradiós los ensayos llenos de gente mirando y los quinarios vacíos; se lo llevan los demonios cuando ve a los cofrades de la propia hermandad vestidos de chaqueta alrededor de los pasos con la medalla puesta sin ninguna misión encomendada y haciendo nada…bueno, sí: estorbar; cuando el estreno de una marcha ocupa más espacio en los informativos cofrades que la referencia a un quinario, o a un besapié, por más masivo que sea y porque cada vez que abre el peroódico teme el hachazo de una nueva mentira publicada contra su hermandad.Y le sigue repateando la gente que asiste a los actos religiosos en la calle comiendo pipas desaforadamente y vestidas estilo Coronel Tapioca…

Y tiene que soportar que lo tilden de reaccionario y viejuno por pensar que actualmente en las cofradías Dios no está ni se le espera. Solo hay que echar un vistazo a algunos procesos electorales.

Cada día que pasa está más convencido de que hoy en las cofradías se habla un idioma absolutamente distinto al que él aprendió y cada vez más a menudo le atenaza la idea de dejarlo todo porque piensa que una retirada a tiempo es un victoria, o una esperanza de renovación, aunaue le suponga una enorme amargura... Pero hay que ir pensando, más pronto que tarde, en el "adiós a las armas". 

Pero cuando cree haber tomado definitivamente la decisión, cuando está seguro que sería lo mejor para él y para su hermandad, mira a la Virgen, difuminada, desdibujada sobre el telón de terciopelo del altar de quinario, la voluntad le falta. Sabe que mañana, cuando amanezca, volverá a la iglesia, su iglesia, con la misma ilusión que se acercaba cuando era niño para continuar con esta historia de amor. Nunca supo decirle que no, ni a Ella, ni a su hermandad

Con ese pensamiento, Sebastián se incorpora del banco con agilidad, inclina la rodilla reverenciando al sagrario, que refulge en la semipenumbra como un ascua de plata roja reflejando la luz de la lamparilla que avisa de la Real Presencia de Jesús Sacramentado, sale por la puerta de la sacristía, cierra y se va.

En la calle, un aroma de azahares nuevos lo inunda todo, señal inequívoca de que la Semana Santa está a la vuelta de la esquina, la misma esquina por donde se pierde Sebastián camino de su casa, siempre en silencio, con una mueca de sonrisa socarrona en sus labios porque acaba de ver en su imaginación, como un fogonazo, cómo va ser el altar que montará el año que viene a su Cristo, y que desde esta misma noche empezará a tomar forma en su imaginación, prolífica, inagotable, incansable.

Y es que Sebastián, incombustible a  pesar de todo, hasta de sus silencios, sabe que permanecerá junto a su sagrada imagen hasta que Él y Ella así lo quieran, o hasta que ingrese como hermano de número en la hermandad de La Parca, en la Antiquísima Cofradía de la Guadaña,  y la Canina requiera de sus servicios.... O algún hermano mayor reencoroso, paladeando la venganza, lo mande a su casa de una vez, cosa que Cinta, la mujer de Sebastián, agradecería en el alma.   

miércoles, 1 de marzo de 2017

CUARESMA DRAG




Es riguosamente verdad eso que dice la canción de que “Uno vuelve siempre a lo viejos sitios donde amó la vida”. Por eso me gusta regresar de vez en cuando, urgando en la memoria, a un tiempo feliz de juventud y reencontrarme otra vez en Las Palmas de Gran Canaria. Vuelvo a la isla donde viví en una época de desconocidas ilusiones, en la ejemplar transición de una época que acababa y otra esperanzadora que se iniciaba con augurios de libertades nunca antes vividas, en la incipiente democracia española. Y con diecisiete años.

Llego de una ciudad pequeña, apenas empezado su desarrollo industrial, de una Huelva de carencias y limitaciones, como un pueblo grande con pretensiones de capital, pero que constituía todo mi mundo, mi más querido mundo.

Y de pronto, a dos horas menos cinco de avión, me encuentro con una ciudad que los intelectuales de entonces llamaban cosmopolita y los de ahora, multicultural, variopinta, en la que el más escrupuloso respeto por cada raza, pensamiento, cultura y religión, se basaba el éxito de su feliz, pacífica y enriquecedora convivencia. Indúes, sudamericanos, negros, asiáticos y europeos tejían un entramado social perfectamente integrado y compatible en sus manifestaciones de todo tipo, culturales, artísticas, religiosas y hasta gastronómicas. Cuando aquí llamaba la atención ver un “moro” o un negro por la calle, allí era parte integrante del paisaje cotidiano.

En los comercios coexistían cuadros con fotos de Visnú, Buda y Shiva con los de la Virgen del Pino, celestial patrona de la isla. Recuerdo el fervor de las procesiones de la Virgen del Carmen de la Isleta. Perduran en mis recuerdos las campanas de la Audiencia de San Agustín mezcladas con la de la catedral, en el barrio de Vegueta, en Triana. Y la iglesia parroquial de Arucas, gotizante, labrada en piedra violeta, única en el mundo y que conserva un impresionante Santo Entierro. Y recuerdo también el profundo y sincero dolor que causó en la isla y en todo el archipiélago el robo sacrílego perpetrado en la sagrada imagen de la Virgen patrona de Gran Canaria.

