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domingo, 26 de abril de 2020

MIRAR A LA LEJANÍA



Desde que se decretó la alarma sanitaria parece que vivimos congelados en el tiempo. Cuando llegó el confinamiento, los días que se abrían a la luz se sacudían los últimos fríos. Aún era invierno.

Si todo va bien, cuando empecemos a salir de este túnel será ya álgida primavera, cuando veamos la claridad al final de este negro túnel que no venía señalado en ningún mapa de ninguna ruta, la naturaleza habrá resurgido y los primeros calores envolverán a la vida que se desperezará de este oscuro y malhadado letargo que nos ha robado, no solo la semana más esperada, sino nuestros días más deseados, nuestro tiempo más hermoso.

Esta epidemia traicionera parecía apostada en la trinchera de la venganza para caer sobre nosotros cuando menos lo esperábamos, cuando empezábamos a vivir los esperados días del gozo, partiendo en dos la cuaresma y aniquilando una Semana Santa que quedará escrita con la tiza más agria sobre el mármol de nuestra peor memoria, de la reciente y de la histórica. Y digo con tiza y no esculpido con la esperanza de poder ser borrado. Será necesario olvidar.

Ahora, casi a punto de nacer mayo, este deshielo irá dejando otra vez a la vista, con cierta crueldad, imágenes de la Virgen vestida de hebrea, cuando ya el blanco del tiempo de gloria debería cubrirlas. Nos mostrará algún que otro paso a medio montar en las iglesias, cuando  la plata y los bordados deberían dormir ya su quieto sueño de vitrinas. Y hasta nos mostrará en su altar de cultos alguna imagen del Señor que se quedó, como en una foto fija, en la antesala de su quinario, cuando ya debería estar recibiendo culto en la cotidianidad  diaria de su capilla. Punzará la nostalgia en el corazón reabriendo heridas.

Si es verdad, como parece, que a principios de este mes próximo se irá retornando lenta y progresivamente a una relativa normalidad, habremos  cruzado un puente del que aún no conocemos su verdadera longitud, ni dónde acabará definitivamente, y que parece tendido sobre el abismo en cuyo fondo yacerá para siempre lo que podía haber sido y ya nunca será la Semana Santa del año dos mil veinte.

Y digo que no sabemos dónde acabará este puente porque me da a mí,  sin saber explicar bien por qué, que cuando lo terminemos de cruzar no nos encontraremos la misma forma de celebración que hasta ahora hemos conocido. Sospecho, me da el corazón, que no será igual.

A partir de ahora desconocemos cómo se desarrollarán a medio plazo los besamanos y los besapiés, si podremos acercarnos a nuestras imágenes o contemplarlas de lejos. No sabemos si los cultos serán de libre acceso como siempre o se aforarán los templos. Si se permitirán los ensayos de las cuadrillas de costalero como hasta ahora; o los de las bandas de música . Tampoco si se permitirán las aglomeraciones delante de los pasos o si la carrera oficial se podrá mantener con los mismos esquemas que en la actualidad. Y de la prosaica, pero grave, cuestión económica, mejor ni hablar.

No sabemos hasta cuándo podrá durar esta situación ni lo que se podrá hacer o no el día después. Pero seguro que no será igual que nada será igual. Esto puede dejar señales, cicatrices que tarde bastante en cicatrizar. Ojalá no sea así. 

Pero con todo, la nueva realidad con la que nos podamos encontrar no tiene porqué ser negativa.

Dicen que uno de los aspectos (entre otros muchos) que se ha tenido en cuenta para que se autorice primero la salida a los menores de edad, uno de los beneficios según las autoridades sanitarias, es la de poder ejercitar correctamente el órgano de la vista, poder mirar a la lejanía, puesta en riesgo de atrofiarse al estar confinados en lugares reducidos y no alcanzar la mirada más allá de las cuatro paredes de una habitación, de una vivienda.

Y quizás en esto resida la solución, quizás saber mirar a la lejanía, al futuro, sea también  beneficioso para las cofradías.

Las hermandades han sabido salir airosas, cuando no reforzadas, de las adversidades porque históricamente han sabido reinventarse.

