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domingo, 4 de noviembre de 2018

TAMBORILES DE NOVIEMBRE


Los partes meteorológicos anunciaban buen tiempo. Pero se equivocaron una vez más. Y, aunque no llovió, el día de los difuntos amaneció como corresponde, nuboso, gris plomizo...Triste.

Tradicionalmente, la memoria, el recuerdo de nuestros fieles difuntos están tan presentes en este día dos de noviembre que el color morado en su liturgia es capaz de contaminar, de oscurecer la gloria exultante del día anterior, el día de Todos los Santos.

Pero en Huelva, este año, la gloria de un simpecado blanco ha podido con el morado penitencial y con la tradicional tristeza de un irreconocible día de difuntos.

La celebración de la Magna Rociera, de este Rocío de Amor y Caridad ha sido capaz, como un piadoso movimiento telúrico, como una fervorosa sacudida, de mostrar al Mundo una diócesis unida y vertebrada por el amor a la Santísima Virgen del Rocío. Ha vuelto a demostrar que esta Huelva aletargada y complacida en su atávica indolencia es capaz de reaccionar cuando se le da un zamarreón, y si ese zamarreón está imbuído en su ancestral devoción a la Virgen, todavía mejor. Y sabe reaccionar a la perfección.

Ya, desde el mismo amanecer de este dos de noviembre, entre la velada bruma en el cielo, se intuía. Desde bien temprano se presagiaba lo que viviríamos al anochecer. Desde el alba, entre jirones de nubes, lo proclamaban el dorado de los blandones, el color rojo de los damascos, el colorido de las flores en los cinco altares que se montaron en el recorrido que seguirían los simpecados en el rosario. Se vaticinaba en el aire que rizaba los flecos de los mantones de manila que colgaban de los balcones, el mismo aire que hacían ascender y descender en los cordeles las flores de papel picado que adornaban las calles, que aún con el cielo nublado, ya empezaban a brillar. Lo presentía el latido de la ciudad, lo sabía en su más recóndito interior y en el pálpito que sentía Huelva en su corazón. 

Lo anunciaba días antes el altar elevado en la parroquia de la Concepción con la Virgen del Rocío. Lo certificaba el altar de la Victoria  con el recuerdo de la Coronación de la Virgen; en su Gloriosa Asunción a los Cielos, en el del Calvario, que ha sabido unir para siempre el Dulce nombre de Rocío con la Esperanza más certera. Lo manifestaba el altar de la Oración en el Huerto con la Inmaculada Concepción de la Virgen entre recuerdos de plata con corazones atravesados por puñales. Proclamaba la virtud del amor de Huelva a la Virgen el verdor de la Esperanza, más teologal, más humana que nunca. Y lo corroboraba la Virgen de la Cinta, primero en la fachada del convento de las Hermanas de la Cruz y más tarde, como una hermana más, en el tondo pintado de su milagroso simpecado,  esperando, viendo pasar los simpecados del Rocío como una monja más en el atrio de su capilla.

Reverdece en la memoria la letra de aquella sevillana que decía:"De la Virgen del Rocío, el simpecado un espejo, que tienen las hermandades pa conservar sus reflejos". Y en este inolvidable dos de noviembre fueron treinta los espejos que reproducían los reflejos de la Virgen del Rocío, cromática letanía de colores que se cierran en dos en los mandamientos rocieros, en el verde de Emigrantes y Huelva y en el purísimo blanco de Almonte. Porque el simpecado de la Hermandad Matriz parece entretejido con hilos de luna de Pentecostés y con la plata de los lucios de la marisma. Porque parece reflejar la blancura de la cal de su santuario e irradia toda la belleza, todo el fulgor, toda la gracia celestial de la Virgen almonteña.

Por eso, la tarde del día de difuntos que en principio debería suponerse melancólica y triste, se nos apareció radiante en su limpieza venciendo la negrura de la muerte trocándola en vida. Así, de esta manera, el simpecado pasaba rompiendo la bruma, ahora no de las nubes, sino del humo de las bengalas, incienso de colores, que lo alumbraban y perfumaban al mismo tiempo.

Treinta espejos reflejando la belleza de la Blanca Paloma, alumbrando , trazando de parte a parte, abriendo luminosos caminos de tisú y oro por toda la ciudad y envueltos por el sonido de los tamboriles, vibrantes, ancestrales, transformando los tristes cantos de una noche de difuntos en esa alegre melodía, banda sonora rociera. Tamboriles para una tarde de noviembre hecha mayo.

Color y calor en un rosario para la historia. Devoción derramada al día siguiente en la Avenida de Andalucía en el mismo lugar donde hace veinticinco años oficiara la Santa Misa el Papa San Juan Pablo II. Allí, bajo la mirada esculpida en bronce de la Virgen de la Cinta, se hizo presente el Rocío del Amor y la Caridad ... Y un rocío de verdadera Fe.

Y en esa tarde, toda la luz de la ciudad de la luz parecía emanar de las carrozas de los simpecados. Luz y sol para una procesión con la que culminaban los actos que habían comenzado con un cielo triste, hermosa metáfora del brillo de un simpecado venciendo a la oscuridad.