 Así era aquella ciudad, aquella isla, poliédrica,  respetuosa, abierta, moderna y tradicional al mismo tiempo, con inequívoca vocación europea, cristiana, mayoritariamente católica en el respeto a las minorías. Algo ha debido cambiar, y mucho,para que hayamos asistido ayer lunes al bochornoso espectáculo de su hoy consagrado carnaval. Aunque no siempre fue así.

En aquelos años, el carnaval volvía tímidamente a ocupar las calles palmerinas después de años de prohibición, como fiesta oficial, aunque popularmente nunca dejara de existir. Y excepto algún disfraz esporádico de la consabida monja embarazada o del obispo al que le pendía un atributo mayor que el propio báculo, siempre se fue respetuso con la religión, nunca se alcanzó el grado de grosería del soez espectáculo vivido en la Gala Drag Queen del Carnaval de las Palmas.

Pero ahora da la sensación que se busca la superación de la barbaridad más grande con tal de superar en propaganda y esperpento otros carnavales vecinos, Y obtener más cuota de pantalla. Si no, no se explicaría esta obsesión con la religión Católica.

A ver cómo lo digo sin que se me tache de homófobo,  porque no es cuestión de opoción sexual, sino de respeto, decencia, de la más elemental educación, y hasta de estética, si me apuran.

Estos artistas, que por lo general piden que se retiren los símbolos religiosos de las calles, luego no tienen reparo en subir al altar de la chabacanería a un crucificado, máxima expresión de la fe de los que profesamos la religión Católica fundada por Jesucristo.

Mucho ha tenido, repito, que cambiar una sociedad para que aplauda semejante ordinariez, tamaña estupidez y la premien, y encima con dinero de todos.

Pero lo más sorprendente, al menos para mí, y donde mejor se refleja el grado de permisividad al que hemos llegado, es oyendo los comentarios de los entrevistados por todas las cadenas de televisión, y he dicho todas, calificando el aberrante numerito de “estética rompedora”, “innovador”, “transgresor” y justificándolo como (copio textualmente) “constatación de la doctrina de la iglesia Católica sobre la homosexualidad”. ¿De verdad alguien se puede creer esto? Empezamos llamando arte a cualquier cosa y acabamos así.

No voy a caer en la trampa de retarlos a que hagan lo mismo con otras religiones, especialmente con el Islam, porque no tendrían cojones, esos que aprietan en el tanga de brillos para que no hagan bulto y que seguro también aprisionan las neuronas.

Y mientras tanto, los católicos, a ver los barcos venir y a ver los barcos pasar. Nada. Mutis, por el foro y por el aforo de un inmenso teatro de silencios. Es verdad, y comprendo que no podemos estar manifestándonos cada vez que se ofende a la Religión, últimamente no haríamos otra cosa. Pero me parece que esto ya se está pasando de castaño a oscuro. ¿Dónde estamos los devotos de la Virgen en su tierra, en la Tierra de María Santísima?¿Dónde están los cristianos de la isla que en marea impresionante acompaña a la Virgen del Pino los casi veinte kilómetros que separa su santuario de Teror de la Catedral de Santa Ana cada vez que la Virgen baja a Las Palmas, o cada ocho de septiembre en su fiesta? Callados, sin querernos señalar. Y mientras tanto esta gente ganándonos terreno.

Respeto también a quienes opinan que comentar esta infamia es darles pávulo, difusión y propaganda que es lo que van buscando. Es posible. Pero, ¿hasta cuándo vamos a agachar la cabeza y dejar que nos insulten y nos hieran? Y tampoco es cuestión de rasgarse mucho las vestiduras, ni detomar la actitud de la duquesa ofendida, ni de que nos traigan las sales, soy consciente de que hay otras cosas que deberían herirnos mucho más, como seres humanos y como católicos, y también miramos para otro lado. Lo sé. Pero qué necesidad hay de tanta provocación.

La iglesia, ancestralmente ha venido celebrado en torno al miércoles de Ceniza (nada nuevo bajo el sol) el denominado Triduo de Carnaval, en reparación de las ofensas que Dios, la Virgen y los Santos reciben en estos días. Pues visto lo visto, sería menestrer  ampliarlo, de triduo a quinario, a septenario o a novena, o incluso a decena, como en San Juan del Puerto celebran a su santo patrón. Porque no vamos a dar abasto. Cada vez son más lobos acechando y lanzando dentelladas contra nuestra fe.

Esto es lo que hay, la peor degradación arrastrando la imagen de la Santísima Virgen y la de Cristo Crucificado por el fango de la blasfemia, de la aberración, de la obscenidad y del mal gusto y al parecer, si no con la complacencia, al menos con la indiferencia de la inmensa mayoría de los católicos, que cada vez tenemos las tragaderas más grande y una mayor habilidad para mirar a otro sitio, cuando no a justificar las barbaridades que se cometen con la iglesia. Con la Católica, que con otras no hay huevos que no reprima un buen tanga de lentejuelas.

miércoles, 1 de febrero de 2017

LA REVERENDA IRREVERENTE




Todo se pega, menos la hermosura. No tiene más remedio, la majadería política imperante en Cataluña ha debido afectar severamente al precario equilibrio mental de la muy mediática monja Sor Lucía Caram (jote), si no, no se explicaría tanta estupidez programada, tan debidamente ensayada y tan excelentísimamente publicada en los  medios de comunicación afines, que, al fin y al cabo, es de lo que se trata, de acaparar minutos de audiencia en programas de incisivos presentadores, aspirantes al galardón de “enfant terrible” de la televisión; pero enfants terribles de Visa Oro, agresivos periodistas de salón...