Ahora que el barco está en dique seco sería la oportunidad.  Ahora que esta parada biológica nos obliga, se podría aprovechar para desincrustar del casco las adherencias que muchas veces nos lastran, limpiarlas de  algas y conchenas, del verdín que crece por debajo de la línea de flotación y que no se ve, del sarro que las hacen vulnerables para una buena navegación y facilitan la corrosión.

Con la arena a presión de siglos de experiencia, del sentido común, del respeto a su verdadero espíritu y sin que tenga por qué perderse con este chorreado ni un ápice de su identidad, librándolas de excesos, de desmesuras; de la complacencia del “siempre se hizo así” y del mesianismo del que viene a imponer “arraigadas tradiciones de hace tres año”. Sería tiempo de restaurar la naturalidad. De desprendernos de esas cataratas que nos impiden ver bien en la lejanía.

Podríamos aprovechar y replantearnos muchas cosas, muchos gestos, muchos hechos, que se han ido transmitiendo en el devenir de los años (y de los siglos) sin encontrar nunca el momento propicio de reconducirlos. Cosas que muchas veces mantenemos por inmovilismo, por miedo a perder nuestro patrimonio sentimental, mucho más interiorizado que el material.

Dicen que nada será igual después de que pase la pandemia. Haríamos bien en marcar el dintel de nuestras puertas, como hizo Moisés cuando las Plagas de Egipto, para que la muerte pase de largo por nuestras cofradías.

 Por si fuera poco, la epidemia también nos ha dejado ya sin huellas en la arena camino del Rocío. No sabemos si en julio la nueva belleza de loza antigua de la Virgen del Carmen se mirará en la ría, ni si en agosto las luces de colores en su orilla rememorarán la Gesta Colombina, universalmente onubense; ni tampoco sabemos si por la arteria principal del paseo del Conquero que conduce a su santuario, podrá bajar ese torrente de sangre cintera que alimenta, fortalece y hace latir el corazón de Huelva acompañando a la Virgen Chiquita.

Pero como a grandes males, grandes remedios, sí que se nos brinda un tiempo, una oportunidad de “poner a punto”, de asentar las bases de un tiempo nuevo en el que las cofradías, no me cabe ni la más mínima duda, volverán a ser lo que son e históricamente fueron, como garantes de devoción popular y con su mismo espíritu de servicio. Porque como con la iglesia, de la que formamos parte, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ellas”. Ni mucho menos va a poder prevalecer ninguna pandemia, por muy cruel que sea, como la que desgraciadamente estamos padeciendo y que tanto sufrimiento está causando.

domingo, 15 de marzo de 2020

LAS FLORES QUE NO SE ABRIRÁN



No perfumarán en el recuerdo porque esas flores ya no aromarán. No tendrán la oportunidad de anidar en nuestra memoria ni dejar en nosotros su aroma hecho recuerdos  para siempre, porque esas flores ya nunca se abrirán.

El anuncio de la suspensión de los desfiles procesionales en la Semana Santa es como esa nevada tardía que quema las flores casi a punto de brotar en plena eclosión de la primavera, y aunque la presientas, por más que te avisen y veas venir los nubarrones amenazantes, negros, espesos, cubriendo todo el cielo de tu ilusión cofrade, aunque te lo esperas, el golpe traidor cuando llega no deja de doler, y te quedas hundido, entre incrédulo y frío. Y brutalmente enfado sin saber muy bien con quién…

Por desgracia, este año, como cantaba La Flor de la Canela, la dichosa epidemia no dejará que nos cuenten la gloria del ensueño que evoca en la memoria la rotunda belleza de una cofradía en la calle.

Porque no se abrirá la flor exquisita de ver cómo se mece en un sueño por la Alameda de los azahares el palio de la Victoria; no nos dejará aspirar la lisura que da la Flor de San Francisco perfumando de Esperanza las calles.

Ni se abrirán las flores de palmas trenzadas en ese Domingo en el que empiezan a cumplirse las ilusiones.

No brotarán sobre una cuesta los seis lirios de las Seis Caídas que Cristo nos debe, las tres de un sábado de marzo y otras tres en una noche de lunes, en abril.

No granarán los racimos de uva con pámpanos y zarcillos de oro en la túnica nueva de Jesús de la Pasión.