Pero todo tiene su fin. Y no pudo tener mejor epílogo que la despedida del estandarte almonteño, bandera de la devoción rociera, que a los pies del Nazareno.. Fue como si el color blanco y plata del simpecado del Rocío se fuera disipando, diluyendo y el morado, tan propio de estos días, volviera a renacer, como emanado de las vestiduras del Señor, en el que Huelva confía, como si todo lo vivido fuera depositado ante él y ante la Virgen del Rocío entronizada a sus pies. Quien lo vio lo sintió y puede dar fe levantando acta en el libro de la emoción.

Gracias, Emigrantes, rosas amarillas y rojas para perfumar a la Virgen de la Amargura, esa Madre Dolorosa que los lleva literalmente en su corazón. 

Gracias, Huelva, por acercar a Jesús Nazareno todo el verde de su simpecado, luminosa esmeralda como viejo garante de la devoción rociera de los onubenses.

Y gracias, muy especiales, a Almonte, por mostrarle al Señor la blancura de vuestro simpecado de gala haciendo gala de esa tradicional generosidad que os caracteriza a la hora de compartir la devoción a la Virgen. Que Él y Ella os lo premien.

"Que mi carreta es tu casa, esa es la ley del camino", dice otra vieja sevillana. Que la capilla del Nazareno es también vuestra lo dicta la ley de nuestro agradecimiento más sincero.


viernes, 23 de febrero de 2018

BODAS DE ARPILLERA



Cuentan que en aquel viejo y humilde corralón de vecinos de la calle Tendaleras nadie dormía cuando llegaba la madrugada del Viernes Santo.

El aire que llegaba del muelle y que mecía con solemnidad las redes que  se secaban al pairo colgadas en la antigua carretera del Odiel, agitaba también las hojas brillantes de las macetas de pilistras que se disponían a lo largo del patio frisando el lavadero que se situaba en el centro del corralón. Un rosal de enredadera, emparrado en un rincón, competía vigorosamente con un jazminero que se acodaba sobre las paredes en el rincón contrario de aquella casa de vecinos.

 A las puertas de cada partido, de cada vivienda, colgaban los aparejos de pesca, las nasas de barro y el canasto de mimbre donde los hombres de la mar llevaban el costo cuando salían a faenar. Pero hoy no se salía, era Viernes Santo y el Señor venía a visitarlos.

Cerca del portalón de la calle, en una orza grande adeudaban en agua las flores que con el dinero recogido, peseta a peseta, le compraban a Brioso en los huertos del Conquero y que, amarradas con un cintillo de hojas de palma, esperaban la llegada de su Dueño con las primeras luces del alba.

Porque el Nazareno llegaba a la calle Valencia con el monte de corcho borniza desnudo y llegaba al muelle cuajado de flores.

El corralón cada noche de jueves santo se preparaba para ver llegar al Señor. Los días previos se pintaban las paredes con el carburo que sobraba de la fábrica que estaba junto a la estación de Zafra; se adecentaba el patio, se cargaban bien de aceite las candilejas para que duraran encendidas toda la Madrugada y esa misma noche, las mujeres se aupaban unas a otras hasta alcanzar las farolas del alumbrado público para encenderlas, una a una, e iluminar la calle por donde, casi de noche aún, pasaría la cofradía. Todo se adecentaba para homenajear al Señor,  pero se preparaba también para homenajear a quienes como costaleros iban debajo de  Su paso.

En el centro del patio, alrededor de la pila, se disponían los vasos con la leche ya echada, a la espera de que se detuviera el paso en la puerta y entraran aquellos hombres de la bahía, cargadores de la estiba, para desayunar, momento en el que se completaban los vasos con el café de puchero que hervía en un anafe. Un lebrillo de pestiños enmelados amasados por Julio Ruiz y su mujer, dos botellas de aguardiente, una de coñac y una tinaja de barro con agua fresca del relente, completaba el agasajo a quienes con más fe que salario sacaban cada Madrugada al Nazareno.

Llegaba de noche y se iba, buscando el muelle, con las primeras luces del alba. El olor de la tienda de los Castaños, el olor a anís y el de los calentitos que venía de la plaza de abastos se mezclaba con el incienso que traía la procesión. En el aire de la calle, como llevada por los vuelos del capote de Juan Posada, se mecían las primeras saetas que subida sobre una silla cantaba una chiquilla, Manolita Sánchez, la que para Huelva siempre sería su Niña, La Niña de Huelva. Y se cerraban, por respeto y reverencia a Quien pasaba, las puertas de la Europa, “donde las mujeres de bandera…” Y ondeaba a media asta en señal de luto la bandera de España de la Comandancia de Marina que estaba a la vuelta de la esquina.

Pero andando el tiempo, el viejo corralón desapareció, como fueron desapareciendo, poco a poco, aquellos hombres de la bahía. Con el tiempo fueron también languideciendo las cuadrillas de costaleros que ellos mismos formaban cada Semana Santa. Las cofradías en la calle, tal como se había conocido hasta entonces, corrían serio peligro. Los pasos con ruedas fueron triste realidad en algunas y amenaza creciente para todas las demás.

Pero cuando casi todo se malauguraba perdido, cuando parecía que las cofradías habían tocado fondo, un aire de renovación, joven y fresco, comenzó a soplar removiendo los cimientos de la Semana Santa de Huelva.

Y así, pronto, Jesús Nazareno, desde el recuerdo y el reconocimiento a las cuadrillas de costaleros profesionales, acuciado por la posible necesidad y ganando el futuro, sería llevado por sus propios hermanos.