Me asiste también la duda existencial de que si SS el papa Francisco se refería a esto y si hablaba “excátedra” cuando dijo en Río de Janeiro eso de “armar lío”, porque a la monjita Caram-jote se le ha ido un poquillo la mano. Y lío, lo que se dice lío, es lo que ella misma se está haciendo mentalmente. Pobrecita.

Hace ya tiempo que me carga cansinamente tanto argentino desahogado, tanto sabihondo, tanto artista revolucionario de alfombra roja acaparadores de premios Goya (sin premio), tanto político reivindicativo, pero reivindicativo aquí, en España, porque en su Argentina natal tragan con todo lo habido y por haber, hasta con la Sra. Kissner, digna heredera de su esposo, que ya es decir, de la que no dijeron ni pío y defendieron a capa y espada su política populista de izquierdas, eso sí, disfrazada de justicia social.

Qué gran labor harían en Argentina, lejos de esta Madre Patria, de esta España que tan mal los ha tratado para que siempre estén rajando de ella los Federico Luppi, los Héctor Alterio y familia, o el Sr. Echenique, experto conseguidor de subvenciones oficiales, y esta dominica majarona, esta reverendísima mamarracha.

Lleva esta faltuzca, como cabra que es, embistiendo tozudamente contra los principios fundamentales de la religión Católica. Pero al parecer, como no ha tenido bastante ni ha llamado suficientemente la atención, ha decidido dar una vuelta más de tuerca y esta vez arremeter contra la figura de María Santísima, contra su misteriosa virginidad y su gloriosa maternidad.

Desde Cataluña, ese rincón de España tan dado a mearse fuera del tiesto por el mero hecho de mear diferente que el resto de los españoles, son ya muchas, demasiadas, las estupideces que se han dicho contra la religión, Allí tenemos también, además de la tontarcoño de la Caram, al rector de la basílica de Monserrat que no desaprovecha ninguna ocasión de hacer patria, perdiendo la ocasión de callarse. Ellos arrementen allí para joder aquí.

 Como ustedes comprenderán, a estas alturas, y después de haber estudiado en el colegio
 el catecismo de Ripalda (no las trocherías que se estudian ahora en clase de Religión) los exabruptos eructados por esta pobrecita habladora no me van a quitar la fe, pero me jode enormemente que esta mancornadora de su Iglesia, con tantísima mala leche, haya ido en esta ocasión a dar directamente en la línea de flotación de la devoción a la Santísima Virgen, donde más le pueda doler a tantos españoles.

Encima, lo que más sorprende es que blasfeme contra la Virgen (¿o tampoco se considera ya blasfemia negar la virginidad de María?) una religiosa, o lo que sea, dominica, que desde su sagrada condición debería estar gritando a los cuatro vientos el lema que tanta gloria ha dado a la Orden de Santo Domingo: ¡viva María! ¡viva el Rosario!

Pero no; ella proclama que la Virgen mantenía relaciones sexuales con el Santo José, y se queda tan pancha, con la misma poca vergüenza que aseguraba estar enamorada del Honorable Artur Mas, cuando yo creía que las monjas estaban enamoradas de Dios y de su Iglesia....  Pero, Dios mío de mi alma, ¿es que no hay nadie que calle a esta bocazas? ¿Ninguna autoridad, religiosa, por supuesto, va a mandarla a tomar mucho por...saco? ¿No hay ningún pastor que encarrile a esta joíatonta? ¿Otra vez la callada por respuesta y el buenismo cobardón amparando su perversa verborrea?

A qué buenas misiones la mandaba yo en el África profunda, tan profunda tan profunda, que no se encontrara...

¿Habrá que resucitar a Miguel del Cid para que vuelva a componer en pleno siglo XXI unas nuevas coplas a la Inmaculada?

Lo que sí habrá que componerle algunas coplillas como al fraile de Regina, al prior y al general y al cura de los anteojos, le compusieron nuestros antepasados defendiendo la Concepción sin mancha de Nuestra Señora, y cantárselas a su reverenda caridad Sor Deslenguada de Barcelona

Una de ellas bien podría decir:
                                                  A VER SI A LA POBRE SOR CARAM
                                                  LA MONJITA CATALANA,
                                                  MAMARRACHO, CASQUIVANA,
                                                  FEA DOBLE, BRUJA ARPÍA,
                                                  SE LE PARTIERA UNA PIERNA
                                                  AL BAILAR UNA SARDANA,
                                                  O SE CAYERA DE BOCA
                                                  AL BAJAR DE UN CASTELLET,
                                                  O QUE LA VIRGEN DE LOURDES
                                                  LA DEJARA YA SIN HABLA
                                                  Y ALGÚN OBISPO VALIENTE
                                                  LA MANDARA PARA UGANDA
                                                  A LAS MÁS DURAS MISIONES,
                                                  QUE ESTOY DE LA MONJA CARAM
                                                  HASTA LOS MISMOS COJONES.