No cristalizará la flor de escarcha en la blancura nacarada de la Virgen del Rocío y Esperanza. Ni los estudiantes podrán percibir la fragancia de la flor que perfuma en su Valle.

Los crisantemos del manto de la Virgen de los Dolores se congelarán en el frío de la plata laminada y las rosas rosas se helarán entre ramas de olivos en los conos puntiagudos de las jarras.

Las espinas de los cardos no herirán los pies del Cristo de la Redención ni amoratará la espalda desgarrada del Buen Viaje; ni casi rozarán las manos del de la Providencia.

Las rosas de coral no sangrarán en el pecherín de la Virgen del Rosario, ni la blancura de la Virgen de la Paz se retará con las flores blancas de los árboles que escoltan su paso por la calle Montrocal abajo.

No sé abrirá la flor en la garganta de Tina Pavón para que su saeta proclame, desde un balcón de la calle Marina, la cruel sentencia que le dieron a Jesús Nazareno.

Y aunque mendiguemos,la Caridad no nos asisitirá en la necesidad de esos días, azules, deseados, e irremediablemente, definitivamente, perdidos…

Desde Pérez Cubillas nos llegará la Sentencia que nos condenará a  una Semana Santa sin vivir la Pasión en la calle, sentencia que no conoce jurisprudencia ninguna. Y no tendremos más remedio que acatarla con la Resignación que emana de la enigmática belleza de un rostro de Madre Dolorosa. Y pediremos el hermoso bálsamo de su Consolación, pidiendo Misericordia, Señor, tu Misericordia,,,

Las flores de las chumberas del Conquero no amarillearán al paso del Perdón, ni verán salir al pie de sus cabezos a la Reina de las Colonias. Tampoco a la Estrella camino de una capilla donde se disuelve el miedo y se acrisola a base de avemarías el valor de los toreros.

No nos llegará el perfume que lanza al aire de la Madrugada “los jazmines que lleva en el pelo y las rosas en la cara” de la Virgen de la Amargura. No veremos la rara belleza, jacintos negros, de las dos soledades.

Solo florecerán los claveles marchitos antes de brotar; rosas de desesperanza en el alma del cofrade por la ausencia de lo amado.

Está claro que la única que no germina es la flor que no se siembra. En nuestras cofradías plantamos durante todo un año para ver lucir esa extraña, exótica, fascinante flor de un día que es la hermandad en la calle, la cofradía. Y quien piense o diga lo contrario se equivoca; o miente.

 Cualquier cofrade trabaja para el día de salida. Otra cosa es que haya (aunque no lo crean) quién disfruta más durante el día a día, cuidando esa flor, mimándola todo el año, que con la procesión en la calle; más en el besapié de la imagen de su devoción, que el día de salida; más en el quinario, que en la propia Semana Santa.

Pero, gracias a Dios, hay días que dentro de la desolación lo perfuman los gestos, la finura, un detalle que te reconcilia de nuevo contigo mismo y permite que te reafirmes en tu condición de cofrade. Un momento feliz en un día aciago en el que presientes que tu mundo se derrumba, que lo que amas con todas tus fuerzas, para el que vives, se desmorona bajo tus pies y sabes que esas flores que has cuidado con tanto esmero, no florecerán este año.

 Y resulta que el motivo de esa luz que se cuela rompiendo la negrura lapidaria de las nubes te la traen gente que saben de Penas y Amargura, costaleros del paso del Señor de las Tres Caídas que al mismo tiempo lo son del palio de la Madrugada. Flores de talco y cristales para la mano de la Amargura, alhelíes que simbolizan la “fidelidad en tiempos difíciles”.

No me digan que es casualidad. No me intenten convencer de que a pesar de los contratiempos este mundo nuestro de las cofradías no merece la pena. No me digan que detrás de este gesto no veis  la mano de Dios.  