Para capitanear esta empresa, tan nueva como ilusionante, revestida de reto, se tuvo la inmensa suerte de contar con dos puntales, dos referentes en aquella emergente Semana Santa de Huelva, Juan Manuel Gil García y Diego Morón Illescas y con el entusiasta impulso  de quien por aquel entonces fuera el hermano mayor de la cofradía, D. Aurelio Linares Benavides.
Nunca se pudieron imaginar aquellos primeros trece que acudieron por vez primera al viejo almacén de la calle Trigueros que escribirían con letras de sudor sobre pergaminos de arpillera una de las más hermosas historias de amor, honor y pundonor hacia Jesús Nazareno. Esos trece costaleros que como con los Trece de la Fama de Pizarro, trazando una raya en la línea de los tiempos, dejaron a un lado la comodidad y la indolencia, y al otro lado empezaron a gestar bajo las trabajaderas de su paso, la gloria imperecedera de ser costalero del Señor, de ser altar, trono y pedestal donde se asienta la devoción de Huelva.

Y hace ahora, aunque parezca que fuera ayer, cuarenta años, con cuarenta cuaresmas de espera, cuarenta lunas llenas de Nisán, con cuarenta veces cuatro golpes de campanas anunciando su hora, cuarenta fríos de relente, cuarenta amaneceres en el muelle, cuarenta soles de fuego en la Placeta, con cuarenta batallas de saetas de balcón a balcón, desde la Granaína al Comercial, con cuarenta clamores en la calle Marina, cuarenta noches de miradas de impaciencia al cielo, cuarenta salidas de gentío con sus cuarenta recogidas multitudinarias, cuarenta alboradas y cuarenta mediodías, cuarenta mecidas de la gracia para que el terciopelo liso lo borde el suave vaivén de la brisa del muelle rizando una túnica morada, cuarenta escalones para alcanzar la Gloria, cuarenta Plaza Niña y casi cuarenta de Esperanza…Y una salida extraordinaria para que la ciudad le ofreciera su Medalla, la que siempre lleva en su corazón.

Porque se podrán celebrar bodas de plata, de oro y hasta de diamante. Pero estas bodas de arpillera solo la pueden celebrar los elegidos por Él.

 Sirvan, pues, estas palabras de sincero agradecimiento, homenaje y respeto a quienes fueron, a los que son y a los que serán sus pies; a los que hicieron, hacen y harán que Nuestro Padre Jesús Nazareno pueda caminar por las calles de Huelva cada renacida Madrugada de Viernes Santo ayudado por una legión de cirineos de alpargatas, faja y costal.
Felicidades.












domingo, 10 de septiembre de 2017

¡¡¡VIVA EL NIÑO DE LAS SANDALIAS!!!



Venía el prioste abatido, con rostro sombrío, apretando los dientes y los puños, maldiciendo al diablo en latín, sánscrito y arameo. Toda su “sabiduría”, su dedicación y su empeño se derrumbaron de pronto ante la inesperada “tragedia” de que a un candelabro del paso  se le hubiera roto, a traición, un guardabrisas. Grandísima frustración, golpe bajo. Jarro de agua fría en la calurosísima tarde de septiembre.

Iba la Virgen rodeada del fervor de su ciudad, arrastrando a su paso un océano de devoción, llevada por una marea de siglos que siempre está en pleamar, que no conoce el retroceso de la resaca ni sabe de bajamares, influida por la poderosa atracción de esta Luna Llena de Celestiales Reflejos. Renovada plenitud devocional.

Caminaba la Santísima Virgen de la Cinta la tarde de su festividad decidida a saldar una deuda que Ella no había contraído, pero que como Madre benevolente y amorosa que es la quiso hacer suya. Y la Patrona de Huelva que como Reina de todo lo creado  maneja también el tiempo a su antojo, cuando lo ha creído preciso, justo y sobre todo necesario, veinticinco años después,  la Virgen se adentraba en la barriada de la Navidad y se posaba a las puertas de la parroquia de Belén.

Allí, con sus hijos más humildes qué guapa y qué feliz se le veía. Durante la sencillez de una ofrenda de flores y rodeada de salves,  una anciana, sin ningún tipo de rubor, ni pudor y sin el menor respeto humano,  empezó a recitar en voz alta un poema de amor que había compuesto para la Virgen que terminaba con una jubilosa sentencia, con un lapidario ¡¡¡Viva el Niño de las Sandalias!!! Y ¡¡¡Viva la Madre que lo parió!!!

¿Qué tendrá esta imagen del Niño de la Cinta que tanto enamora? ¿Qué tendrá esta imagen del Hijo de Dios desnudo, pero con zapatos puestos, que hace que una anciana que no sabe ni leer ni escribir, dictara con su poema una lección magistral, una tesis doctoral que haría palidecer al mejor teólogo de la mejor academia mariológica que viniese de la mismísima Roma?

Precisamente, ese mismo día por la mañana, en la Solemne Función de la catedral, el sr. Obispo, y no es la primera vez que lo hace, en su homilía se refirió al Niño de la Virgen, a esa entrañable imagen de todo un Dios desnudo, desprovisto de todo, necesitando que el hombre, lo mismo que Juan Antonio el zapatero hacía con los niños necesitados, le honren con el oro de la caridad hacia nuestros semejantes.