P.D.: No se molesten en guardarme una reliquia suya el día que fallezca, quiera Dios que dentro de muchos años, para que tenga tiempo de arrepentirse. No creo que ninguna hermandad quiera llevarla en el frontal de ningún paso de palio. Que la Virgen de Luján la perdone.


                 ¡¡¡ BENDITO SEA EL NOMBRE DE MARÍA VIRGEN Y MADRE!!!

miércoles, 25 de enero de 2017

EN LOS CARTELES HAN PUESTO UN NOMBRE…



Siempre se ha dicho que, por el mero hecho de serlo, cada español llevamos dentro un presidente del gobierno y un seleccionador nacional de fútbol; y si se es cofrade, también un pregonero. Pero desde ahora, a este patrio currículum, habrá que añadírsele, además, un crítico de arte específico para carteles de Semana Santa. Aunque no hayamos cursado grado alguno en Bellas Artes; aunque no hayamos acabado ni la primaria. Aquí se cuestiona, se opina doctamente y se pone en duda la capacidad artística de los mejores pintores del panorama español. O nos tragamos, bendecimos y exaltamos la mayor mamarrachada que nos pongan por delante. Depende.

Porque aunque muchos no se lo crean, en esto de los carteles anunciadores de la Semana Santa, la belleza es subjetiva. No así la calidad artística que sí se puede medir con parámetros objetivos.

Tan subjetivo es esto de los carteles de Semana Santa, como que lo que a ti te puede parecer una obra de arte, a mí me puede parecer un mojón como un camión. Ya pueda vendérmelo como la maravilla de las maravillas el asesor artístico de turno que como no me entre por los ojos o no lo entienda, no habrá manera.
Y, al mismo tiempo, lo que yo pueda considerar como la más sublime composición ejecutada con la más depurada técnica, a ti te puede parecer una mierda como una estera. O pinchá en un palo. A elegir.

Como afortunadamente el pensamiento único cayó en desuso en mil novecientos setenta y cinco, a la hora de opinar sobre esta cuestión, nos encontramos tres tipos de pareceres bien definidos. A saber: los que, sin titubeos, dicen que les gusta un determinado cartel; los que no tienen criterio propio y espera que algún líder de opinión dicte su veredicto para adherirse inquebrantablemente a su dictamen; y los que abiertamente proclaman en todo su derecho que el cartel no les gusta. Y ya está. Entonces, ¿qué problema hay? Pues el problema surge, querido lector, cuando los que no tienen criterio propio, los de la segunda opción, quieren convencer al resto de la Humanidad de las bondades del cartel con vehemencia de judío converso, queriendo hacer ver, como en el cuento, que el rey va vestido con las más ricas telas, cuando en realidad, va desnudo.

Podríamos también considerar al subgrupo de los que no teniendo ni idea de arte, ni de pintura, arremeten contra la obra de cualquier reputado profesional con gracietas más o menos ocurrentes sobre ella. Es la osadía, o la prepotencia de la ignorancia.

Aunque esto no es nada nuevo. Cuando Nuria Barreda pintó el cartel del Víacrucis del Nazareno, que anunciaba solo eso, un víacrucis (pero qué víacrucis) quiso darle un tratamiento propio, al referirse a un acto cofrade concreto y no a la Semana Santa total, y utilizó únicamente un primer plano de Jesús Nazareno, hubo un “grachiocho”, con “musho” arte, y mucho “ange” que en una tertulia (ejerciendo el legítimo derecho de la libertad de expresión) dijo, públicamente y para congraciarse con los hermanos de su cofradía, que aquello no era un cartel, sino un carnet de identidad. Y fue a decirlo él, el mismo que cuando estaba en el gobierno de su hermandad editó carteles de espanto y consintió algún que otro desastre estético, posterior y felimente corregido y otros en trámite de corrección. Siempre es bueno recordarlo. ¿Tendría valor el tío?

Estoy harto de ir al Museo del Louvre, al De Gaulle, al D’Orssai con los alumnos del colegio en las excursiones a París, y antes de entrar siempre les doy el mismo consejo que me suelo aplicar: Cuando os pongáis delante de un cuadro debéis olvidar todo lo que os hayan dicho, solo sabed si os gusta o no; si os dice algo, o si os deja indiferente. Si te emociona, si te evoca, o no. Y nunca falla.

Y es que ya somos mayorcitos para que nos digan lo que sí o lo que no nos tiene que gustar.