Por eso, un simple gesto, un detalle hace que en tu interior sientas un zamarreón que te vuelve a ilusionar, que hace que aprietes  otra vez los puños, que te vuelve a poner en pie, que reanuda la fe en tus ideas, que te obliga a levantar la mirada y la fijarla de nuevo en el futuro, que hace que de nuevo abraces con renovada alegría la dulce cruz del servicio a tu hermandad y a la Semana Santa toda; que haces que pidas perdón por haber dudado; que te invita a volver a sembrar esas flores en el alma para que dentro de un año, y algo más, vuelvan a florecer en nuestras calles…

Igual que ahora, en tiempo de inquietud y desasosiego, florecen en la intimidad de un templo en la mano de la Virgen de la  Amargura. Si sabrá ella de adversidades…


viernes, 28 de febrero de 2020

SU ONUBENSE MAJESTAD



La primavera, chambelán de la Cuaresma, revestida con el ropón de terciopelo azul intenso del cielo de marzo y con galones dorados de sol nuevo, golpeando por tres veces con la pértiga de la luz que ya ronda los amaneceres por la calle Marina, anuncia solemnemente con voz de campanas de fiesta que Su Onubense Majestad, Jesús Nazareno, descenderá por un día de su altar el primer viernes de marzo para volver a ponerse a nuestra humana altura. Baja el Señor para recibir el renovado y fervoroso vasallaje de su pueblo, pagándoselo con el viejo diezmo de un beso en su pie, solo un beso. De tan solo un beso.

Se solemniza en este día lo que la devoción de Huelva hace a diario, durante todo el año, en una audiencia ininterrumpida desde hace siglos en su capilla convertida en devoto y piadoso salón del trono.

 Allí, Señor, al pie de tu altar,a la sombra de la Santa Cruz en Jerusalem, que parece que estuviera esperando a que te eleves para crucificarte en ella, volveremos a contemplar a tu sagrada imagen revestida de poder y de gloria, aunque te nos aparezcas desposeído casi de todo, humilde y humano, sobre un sencillo escabel y sin la cruz sobre tus hombros, con las manos que crearon al Mundo atadas, manos de Dios preso y cautivo. Dará igual cómo te nos presentes, dará igual la túnica que lleves puesta, porque el hilo de oro no determina ni tu grandeza ni tu poder. Nada importará si llevas la túnica que te bordó la devoción o una de lana merina, ¿qué más dará?, si tu majestad emana de ti y no del terciopelo que te arropa.

Todo será como siempre, y allí, ante ti, volveremos a encontrarnos los de siempre. Discurrirá ante tu sagrada imagen ese río fervoroso que nos arrastra a todos.Porque con tu cercana presencia, Amor de los Amores, volverá a doblegarse la voluntad del que te visita a diario y del que solo te visita ese día. Volverás a ver al muchacho, mochila al hombro o libros bajo el brazo, que antes de entrar en el instituto recala en la iglesia; o a quienes todas las mañanas, dejando el coche mal aparcado sobre una acera de la calle Méndez Núñez entra, te saluda, y se marcha con premura.

Al que con el mandil recogido se escapa un momento del mostrador y viene a verte. A quien antes de revestirse con la toga en el juzgado se acerca a rezarte, Señor de los Señores, porque tú eres también, el Señor de la Justicia y Príncipe de la Paz. O al que hasta hace poco estuvo entre rejas y comparece anteti, Juez Supremo, esperando benevolencia empujado por las lágrimas agradecidas de una madre, que como la tuya, bien sabe de amarguras; porque tú eres la verdadera Libertad.
 Hallarás a tus pies seguridad y duda; a los que te hallan sin buscarte y a los que te buscan sin hallarte.

Verás entrar, Señor del Tiempo, a las abuelas que mientras cuidan de los hijos de sus hijos que trabajan, le transmiten la misma devoción que a ellas le transmitieron sus abuelas No habrá tiempo mejor invertido que ese rato en tu capilla. El niño, por más tiempo que pase, siempre lo recordará, nunca se le olvidará la primera vez que besó tu pie y de la mano de quien iba. O verás entrar al abuelo tirado de la mano por sus nietos.
Al inmigrante que puesto de rodillas te venera ceremoniosamente, a las mujeres que cuidan de los mayores y enfermos que en sus dos horas libres entran cuatro veces a verte, y te rezan con acento extraño, duro, forastero, porque eres Señor de todos los pueblos, de todas las razas y de todas las naciones.

A los que durante el año no consienten que estés sin flores frescas en tu altar, que antes de que se marchite un ramo, ya te han traído otro. A los que encienden velas en el lampadario de la capilla y que hace que delante de ti nunca se apague la luz perpetua que alumbra tu devoción y luzca ininterrumpidamente.