La tarde avanzaba y el prioste remiso al gozo del momento por la rotura del candelabro, no se daba cuenta de que la Virgen de la Cinta no se rige por ningún parámetro ni por cánones cofrades, que nada importa ante el fervor de su legión de devotos, ante semejante manifestación de amor hacia nuestra Celestial Patrona; ni el brillo de la plata, ni el número de luces que la alumbre, ni la perfecta y armoniosa disposición de las flores que la adornan y la aroman, ni la belleza de las coplas ofrecidas a su paso, ni el esfuerzo del costalero, todo se diluye, todo lo eclipsa. Es Ella y solo Ella el centro, la razón de todo en esta tarde de emociones sinceras, que fluye mejilla abajo por el rostro de Huelva ante esta imagen que siendo tan chica tiene ese inmenso poder.  

Desde el incidente, la camarista llevaba en sus manos el dichoso guardabrisas desprendido del paso  para dejarlo a buen recaudo en la parroquia de la Barriada de la Navidad. La Virgen llegó a las puertas de la parroquia con una luz menos, pero cuando se marchó la alumbraba otra luz más poderosa, más nítida, más clara, la del fervor de los más humildes y que supo resumir aquella octogenaria analfabeta con el más fino tratado de marianismo popular no aprendido en ninguna academia pontificia que acababa, a voz en grito, con un esclarecedor ¡¡¡Viva el Niño de las Sandalias!!!

 Y el prioste comprendió entonces lo absurdo de su preocupación por la vacuidad de un guardabrisas desprendido, de una luz menos en el paso de la Virgen, cuando es Ella la verdadera luz, que le viene de Quien lleva en brazos, desnudo pero con zapatos puestos.

 Qué absurdo el enfado…¿Será tonto el prioste?...


sábado, 5 de agosto de 2017

ALLÍ, DONDE DIOS SE ESCONDE



Lo afirmaba Santa Teresa de Jesús cuando aseguraba que Dios andaba entre pucheros. Así que quién soy yo para contradecir a la Santa de Ávila, a toda una Doctora de la Iglesia ni a la Mística española.

Si es verdad, como creo, que la belleza proviene de Dios, entonces Dios habita en la belleza; y si es así, las cofradías son terreno abonado para que Dios habite en ellas.

Lo que ocurre es que muchas veces nos empeñamos en no buscarla, o no sabemos encontrarla. Nos empecinamos en pretender de las cofradías lo que las cofradías no son. Quisiéramos modelarla a nuestra imagen y semejanza, como si fuéramos Dios, cuando no llegamos ni a idolillos de barro y solo conseguimos dar forma, con nuestra pobre condición humana, a lo peor de nosotros mismos y amasamos en la misma arcilla vanidades, orgullos y rencores que conforman la antítesis, la imagen más alejada de la belleza, más alejada de Dios.

Dios, como entre los pucheros de la Santa, también anda, si lo dejamos, entre las cofradías.

Porque a poco que nos lo propusiéramos, mirándolas con ojos de fe, descubriríamos cómo Dios está en la belleza de una imagen, que aunque tallada en madera terrenal, tiene pálpito y hálito divinos. O en la madera que se retuerce en la hojarasca tallada, gloria barroca, en un paso de cristo. O en las puntadas que recrean la hermosura de unas flores (avemarías de oro) en el manto de una Virgen, o la dureza de los cardos (credos de espinas) en la túnica de un Cristo, sobre el terciopelo bordado.

Belleza que se manifiesta en la grandeza de un altar de cultos, no como prueba que deba superar ningún prioste, ni de crítica,  ni objeto de sesudo debate entre cofrades ociosos; sino como tributo de devoción a quienes deben ser el centro de la vida de cualquier hermandad, su auténtica razón de ser: Cristo el Señor, la Virgen y los santos.

La belleza está en el esfuerzo del costalero que hace andar a Jesucristo con zancada poderosa y arrulla con el mimo de una nana, con el suave vaivén de unas bambalinas, a la Santísima Virgen.

Habita en el aroma de las flores de los altares y de los pasos; en la voluta de incienso que se eleva y se eleva, glorificando a Dios, hasta alcanzar el Cielo.

Se manifiesta en el sonido bronco de una corneta, en el redoblar de un tambor, en la música que queda como una estela detrás de un manto cuando el paso de palio se aleja hasta perderse por cualquier esquina sacándonos del ensueño.

Se refleja en el brillo del pan de oro en una canastilla y en la labor repujada de la orfebrería, plata removida, argéntea arquitectura labrada por los cinceles de la genialidad.

La belleza de Dios se materializa, también, en la Caridad, sinónimo del Amor, con que las bolsas asistenciales de nuestras hermandades atienden a los más necesitados, sin importarles credo, ni procedencia, ni incluso religión.

Se asienta en el hombro con el peso de la cruz de un nazareno que camina detrás del Nazareno y emana de la luz de los cirios que forman el camino que preceden los pasos.

Y vive, verdaderamente vive, en la insondable profundidad, como la  naturaleza de su propio Misterio, de un sagrario.

Esta es la belleza de las cofradías, reconozcamos en ellas, como en un espejo, el fiel reflejo de la auténtica Belleza, la que procede de Dios; busquemos la perfección, no la empañemos desvirtuando su verdadera naturaleza, seamos instrumentos que la hagan brillar, y no la manchemos con el manoseo de nuestros propios defectos, ni con lo peor de  nuestra condición. Que seamos capaces de hacerlas brillar como la plata limpia, pues la belleza es intrínseca a las cofradías.