Toda obra realizada con calidad debe tener cabida en los carteles de Semana Santa. La innovación, aportada con honradez, sabiduría y profesionalidad no perjudica, no pone en peligro la estética de las cofradías. Si a lo largo de la historia los cofrades no hubiéramos transgredido el inmovilismo nunca nos hubiera llegado a sorprender el manto de malla de la Macarena, debido a la locura de un Juan Manuel valiente y transgresor; o todavía andarían las dolorosas vestidas exclusivamente de negro y tapadas hasta las cejas; o la tarde del Jueves Santo nunca se hubiera paseado por Sevilla el asombro del palio de los Negritos, de estilo oriental, o tropical , o como quieran llamarlo, pero que siempre será una grandiosa maravilla. O el palio de la Concepción, o el dela Virgen de la Palma… De no haber evolucionado todavía veríamos por aquí los pasos andando ladeados, como caminan los perros, con chicotás muy cortas y, eso sí: muy rápidas.

El tiempo dirá, también para los carteles, qué innovación, qué aportación al arte en las cofradías han sido buenas y qué no; lo que se quedará para siempre y lo que habrá que intentar olvidar como un mal sueño, que ejemplos, por desgracia, hemos tenido a lo largo de la historia.

Los carteles, como los pregones, son también hijos de su tiempo. Salen a la luz, se hablan de ellos durante un tiempo y pasan enseguida al altillo de nuestra memoria, para bajarlo de nuevo alguna vez en el feliz recuerdo o para ignoralos para siempre, igual que no me explico y no sé por qué se tuvieron que perder en la memoria y pasar al cementerio del olvido los carteles fotográficos. Con los excepcionales fotógrafos con que contamos actualmente en Huelva y las técnicas a su disposición tendríamos carteles tan buenos como los pintados para anunciar la Semana Santa, que según dicen, es de lo que se trata. En esto, la alternancia sin reglas fijas de tiempo, tampoco sería descabellado


Decía el recordado Fermín Tello con esa socarronería tan propia de aquella excepcional hornada de cofrades de su época, pocos, pero curtido en mil batallas y a los que no se les iban ni una, a los que cualquierilla se la pegaban, que el problema de la Semana Santa de Huelva era que había muchos “artistas”. Por eso debe ser que todo el mundo, por supuesto que en su pleno derecho, opina de todo. Muchos sin saber de lo que hablan, como yo, que no sé ni lo que digo…
Pero que no nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino ni quieran doblegar la opinión, a favor o en contra de un cartel.


Aquí se opina de todo tan alegre y desahogadamente que será por eso que llevo unos días mascullando entre dientes eso de Francisco Alegre y olé, Francisco Alegre y olá engolando la voz, como Juanita Reina… Y es que en los carteles han puesto un nombre que yo no quiero mirar… o que me quiero hartar de mirar. Ya veré yo si eso…¿no?

miércoles, 11 de enero de 2017

EL IMPERIO DE LA MEDIOCRIDAD




Desgraciadamente, el mundo de las cofradías se parece cada vez más al de la política. Y lo mismo que ahora en España se vaticina un fin de ciclo político, en ciertas cofradías parece ocurrir lo mismo.

Algunas de las juntas de gobierno  que actualmente rigen los destinos de nuestras hermandades que surgieron  de la confrontación con otras candidaturas, como en política, van acabando su ciclo, digámoslo suavemente en términos futbolísticos, pidiendo la hora. Esto no es lo que ellos creían. Por más experiencia que tuvieran como integrantes en anteriores juntas, no parece haberles salido bien.

Si conocían, si creían conocer este submundo cofrade; si se encontraron con una economía saneada; si nadie presentó oposición a su labor (seguimos con la política); si contaban con la bendición de sus párrocos o directores espirituales, ¿qué ha fallado?

En su mediocridad se formaron juntas desde el rencor, con oficiales cuyo único mérito y aval era haber estado enfrentado a los que hasta entonces dirigían la hermandad. Destituyeron a personas idóneas de los cargos de confianza por la misma y única razón, sin buscar, en su cortedad de miras , lo mejor para la hermandad, sino la venganza pura y dura. Estas nuevas juntas que se formaron desde el odio más visceral (me duele escribirlo así, pero es lo que siento) a quienes paradójicamente de verdad se habían dedicado con el alma y la vida a sus hermandades. Y los celos, y cierto complejo de inferioridad  se encargaron de hacer el resto: borrar cualquier vestigio  de lo anterior, por muy bueno que fuera, como hacen los políticos cuando llegan al poder. Pero se equivocaron de enemigo. Lo tenían dentro, y no se daban cuenta. Las cofradías están llenas de víctimas del fuego amigo.

Para colmo de sus males, aquellos que les habían jaleado y animado a presentarse, cuando se encontraron con la cruda realidad de dirigir una hermandad, a muchos sin gustarles ni interesarles esto, y se percataron de las intenciones que  verdaderamente animaron a presentar una junta, fueron abandonando el barco. Y se tuvieron que conformar con lo que había, aún perdiendo autoridad, y con la amenaza de dimisiones, cuando no de bronca cada reunión del cabildo de oficiales. Mientras que con la inercia que llevaba de anteriores juntas las hermandades fueron avanzando, no hubo conflictos. Pero en el momento que dependió de la iniciativa de las nuevas, el panorama cambió y llegaron los problemas.

Sigo sin entender qué lleva a algunos cofrades a estar en una junta de gobierno sin saber ni gustarles esto. ¿Relieve social? No lo creo, ¿qué es hoy en la sociedad onubense un hermano mayor? No quiero pensar que unos minutos de pantalla en alguna televisión local, o un pie de foto en algún periódico...¿El orgullo mal entendido? ¿Un sentido mesiánico de salvación de la hermandad que según ellos estaba abocada al desastre?