A quienes dejan en las ranuras de tu peana sus ruegos, sus confidencias, su agradecimiento, escritos en un papel celosamente doblado, como plegarias en ese muro de las lamentaciones que es el mármol rojo de tu altar.  Y hasta volverás a ver allí (ahora sin capa y sin corona) al Rey Mago que paró su carroza y a la carrera te entregó unos claveles y un acelerado padrenuestro, porque eres Rey de Reyes y ante ti se postrarán todos los reyes de la Tierra.

A la mujer que orillando por un momento su trasiego diario deja su carga con la comprade la plaza sobre los escalones(“muchacho, échale un vistazo un momentito”), se acerca, te besa y reanuda sus quehaceres. Y al necesitado que antes de ponerse en la puerta del templo entra a saludarte, porque bendijiste a los pobres y lo hiciste herederos del Cielo.

Verás casi a última hora de la tarde, Señor de tus Madrugadas, a quienes costal bajo el brazo camino del primer ensayo, sueña ya verte andar con el cadencioso vaivén de tu paso y también al que querría que no te bajaran nunca del altar.
Se acercarán, casi invisibles, dos monjas de estameña parda y alpargatas que desviándose de su camino el tiempo de un Credo besarán tus pies, para que tus manos atadas, al verlas, no echen de menos la Cruz, emblema de su Compañía. Luego seguirán con su labor de entrega a los demás.

Al que deja una limosna, óbolo de amor, en la bandeja sabiendo que se transformará en ayuda que palie algunas necesidades de los más desfavorecidos; y al mismo tiempo al que racanea en la hucha y se lleva estampas para media humanidad (es que es para un enfermo, que no ha podido venir).

Presentirás el agudo sonido de una corneta guardada en una funda que alguien lleva, casi oculta, y ha hecho un hueco esta tarde morada para poner con sus labios heridos un beso sonoro (como la otra música del Señor de Huelva) en tus pies, antes de encaminarse al local de ensayo.

Irán a estar contigo incluso a quienes no les gusta ni saben de Semana Santa, que no entienden ni quieren entender de cofradías, pues solo entienden de ti. Pasarán por allí los que escudriñan el último rincón del altar y otros que no se darán cuenta ni del color de las flores… Capillitas y capillitones; hartibles y capitoteros.

Estarán los que subiendo las escalerillas de tu altar dejan sus huellas y empañan la mampara que te protege, más que del peligro, de tu propia devoción, que a veces es como ese abrazo que en vez de reconfortar te hace daño en el jirón de un trozo de túnica. Porque, como se sabe, también hay amores que matan, y como dice Sabina, “amores que matan, nunca mueren”.

Comparecerán infalibles los que dicen ser buenos, el que se cree malo, el rico, el pobre, los de “cabeza dura”, los de corazón blando, los que buscan en ti un camino seguro hacia Dios, los que llevan en su frente el sufrimiento de una invisible corona de espinas pero rosas en los labios para alabarte.

Y casi al final se echará en falta a aquella mujer que, junto a su marido, una vez que cerraban su negocio, ya tarde, entrada la noche, clausuraban con lenta solemnidad el besapié. Ahora viene él solo, porque ella ya está contigo en el reino de la Esperanza.

Y es que esta devoción forjada a ras de suelo, se eleva ahora, en los albores de marzo, hasta los cielos por esa escala santa labrada peldaño a peldaño, beso a beso, viernes a viernes, porque cada beso en la Tierra es diezmo multiplicado que nos alcanza la gloria imperecedera de sentirnos amparados a la sombra de tu cruz, en un reino donde la luz de Huelva proclama que ha llegado la hora de rendir tributo de amor, gratitud y reverencia a su Onubense Majestad, Jesús Nazareno, con la dádiva de un beso, de un solo beso. De tan solo un beso.


domingo, 9 de febrero de 2020

LOS VIENTOS DE FUERA




Mi padre, trabajando en la mar desde niño, utilizaba la expresión “vientos de fuera” para referirse a esa lluvia que se presenta sin que nadie la pueda predecir; una perturbación, como una tormenta poco profunda, que formándose localmente por aquí, en las cercanías de la costa, siempre sorprende, aunque ese fenómeno, y más en el mar, se produzca con cierta frecuencia, cada cierto tiempo. Pues con esa misma frecuencia, recurrentemente, cada carnaval se forma en las cercanías de las cofradías esa tormenta que aparece, descarga contra ellas en forma de sátira más o menos despiadada,  más o menos graciosa (a veces, nada)y al poco se disipa. Es más el ruido que provoca (provocamos) los que salen (salimos) en defensa de ellas, de las cofradías, que el verdadero daño que causan esas mofas.