(Reflexiones de verano mientras vamos preparando los enseres de una hermandad para sus cultos anuales)

martes, 6 de junio de 2017

LA MEDALLA DEL KICHI



El Ilustrísimo Señor D. José María González Santos (en adelante El Kichi), Alcalde Presidente del Excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad de Cádiz, ha tenido a bien conceder la Medalla de Oro de la Ciudad a la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Rosario, con motivo del ciento cincuenta aniversario de su designación como Excelsa Patrona de esa bellísima capital andaluza. Y, claro está, como hablamos de la Tacita de Plata, las críticas le han venido "enchampelás", como los cuplés que se cantan en el Falla; o sea, de dos en dos; de un lado y del otro del amplio espectro político local, regional e incluso nacional, desde la "caverna" mediática y desde el "progrerío" más mediático también. España pura. Y la verdad es que no entiendo ni la extrañeza ni la sorpresa.

No lo entiendo porque supongo que nadie, a estas alturas, se vaya a creer que los políticos mantendrán lo que dicen que harán, o que no harán, cuando prometen, juran y perjuran, en una campaña electoral, que una cosa es predicar y otra, dar trigo. 

No creo que nadie se crea lo que en tiempo de elecciones dicen los correligionarios del Kichi, eso tan rancio, tan guerracivilista, tan antiguo y amenazador de "arderéis como en el treinta y seis" o "la mejor iglesia es la que arde". Ni los más acérrimos podemistas dan credibilidad a las soflamas que su partido vocea. Si hasta estoy seguro de que las mismas que durante la campaña electoral entran en las iglesias con las tetas al aire interrumpiendo las misas, una vez tocado pelo (nunca mejor dicho si hablamos de las Femen, que no se deplilan), ya en el poder, son capaces de vestirse de mantilla para presidir la primera procesión que se ponga a tiro (perdón por lo de tiro). Es como si yo me fuera a creer que Mariano Rajoy, tal como prometió cuando era candidato, fuera a derogar, como presidente, la vigente ley del aborto, puedo esperar sentado. Para pedir el voto los partidos de izquierda, con más o menos vehemencia, amenazan con revisar el concordato de España con la Santa Sede. Pero cuando llegan al poder y son alcaldes conceden la medalla de la ciudad, o la distinción que haga falta, a una imagen religiosa. Y encima, a propuesta del PP, como en el caso de Cádiz. Populismo puro y duro del que ellos no tienen la exclusividad. Todos los partidos tienen un puntito, más o menos descarado, de populismo.

Me acuerdo con esto ahora de esa letra del Arcipreste de Hita a la que le puso música Paco Ibáñez y que yo cantaba en mi etapa de progre, imbuido del espíritu del 68 (que como la juventud, es ya una enfermedad pasada)y que se refería al dinero, pongan votos en lugar de dinero y no me digan que no es una letra de rabiosa actualidad ..."el dinero (los votos) hacen señor al siervo y siervo hace al señor, toda cosas del siglo se hace por su amor..." Por el amor a los votos. O aquella otra del recientemente fallecido poeta Juan Goitisolo, cantada también por el músico vasco que decía "la tierra toda, el sol y el mar, son para aquellos que han sabido sentarse sobre los demás"... Con la licencia que da un puñado de votos... aún más que de dólares...


Tanto se asemejan unos y otros buscando el mismo fin, que no va más allá que el suyo propio, que en este caso de la medalla de Cádiz, que ahora la gomina y el blasier azul van de la mano de las rastas y del chalequillo sin mangas, el "facha" con el "rojo". Las vueltas que da la vida, ¿eh, Kichi? Y no pasa nada. Ni debe pasar nada.

Porque mal iríamos si todavía no comprendiéramos que los concejales son representantes del pueblo que los elige para que cumplan sus mandatos, y el pueblo, o la ciudadanía, o la población, o la gente de Cádiz ha mandado que sobre el pecho de la Virgen del Rosario brille para siempre el oro de la medalla de su ciudad. No es El Kichi quien la concede, es el pueblo, por medio de sus representantes, quien la otorga. Que no es lo mismo.

Pero lo más curioso (o lo más honrado, o lo más lógico, o lo más demagógico) es que la crítica más despiadada le haya venido precisamente de Alberto Garzón, candidato a presidente del gobierno por Izquierda Unida, partido coaligado de Podemos diciendo que él no es "fans de conceder medallas, y menos a seres inanimados". Qué poco conoce este señor a los andaluces. Qué poco sabe de lo que representa para nosotros la devoción a la Santísima Virgen. Ser inanimado, él, que no se ha animado a trabajar nunca fuera del abrevadero de la política, arrimado al perol generosamente subvencionado y convenientemente regado de euros del presupuesto, que más bien se parece muchas veces a un impuesto revolucionario que pagamos todos.

 Y es que yo me imagino la conversación telefónica de El Kichi con Garzón a raíz de la concesión de la medalla intentando explicarle lo que él, el líder de IU, como madrileño no entenderá en la vida, lo que no se es capaz de comprender muy bien si no se es de aquí. Eso que, fuera de nuestras fronteras, tiene difícil, por no decir imposible, explicación. 