El trabajo, la dedicación, la entrega abnegada es lo único que debe mover a alguien  a pertenecer a una junta, y a la vista está (no se puede generalizar) que no ha sido así. Y ahora están probando o van a probar de su propia medicina en los procesos de sucesión de los sucesores.

Con todo esto, lo peor es esa masa silenciosa (política pura) que calla y mira para otro lado. Que ve por la calle al anterior hermano mayor y se cambia de acera por no saludarle, cuando antes le tendía alfombra roja y lo halagaba hasta el empalago. Que sabe que lo que antes se hacía con ilusión, con brillo, con preparación, con entendimiento, ahora se hace de cualquier manera, o simplemente no se hace. Calla cuando cambian, no se sabe bien por qué razones, fechas, cultos, actos, que antes tenían el reconocimiento cofrade en general. Que se ha retrocedido en aspectos de la hermandades  que costó años y esfuerzo lograr. Que saben que querer contentar a todos como pago a los favores prestados en las anteriores elecciones, en una hermandad no se puede hacer, a lo mejor en política sí.



Con estas actitudes hemos logrado vulgarizar la celebración. Es el reino de los mediocres. Todo lleva una pátina gris, un color tan poco cofrade que solo luce en los buenos tocados de encajes de Bruselas.

 Ahora muchos se lamentan y claman por la unidad comprendiendo que con su actitud provocaron una incipiente división que cada día se hace más profunda y más difícil de reconciliar. Ojalá se consiguiera y rezo por ello.

No todo el mundo es igual, evidentemente. Y hay quien desde dentro habrá luchado por cambiar esta situación tan anómala, y hubiera querido que las cosa no hubieran sido así. Y llegará  algún momento en el que  habrá que pasar página. Pero hoy por hoy esta es la realidad, al menos la que yo percibo.

Como decía un querido y recordado párroco : “Luego divina”. Si aún  así las cofradías está engastadas en el alma de la ciudad, no cabe duda de que al igual que la Iglesia, de la que forman parte , tienen origen divino, y deben estar bendecidas por Dios. De no ser así ya se hubieran disuelto como la sal en el agua.

viernes, 25 de noviembre de 2016

NI UN MINUTO DE SILENCIO




Hay que ver lo que les gusta a los políticos, sobre todo si son alcaldes, y cuanto más de pueblo mejor, decretar tres días de luto oficial y poner las banderas a media asta a la primera ocasión que se le presentan, especialmente si se trata de honrar a algún joven de su municipio que murió (con todo el dolor lo digo) en accidente de tráfico cuando volvía de la discoteca con seis más metido en un coche triplicando la tasa de alcoholemia…Pero si estos políticos son diputados en las Cortes, abandonan airados el hemiciclo para no guardar un minuto de silencio por una senadora, al parecer más enemiga política que adversaria, que acaba de fallecer.

Aquí, o calvo, o con tres pelucas; o de eyaculación precoz, o anorgásmicos perdidos; o no arrancamos, o nos pasamos de frenada tres o cuatro paradas, entre ellas la de la decencia, la del más mínimo decoro y la de la más elemental regla de educación, o de cortesía, que de nuevo deja entrever cómo aflora otra vez lo peor de lo peor de las dos Españas, que por perder, está perdiendo hasta la fama de ser la nación de los grandes entierros. Ya ni eso. Ya hasta le quitamos la razón al mismísimo Pérez Rubalcaba cuando dijo con socarronería y acierto que “en España se entierra muy bien”. Pero solo hasta que ha muerto Rita Barberá.

Nunca me han gustado los minutos de silencio, ni los lacitos en la solapa, ni las velas ni los ositos de peluche en el lugar de algún atentado terrorista. No soporto los aplausos cuando sacan de la iglesia el féretro con los restos mortales de la última víctima de la violencia de género, de la violencia machista. Deploro las concentraciones en la puerta de los ayuntamientos de las “fuerzas sociales” con caras circunspectas protestando por una violación, acabando con un aplauso, ¿a quién aplaudirán?, cuando luego los mismos concentrados se niegan a endurecer las leyes contra los criminales. Los homenajes me gustan que se den en vida. O al menos, que se respete la memoria de un difunto. ¿Dónde quedó eso de honrar a los muertos? Buscamos muertos para honrar por las desgraciadas cunetas de la historia, pero humillamos a otros.

Abrir el ordenador estos días y conectarte a Facebook es darte de bruces con la cruda realidad de una sociedad que da alarmantes síntomas de estar enferma, muy enferma, de odio, de rencor, de ira desatada. Leer los comentarios vertidos, mejor dicho, vomitados, sobre la muerte de la exalcaldesa de Valencia es para que se nos caiga la cara de vergüenza o que se te ponga amarilla como un emoticono ojiplático al ver la reacción del personal, de todo tipo de personal, especialmente la de los jóvenes, la de la que según dicen es la generación más preparada de la historia de España. Y la más manipulada... Esta es la cruda realidad de la educación española, a todos los niveles, estratos y clases sociales.
Pero lo que me ha dejado absolutamente perplejo, noqueado, con lo que se me ha caído el alma a los pies, vamos, que literalmente me he quedado con “las patas colgando”, ha sido leer los comentarios de algunos cofrades, no por lo que puedan tener de cofrades, sino por lo que se les pudiera suponer de católicos. Porque a los cofrades se nos debe presuponer otro talante distinto ante algo tan transcendental como la muerte de un ser humano.