Será porque la edad enfría la sangre, o porque ya no me sorprendo de nada, o porque esté padeciendo el síndrome de la rana en el agua hirviendo, que me he ido aclimatando poco a poco, año a año, golpe a golpe, grado centígrado a grado centígrado, a toda suerte de improperios lanzados contra las cofradías.

Supongo que a estas alturas estaré libre de toda sospecha de querer hacerle daño a la Semana Santa (al menos conscientemente); pero muchas veces le temo más a los “vientos de dentro” que a los “vientos de fuera” porque lo que con tan mal gusto, chabacanería, y hasta con cierto odio, se caricaturiza, es como si pusiéramos un espejo ante nosotros y ante nuestros actos, intencionadamente deformado.

Porque a veces reflejan una especie de cultura del desatino que, como el coronavirus, si no la padece ya, está a punto de afectar la Semana Santa global. Que de esta epidemia no se libra nadie.
Porque vienen de dentro y no de fuera, por ejemplo, la imagen que damos frecuentemente cuando una hermandad anuncia la calle y el número exacto de la casa desde donde se tirará la “petalá”, que ha costado más que un estreno. O nos ven con la estridencia y el histrionismo con que que se piropea a una Virgen, con coreografía perfectamente ensayada, con eslóganes convenientemente preparados de antemano. Porque chirría la homogeneidad, la falta de fidelidad al estilo propio de cada hermandad; porque  es fiel reflejo de los tiempos que corremos la imagen que damos en muchos de nuestros procesos electorales; hermandades guiadas más por un “marketing” de diseño que fruto del trabajo de puertas adentro,  más que cimentados en el conocimiento de tu propia hermandad.

 Porque se hace todo atropelladamente, porque se quiere obtener todo; y  todo lo queremos al momento; lo queremos ya.

Asistimos a una forma de entender las cofradías donde cualquier obra que se acomete, elección de un cartel, de un exaltador, de un orfebre, de un florista, de un predicador, de un vestidor… no se mide en función de la necesidad, sino para dar el “pelotassso”, término, por cierto, tan carnavalero. 

Tiempos en que la prensa, mal llamada morada (amarillista vendría mejor), promueve concursos donde se elige a la Virgen mejor vestida, la cuadrilla que mejor anda o la banda que más y más fuerte toca marchas de nombres imposibles, o cursis, retorciendo y torturando el pentagrama hasta hacer sangrar los oídos.
Prensa que subraya en primera plana el estreno de unas parihuelas de diseño, con firma (que se estará haciendo de oro) grabada en la madera de la zambrana  y omite otros estrenos. Según convenga, según la hermandad.

Te hace comulgar con rueda de molinos a la hora de proclamar la idoneidad o la inconveniencia de lo que sea. Como si un “lobby” dictara  la aprobación o la recusación de cualquier cosa, de un estreno, de un cartel, de un pregonero…Lo que no y lo que sí. En todo.

Prensa también que edición tras edición sacude estopa más que a una estera, a algunas hermandades, casi siempre las mismas. Y empalaga exaltando a otras. Casi siempre también las mismas.

Porque durante los cultos de reglas, las puertas de los templos se abren y cierran constantemente por los que van a ver cómo está el altar (a ver si de camino se le puede coger algún fallo) pero que no se quedan ni al primer padrenuestro del quinario.
Porque algunos ven en esto una no sé qué extraña competición; porque cada vez que se presenta un cartel tiene que gustarnos a la fuerza ilustrado con  un folleto informativo para entender lo que es evidente: o te gusta o no te gusta, no hay más, y recibimos clases magistrales y opiniones de arte cuando muchos a lo que más hemos llegado es a colorear sin salirnos.