La situación me la imagino más o menos así: Suena el teléfono a eso de media mañana en el despacho privado del señor alcalde, que ellos no son de ir muy temprano al tajo. El primer edil sentado en la silla pone los pies cruzados sobre la mesa de caoba donde ondea una pequeña bandera republicana. Con voz un tanto inquisitorial, pero amable y comedidamente afectuosa en el fondo, dice el Kichi: "Mira, Albertito, hijo, no me toques los cojones. ¿Tú qué coño sabes de esto, pissscha? ¿tú que carajo entiendes de cómo se quiere aquí a las imágenes de la Virgen, y más a la de la Patrona? Tú preocúpate de las tarjetas Blak de tu padre, pisssscha mía, que tú desde Madrid lo ves tó mú bonito. Pero aluego el que tiene que dar la cara aquí en Cadiz soy yo...si no le doy la medalla, ¿quién carajo me va a votar otra vez? Tú no tienes ni puñetera idea de lo que va esto. ¿Tú no sabes, sojoíotonto que aquí, en Andalucía, las cosas son diferentes que en la capital del estado (antes Madrid)? ¿Tú no sabes que en plena República el Ayuntamiento de Sevilla le cambió el nombre a una calle para llamarla Sor Ángela de la Cruz cuando aún la santa estaba de cuerpo presente?¿Tú no sabes que en Huelva más de la mitad de las medallas de la ciudad concedidas a imágenes religiosas fueron aprobadas por alcaldes socialistas? ¿Es que no vas a aprender nunca? Así te va, que no vas a llegar a ser ni presidente de tu comunidad de vecinos, que así tienes a tu partido, que en vez de Izquierda Unida es la Izquierda Hundida. Mira, camarada, yo de ti probaba a darle a San Isidro, Patrón de Madrid, la medalla de la ciudad, o de la villa, o de lo que sea, verás el rédito que te da, no seas tonto, ¿no está ahí San Antonio Abad, patrón de Trigueros, en la provincia de Huelva, afiliado con carné a la UGT? ¿No sale el muy susanista Mario Jiménez, portavoz del gobierno andaluz, Psoe en esencia, en estado puro, de costalero en la hermandad más seria, más silente, más de ruan negro que hay en el mundo? ¿Qué tendrá que ver eso con la religión? ¿No felicita tu amigo Pedro Sánchez, el redivivo y flamante secretario general de la Pesoe el Ramadán a los musulmanes y se calla como una puerta cuando llega la Cuaresma, y ha ganado las primarias, churrita mía? Además, no temas que te puedan tachar de comnivencia con la Iglesia Católica, ¿no ves que ya hay muchos cofrades que no creen en Dios y con gestos como estos promovidos por Podemos ayudan a secularizar aún más a las hermandades? Tú échame cuenta a mí, hazme caso, y déjame que yo sé lo que me hago... Si hasta Alfonso Guerra (se pronuncia Arfonzo), el henmano de su hermano siempre defendió a las cofradías sevillanas por encima de la Feria de Abril por más democráticas, más "der pueblo" y menos elitista que las casetas, nido de reaccionarios facciosos. Y además, la medalla que le voy a dar es la de oro, no voy a hacer como la Carmena, que con el chocheo que tiene le ha dado por regalarle a los jugadores del Real Madrid medallas de chocolate, yo el chocolate aquí me lo fumo, no me lo como, carajote. ¡Ah!, y dile a la novia de tu amigo Pablo Iglesias y a sus amigas que se guarde las tetas dentro del sostén y no se meen en las puertas de las iglesias hasta la próxima campaña electoral, hombre, que me espantan la clientela... No me vayáis a joder este momento de gloria, este pulso que le estoy ganando a la derechona de subirme al paso y poner sobre la Virgen del Rosario la Medalla de la Ciudad de Cádiz, que como todo salga bien, ya estoy promoviendo la coronación canónica de la Galeona en el momento en que el Juan Sebastián Elcano vuelva de su último viaje de instrucción. Como milagro al expediente de coronación voy a aportar el asistir al acto de recibimiento de los oficiales del Buque Insignia de la Armada Española duchaíto, de chaqueta y corbata y hasta afeitao, no como la última vez, que fui hecho un zahúrda...Así que Alberto, colega, no la vayamos a fastidiar...¿eh?

Cuando colgó el teléfono, el alcalde de la Cuna de la Libertad fue bajando de su despacho tocando con un bolígrafo (Bic, por supuesto) un tanguillo sobre la barandilla de la escalera del ayuntamiento al ritmo del tres por cuatro, cruzó la Plaza de San Juan de Dios y se dirigió a la iglesia de los Dominicos para preparar y cerrar el acto de imposición de la medalla de la ciudad a la patrona. Entre dientes iba cantando por alegrías, "que a Cai no le llaman Cai, que le llaman relicario, porque tiene por patrona y a la Virgen del Rosario..." No iba contento el Kichi ni ná...

Mientras, en Madrid, Alberto Garzón con cara circunspecta (con cara de tonto, vamos)desfondado en su sillón/poltrona sigue sin entender nada y dándole vueltas a la cabeza mirando la foto de Marxs (el comunista, no la marca de helados) que preside su despacho. Y lo que es peor, sigue sin saber cómo les explicará a sus compañeros y compañeras en el próximo comité del partido comunista la forma tan poco ortodoxa de ser de izquierda que tienen los andaluces y andaluzas, los compañeros y compañeras, los concejales y concejalas que tiene el Kichi , y lo que tiene que mandar la Chari en Cádiz, como el alcade de Podemos llama familiarmente a  la Virgen del Rosario, que venga de las manos de quien venga, se tiene más que merecida por querida y venerada y por derecho propio la Medalla de Oro de la Ciudad de Cádiz.