Cuando aún resuenan los portazos con los que se cerraban las puertas santas de tantos templos del mundo culminando el Año de la Misericordia, al que tanto jugo le hemos sacado los cofrades, a esta mujer, a esta política, se le ha tratado inmisericordemente. Hablamos, opinamos de ella con una autoridad que pareciera que la conociéramos de toda la vida, desde “chiquetita”. Algunos pontificaban de su labor como alcaldesa como si hubieran nacido en la torre de “El Micalet”, como si se hubieran criado en la albufera de Valencia, entre las cañas y los barros de la novela de D. Vicente Blasco Ibáñez, convencido republicano que nunca hubiera denigrado la memoria de ningún difunto. Seguro.

Sin sentencia legal alguna que la condenara absolutamente a nada, sí que fue sentenciada y condenada por los que guiados por el borreguismo de las tertulias televisivas de sobremesa han dictaminado y pontificado de la vida y obra de la difunta senadora. Amparados en la masa, sentados delante del teclado del ordenador, como el que se sienta en las últimas filas del salón donde se celebra el cabildo general de hermanos de una cofradía con dos candidaturas para armar bronca e insultar, saben ya la sentencia que hubiera pronunciado Conde Pumpido. ¿Dónde está la presunción de inocencia en este país? ¿Dónde, la misericordia con los difuntos? ¿Dónde quedó rezar por ellos?¿Cómo es que no somos capaces de guardar ni un minuto de silencio en el supremo instante en el que una criatura entrega su alma al Creador? ¿Ni eso respetamos ya? Y no se trata de beatificarla, ahora que ha muerto, pero tampoco de satanizar su memoria, ni de ignorar su obra.

Hace años, un compañero de trabajo de sólida formación académica, liberal en lo político, sindicalista activo, cristiano de cultura, no de profesión ni de práctica, tenía (así me lo demostró muchas veces) mucha admiración por los cofrades, porque decía que, en general, demostraban tener cierta cultura y una visión especial de la vida alumbrada por la luz de Cristo. ¿Tanto hemos cambiado en tan poco tiempo? ¿Tanto nos hemos mimetizado con el entorno, con lo peor de la sociedad, de la política, que no somos capaces de distinguir lo que pueda opinar un católico de lo que opine un militante radical, de izquierdas o de derechas, me da igual? ¿No sabemos separar al adversario en las ideas del ser humano?

D. Jesús Nieto, mi profesor de Religión en bachillerato con el que, por cierto, me llevaba fatal, me enseñó a rezar por los difuntos, fueran quienes fueran. Me contaba que allí donde había un duelo, aunque no conociera a nadie, entraba y rezaba por el fallecido. Y yo, después de tantos años, sigo con esta, al parecer, ya rara costumbre de rezar por nuestros difuntos,y no solo en la misa de reglas de noviembre..

Dijo el cardenal Cañizares en el funeral, que “ya su alma se habrá encontrado con Dios, que no juzga como los hombres”…Eso espero y deseo. De lo contrario, valiente Eternidad nos espera.


Que la Virgen Santísima, “Mare de Déu dels Desamparats”, le abra las puertas del Paraíso y allí, el Juez Supremo, Dios Nuestro Señor, la juzgue con Misericordia , Amor y benevolencia, y no con la mezquindad, el odio y el rencor con que la juzgamos los hombres en la Tierra, jugando a ser jueces y jugando a ser Dios. Descanse en paz. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

NI EN SUS PIES NI EN SUS MANOS



Ni en sus pies. Ni en sus manos. Ni tan siquiera en la poderosa zancada que define el inconfundible perfil de su figura, como una sombra chinesca proyectada sobre la pantalla morada y difusa de incienso en una madrugada cualquiera de cualquier viernes santo. Ni en las manos que recibe el beso ininterrumpido de la ciudad desde que amanece el Domingo de Ramos hasta que agoniza el Martes Santo en la plaza de San Lorenzo. Ni en el talón de su pie derecho que, al contrario de lo que sucedía con el de Aquiles, es precisamente el punto más invulnerable de la devoción de Sevilla, por auténtica, por sincera, por indestructible. No, ni en sus manos, ni en sus pies: El Imperio, el Poder y la Gloria de la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder reside en su mirada.

Y es que todos buscamos la ayuda del Gran Poder de Dios en la mirada del Señor. Otra cosa es que se le pueda aguantar, que se le pueda sostener la mirada por mucho tiempo, porque como cualquier padre del mundo, el Gran Poder parece que mira a cada uno de sus hijos según las circunstancias…y las necesidades de cada uno.