Porque todo el mundo opina sin saber lo que ha pasado cuando le cortan un trozo de túnica a un Cristo, dando su docta opinión de cómo se desarrollaron los hechos (con supuestos roedores incluidos), y que amparados por perfiles falsos en las redes aprovechan para despellejar a la junta de su hermandad, fingiendo una falsa preocupación por la seguridad de la imagen y con el indisimulado propósito de echarles encima a la opinión pública, generalmente mal informada.

Estos son algunos reflejos que nos devolvería el espejo que se le pusiera delante a las cofradías, que por supuesto tiene millones de reflejos muchísimo más auténticos, edificantes y verdaderos. Aquellos otros no tienen el poder de hacer palidecer a éstos. Pero aquellos también existen.

Cuando la Hermandad del Gran Poder de Sevilla pasaba por la Gavidia, el niñateo animado con los cubatas de botellón, no tenían otra gracieta que hacer sino esperar la llegada del paso del Señor para arrancar sus motos y acelerar (sin moverse del sitio) y romper con el estruendo de los motores el silencio reverente con que los fieles ven pasar a la gran devoción sevillana. Después de las fiestas, al ser entrevistado el hermano mayor sobre la idoneidad o no de hacer algo, de cambiar el itinerario, o tomar alguna otra medida disuasoria, el máximo responsable de la cofradía dijo que ”El Señor sale al encuentro de todos, si un sector de Sevilla lo recibe así, habrá que aceptarlo puesto que será el fiel reflejo de lo que hay en la sociedad”. A sus pies. Lapidario.

Así que, sin que pueda o quiera justificar las mofas (solo faltaría) contra las cofradías y también de rebote, ya que estamos, a la Iglesia a la que pertenecen, y por más que nos duela, habrá que aceptar que grotescamente deformada, caricaturizada y con “muy malísima” mala leche, esta es la imagen que a muchos les llega de las cofradías. Aunque estén el error por el desconocimiento, desgraciadamente tendremos que resignarnos. La postura de la duquesa ofendida lo que hace solamente es darle pábulo y otorgarle publicidad gratuita (que es al fin y al cabo lo que buscan y a lo que estoy contribuyendo con este escrito) a lo que después del Miércoles de Ceniza, todo lo más el Domingo de Piñata, solo será un agrio y lejano recuerdo.

Así que, aun con el lógico malestar, nosotros, a lo nuestro, que hay mucha plata que limpiar, mucha lotería que vender, mucho costaleros que igualar, muchos claveles que pinchar, muchas papeletas de sitio que repartir y, lo que es más importante: mucho que dar gracias y pedir a Dios en los cultos, para que podamos disfrutar y vivir cristianamente en nuestra casa hermandad estos especiales días, resguardándonos  allí de los “vientos de dentro”, que de los “vientos de fuera” siempre hemos sabido guarecernos. Que esto está ya aquí y ya están peinando a Doña Cuaresma.


lunes, 23 de septiembre de 2019

LA CAMARISTA


                         
                       





                         LA   CAMARISTA


     A la memoria de Dña. Manuela Gómez Pérez,
     Camarista de Nuestra Señora de la Caridad
                                (Q.S.G.H.)              

Me habréis oído decir miles de veces, o habréis leído otras miles, que una cofradía, salvando y sobreponiendo la devoción a sus sagrados titulares, son lo que son gracias a las personas que la componen, que su carisma, su buen nombre, su crédito, la definición de su estilo, su credibilidad…la perfilan sus hermanos. Las mismas miles de veces he dicho, intentando beber de las fuentes y seguir la estela de grandes cofrades, que a las cofradías debemos llegar para acercarnos a Dios… y para hacer amigos; que de no ser así, nada de esto tendría sentido. Y yo, al menos en lo segundo, siempre he tenido suerte; yo diría que muchísima suerte. Y en lo primero, Dios me juzgará. 

Cuando hace ya algunos años, ante la insistencia de un muy querido amigo llego al servicio de la Virgen de la Caridad para vestir su sagrada imagen, tuve la inmensa fortuna de conocer a una gran mujer, a  Doña Manuela Gómez Pérez, Manoli, camarista de la Santísima Virgen, y poder gozar de su entrañable amistad.