Y que le vendrá, sorprendentemente para muchos, de manos de un alcalde podemita. Arrepentidos lo quiere el Señor, pensará Ella.

domingo, 14 de mayo de 2017

INMUNIZADOS

                           

La mañana del día once de junio de 1976, recién abiertas las puertas del templo, cuando los devotos del Nazareno entraron en la capilla de la hermandad en la Parroquia de la Purísima Concepción, se encontraron con la difícilmente olvidable estampa de ver a la Virgen de la Amargura profanada para robarle las joyas que llevaba puestas. La dantesca imagen permanece aún presente en las retinas y en la memoria de los que la vivimos: La sagrada imagen de la Virgen, con las telas del tocado removidas en el intento del ladrón de arrancarle la corona de sus sienes; los brazos de la sagrada imagen forzados y fuera de su sitio; el manto, azul de damasco, desprendido del poyero; la saya, de seda blanca, descolocada, dejaba asomar las enaguas rasgadas y por encima de la peana interior de la imagen... Pero lo que es peor y más doloroso: la Santísima Virgen presentaba la mutilación de dos de sus dedos en la mano derecha. Botín del robo: tres estrellas de la corona, que ni siquiera eran de plata, un anillo de zafiros, otro de rubíes (el fresón), un tresillo de oro y varios broches sin valor alguno... Y el dolor inmenso de ver a tu sagrada titular "manoseada",  manchada, maltratada y violentada por un delincuente sin escrúpulos, que encima, no tenía ni idea del valor de lo robado. Eso fue lo peor y lo más triste.

Si hoy, que se felicita pública y acertadamente a algún que otro hermano mayor por las declaraciones comedidas y juiciosas, por no querer alarmar ni echar más leña al fuego, ante ciertos acontecimientos que hemos vivido últimamente, a la junta de gobierno que regía por entonces los destinos de la hermandad del Nazareno de Huelva habría que haberles hecho un monumento. Nada de manifiestos rimbombantes; nada de comunicados de prensa condenando nada enérgicamente; nada de dar pena. Cuando la parroquia volvió a abrir por la tarde, la Virgen de la Amargura aparecía como si nada hubiera pasado, cambiada sus ropas de arriba abajo y recibiendo la visita de sus devotos que se acercaban al templo al correr la noticia como la pólvora (y no había Internet) por toda la ciudad. Aquella tarde, en la misa de ocho, se celebró un sencillo acto de desagravio y aquí paz y después gloria.

Solo una señora, muy anciana, después de misa, encendiendo una lamparilla en aquel viejo velero y mirando al Señor  predijo lo que ahora está ocurriendo, quizá por haber vivido otros acontecimientos, aún peores y de infausto recuerdo: "Esto es solo el principio. Llegará un día en que lo que ahora nos sorprende, sea lo habitual". Lo clavó.

Con el tiempo, las alhajas de la Virgen aparecieron (escondidas en el bombo de una lavadora metidas en un envase de Cola Cao) y el autor visitó por un tiempo villacandao. Al menos, hubo justicia. Pero eran otros tiempos,  eran otras leyes y otros gobernantes.

Porque poco a poco, gota a gota, como una vacuna, nos han ido inoculando algún extraño narcótico que ya nos ha hecho inmunes al asombro, o sea, que nos hemos idiotizado. Nos tragamos, píldora a píldora y sin rechistar, agresión tras agresión, profanación tras profanación y robo tras robo con lo que nos quieran decir, o como lo quieran llamar. Porque llamanos demente al que le partió el brazo al Señor del Gran Poder o le tiró un cóctel Molotov a una Virgen de Málaga; porque al que escribió la palabra pederastia con trescientas Formas Consagradas ha salido libre de cargos ya que la Justicia ha considerado que este, al menos para mí, hecho sacrílego, se puede considerar provocación, pero no ofensa. Porque denominamos gamberrada las amenazas vertidas en las pintadas, las que día sí y día también leemos en las fachadas de nuestros templos. Porque quemar el paño de altar de una basílica, o rociar con gasolina y meterle fuego a la puerta de un templo de barrio es cosa de delincuentes comunes, Porque...

Y así, hasta el robo de las joyas de la Virgen de la Aurora de Santa Marina.  

Ya es hora de que vayamos abandonando el lenguaje bienintencionado, habría que ir revisando eso tan bonito y tan resignadamente cristiano de "el pasado, pisado" e ir recopilando en la memoria tantos agravios como las cofradías reciben y sin que nadie haga nada, que ya tenemos la otra mejilla moraíta de tantas veces como la hemos vuelto a poner.

Porque mientras no llamemos las cosas por su nombre y se juzguen según el delito, mientras sigamos con el lenguaje buenista esto se seguirá repitiendo. Esto, o cosas peores, como vaticinó hace más de cuarenta años aquella vieja devota cuando profanaron a María Santísima de la Amargura, de la cofradía del Nazareno de Huelva. 