A veces clemente, misericordiosa, bondadosa; otras, la mirada del Señor se nos muestra tosca, dura, se torna áspera, y hasta terrible. Pero nunca esquiva. Hasta pudiera ser que al mirarnos en el azogue grisáceo de sus ojos, viéramos reflejado con infalible precisión, como en un espejo de enorme fidelidad, la realidad de nuestra propia imagen, de nuestra propia existencia, de nuestro propio interior desnudo, sin maquillajes, sin retoques, reflejada fidedignamente en ellos.

No sabría decir si por eso, o por lo que fuera, recuerdo que la primera vez que vez que me acerqué a la imagen del Gran Poder, a la que el calificativo de portentosa se le queda chico, no me gustó. No era “bonito”, no era estéticamente agradable a los ojos de aquel muchacho que solo la conocía por las postales Escudo de Oro, y porque entonces las distancias y los tiempos eran el doble hasta que llegó la (al menos para mí) bendita A-49. Así, encuentro tras encuentro, comprendí lo que el Gran Poder nos dice a través de su imagen, descifré ese celestial mensaje que nos ofrece tallado en la divina madera de su rostro, de sus pies y de sus manos…Y en el de su inescrutable mirada.

Siempre he defendido que por encima de cualquier otra consideración y circunstancia, es la imagen titular la que configura fundamentalmente el carácter de una hermandad, cuanta más conexión hay entre ambas, imagen y hermandad, cuanto más respeto hay de la segunda hacia la primera y más se identifican, más grandiosa es esta última.

Estos días hemos comprobado que en el caso del Gran Poder, la imagen del Señor es fiel reflejo de su cofradía. O mejor dicho, justamente al revés. Porque siempre, y con más insistencia en estos días, me he preguntado qué es lo que buscamos al acercarnos al Señor, y la respuesta no ha podido ser más rotunda, más clamorosa ni más contundente: lo buscamos a ÉL, a su Sagrada Imagen, a su mil veces demostrado Gran Poder. Sin aditamentos cofrades, sin distracciones ni diatribas. Buscamos en el Señor, en su inigualable unción religiosa, la presencia de Dios.

No vamos a la Basílica de San Lorenzo para sorprendernos con el virtuosismo de ningún prioste innovador y “valiente” jugando con lo sagrado. No buscamos alardes de un vestidor retorciendo telas y ni siquiera la mayoría de las veces lo pretendemos ver revestido de bordados, aunque la estampa sea insuperable. Nunca esperamos al apartar el esterón de la puerta encontrarnos con ningún alarde estético buscando el aplauso fácil del cofrade que ve en esto una afición de coleccionista. Ni siquiera consideramos la muchedumbre arracimada en torno a Él una tarde de jueves laborable, o durante su estancia en la catedral, o en la mañana luminosa del domingo de regreso a su casa como un mérito especial. Hoy, cualquier dolorosa de cualquier hermandad con un paso de medio pelo, siempre que lleve palio y se le toquen marchas flamenquitas, es capaz de llenar la Avenida. No es ningún mérito.

El mérito está que cuando se recoge en su templo, el gentío sigue postrándose ante su Gran Poder, día a día, viernes a viernes, año tras año, siglo tras siglo.

El mérito es que el pueblo fiel lo sigue buscando por las calles en Semana Santa, cuando en sus madrugadas no hay música, ni coreografía de costaleros, ni llueven pétalos de los balcones, ni niñatos “cangrejeando” con las manos enrojecidas de tocar las palmas…No es cuestión de puritanismos, de falsos “postureos” ni de ortodoxia fingida. Es que al Gran Poder se va a otra cosa. Es otra Semana Santa, ni mejor, ni peor, pero diametralmente distinta a todas.

El mérito es que la estética de su cofradía, que también existe, se encuentra sometida, cuando no aplastada, por la imponente imagen del Señor, y por el juicio siempre acertado y prudente de su hermandad, que sabe perfectamente el tesoro que tiene en sus manos.

El mérito es la naturalidad con la que su hermandad ofrece a todos, sin preguntar afiliación ni lugar de nacimiento la inmensidad devocional del Gran Poder.

Por eso nada nos distrae. Así, al ponernos en su presencia, es su mirada la que nos habla, la que sin que pronuncie palabra alguna hace que sin darnos cuenta en un momento estemos poniendo en sus manos todo nuestro ser, como si en nuestro interior se desactivara cualquier mecanismo que nos impidiera guardar silencio, como si se disolviera cualquier resistencia a hablar con Él. Y la oración fluye. Y la confidencia aflora a la superficie hasta ahora sumergida en no sabemos qué aguas, quizás acerbamente amargas.

No hay mirada más tierna mirando a un niño. No hay herida más abierta que su mirada clavada en la nuestra cuando nos sabemos culpables, más que pecadores y no hay mirada más limpia de gratitud en unos ojos como la que le vi en su rostro esa mañana de domingo, cuando noviembre se vistió de azul y todo el mundo aclamó en silencio que Él es el Señor y todo el mundo fue testigo, una vez más, de su inmenso, humano y divino Gran Poder.

Como en Belén hace más de veinte siglos, ayer en Sevilla se vivió de nuevo la Epifanía y el Señor volvió a manifestar a todo el mundo el Gran Poder de Dios, ese que reside en la mirada del que habita en San Lorenzo. Os aseguro, os juro que yo lo vi.