Si no, al tiempo. Dios quiera que me equivoque.

domingo, 7 de mayo de 2017

LA VERDADERA RAZÓN DEL ROCÍO


En estas tardes del incipiente mayo, El Rocío, tras su aparente calma de calles medio transitadas, de casas de hermandad cerradas, de sosegada inquietud, parece un inmenso pebetero esperando para arder que se le arrime el mechero de yesca del primer son de un tamborilero o la chispa del primer cohete, hasta alcanzar la plenitud de su fuego en un nuevo Pentecostés. La laguna, llena, crecida con las últimas lluvias lame casi las arenas de la aldea, en una orilla verde de cañaverales y juncos. El sol, como de oro líquido, azulea y perfila en el cielo una espadaña de campanas mudas y encala con miel diluída en el aire la fachada de la ermita.

Dentro, lo mismo que fuera las golondrinas van y vienen de sus nidos de barro asidos a los resquicios de las paredes blancas del santuario, hay un inquieto ir y venir de peregrinos alrededor de la reja del altar mayor.

Al lado, en la capilla del sagrario, un resplandor celeste y plata, como copiado de los lucios de agua de la cercana laguna, entrando por la Puerta de la Marisma se refleja en el repujado del tabernáculo donde Dios vive y se reserva.

En un rincón del templo, como un cofre sin tesoro, como un trono sin reina, en el paso de la Virgen aún amarillea la plata del paso cubierta todavía por el velo que el polvo, la arena y el tiempo le han prestado desde la última romería, y que pronto brillará, como un ascua de luna en su minuciosa orfebrería cuando su Dueña sea entronizada de nuevo en él.

Hasta dentro del sagrado recinto llega, matizado con aroma salobre, el olor de la cera que arde en la cercana capilla de las ofrendas, donde se derriten hecha luz las promesas cumplidas al calor de las llamas de la fe en la Virgen.

La misa va a empezar. Todo se aquieta, todo se remansa. Desde cualquier banco del templo todas las miradas de los fieles, todos los ojos, los del cuerpo y los del alma, confluyen en Ella. Hasta el inmenso portento del retablo parece que se diluye y más resplandece la grandiosidad de la sagrada imagen de la Virgen del Rocío.

Parece ahora en la mística triangulación de su figura aquel triángulo que albergaba el Ojo de Dios y que ilustraba las preciosistas estampas de los viejos libros de catecismo. Pero renovada y actual. En el centro de la imagen, en el centro de todo, como el Ojo de Dios, El Divino Pastorcito, con ráfaga, sin corona, parece ceder la realeza absoluta a su Bendita Madre que lo sostiene y nos lo ofrece entre sus benditas manos, surtidores de joyas; divinas manos “en la que siempre estamos, en las que siempre estaremos”.

Pero es en lo que alberga el óvalo divino de un rostrillo, en lo que enmarca el sol bordado que perfila su rostro donde encontramos y reside la verdadera, la auténtica, más grande y más poderosa razón del Rocío: la inconmensurable, la indefinible belleza de la Reina de las Marismas.

Porque habrá, porque hay inumerables, miles de reproducciones de la Santísima Virgen del Rocío, en imágenes, fotografías, pinturas donde es perfectamente susceptible poder idealizarla..Pero ninguna alcanzará jamás, ni en ninguna encontraremos la perfecta belleza que nos muestra al ponernos delante de Ella. No hay mirada, ni semblante, ni porte tan singular ni más personal. Es la perfección iconográfica; es la belleza tallada y casi hecha carne.

Si el Niño Dios que Ella sostiene en sus manos es el “ojo que todo lo ve”, la Virgen es la que parece estar siempre escuchando, “lo mismo que el pocito, siempre manando”, que decía en sus sevillanas Muñoz y Pavón. Esa expresión de atenta escucha, de comprensión, de receptora de las plegarias, de ofrecer su sonrisa al suplicado perdón, casi de complicidad, a pesar de su imponente majestad, de su aparente sagrada altivez; ese mirar sin mirarnos, ese dulcísimo gesto que aunque parezca que mira hacia el suelo es en realidad a nosotros, a cada uno de nosotros, en verdad a quienes mira, es la que la hace única...Y es su portentosa belleza la que lo justifica todo.

Porque a los que no somos rocieros, y no podamos entender los sacrificios en los caminos, las inclemencias, las incomodidades, los que no sabemos de ese “orgullo por siempre invencío del que tó lo deja pa vení al Rocío”, mirándola encontramos explicación.

Porque los que no sabemos lo que es la Raya Real, ni Cabezudos; los que nunca bebimos agua en el pozo de Lopa, ni cruzamos el puente del Anjolí; los que nunca hemos atravesado en barcaza el Guadalquivir por Bonanza; los que nunca dormimos en los carros, ni cantamos en las noches del camino al calor de una hoguera, ni oímos la misas del alba, ni marcamos nuestros botos en las arenas, los que no sabemos lo que es cantar la Salve al pasar el Quema, ni en la Charca; los que nunca hicimos el camino lo comprendemos todo al mirar a la Virgen del Rocío.

El Rocío es la Virgen, y mucho, muchísimo más. Pero por encima de todo, la Virgen, una fiesta religiosa con perfiles únicos, vivencias, ancestros, ritos y casi ninguna regla. Pero la sola contemplación de la Sagrada Imagen de la Patrona de Almonte basta, sobra y justifica la unirvesalidad de esta romería, y lo que es mejor aún: la desbordada, creciente y sempiterna devoción a la Santísima Virgen del Rocío.

Ayer estuve allí y lo pude comprobar con mis propios ojos.