Definir a esta señora como “cofrade” sería insuficiente a todas luces, porque con absoluta seguridad y en justicia habría que anteponer su  condición de mujer profundamente creyente, firmemente comprometida con la parroquia de Santa María, Madre de la Iglesia, desde su creación, siendo miembro activo de sus grupos parroquiales antes incluso de la fundación de su querida hermandad del Santísimo Cristo de la Fe.

Inquieta, servicial, previsora, amable, agradecida, con la discreción como inalienable seña de identidad, Manoli desempeñó en un  primer plano, tantas veces invisible para la mayoría de la gente, un servicio a su hermandad difícilmente superable.

Adelantada a su tiempo, cuando a la mujer se le encasillaba (en el mejor de los supuestos) en muy escasos y determinados puestos, ya ella, por méritos propios y sin ocupar cargo alguno en ninguna junta de gobierno (no sería porque no se lo ofrecieron) fue referente de devoción y entrega a su hermandad.

Rebasando amplísimamente su cometido como mera camarista, junto con Juan, su esposo, fue incansable “clavera” de su cofradía, allegando recursos económicos, atrayendo a nuevos hermanos que han ido engrosando día a día la nómina de una hermandad joven y nueva que arracima en torno a ella la devoción de un barrio, de su querido barrio de Viaplana. En ella sí se cumplía a rajatabla lo de “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”. No creo que haya mayordomía de hermandad alguna que haya vendido más lotería que Juan y Manoli.

Huyendo siempre de lugares de preeminencia, de focos de atención, de polémicas, conciliadora, querida y respetada por las sucesivas juntas de gobierno, intentando ser ecuánime en las posibles e inevitables diferencias de criterio (tan propio en nuestras cofradías), sensible pero enérgica, anteponiendo siempre el sagrado interés de la hermandad por encima de todo, callando algún disgusto que siempre ofrecía y relegaba al olvido.

Cierta tarde de besamanos, y sin que ella supiera nada, hubo que engañarla para que ocupara el sitio preferente que tenía reservado en el templo el día que la hermandad le tributó un modesto, pero más que merecido homenaje. Una vez superada la emoción y la sorpresa, pocas veces la vi tan sinceramente feliz.

Pero era en la cercanía de su condición de camarista donde más y mejor se ponía de manifiesto su sincera devoción a la Santísima Virgen que veía representada en la bendita imagen de nuestra Señora de la Caridad, y a la que trataba con el familiar respeto y la devota reverencia de una dama de confianza al servicio de una Reina.

 Jamás una indicación que interfiriera en la labor de los priostes o del propio vestidor. Siempre sincera en sus opiniones. Ante cualquier sugerencia, cualquier insignificante insinuación que se le hiciera y que pudiera redundar en el decoro de la imagen de la Virgen o de la hermandad y se encontrara a su alcance (o al alcance de quienes nunca le negaban colaboración), antes de que se pensara, ya estaba hecho. Y qué paciente y comprensiva con las “neuras” perfeccionista del vestidor… Estoica.

De carácter alegre, de mirada chispeante, en esas largas horas de intimidad y cercanía en torno a la Virgen, donde da tiempo a hablar con afabilidad de todo, cuando fluyen y afloran las confidencias, era cuando más le brillaban los ojos, sobre todo al hablar de su familia, de sus hijos, de sus nietos; con cuánto cariño, con cuánta satisfacción, con cuánto orgullo. 

Cuántas veces, en la penumbra rojiza de la iglesia, a la luz de la lamparilla del sagrario (no había ni una sola vez que pasara por delante y no se detuviera ante el Santísimo) hablaba de su devoción a Sor Ángela de la Cruz, de las visitas junto a Concha, su hermana, a la Casa Madre de Sevilla cada dos de marzo para venerar el cuerpo incorrupto de la Santa; de su cariño al convento de la Plaza Niña de Huelva y a sus monjas, donde estudiara de niña. Quizás ellas fueran las que le contagiaran esa sana y santa alegría que derramaba.

Poseyendo esa profunda Fe, no es extraño que el Señor eligiera para llamarla a Su presencia en esas fechas tan señaladas para cualquier cofrade, cuando la Semana Santa se enmarcaba ya en el portón de bronce del Domingo de Pasión para hacer su entrada. Pero su repentina partida, por dolorosa, por inesperada, cubrió con un velo de duelo el pregón de la Semana Santa de la ciudad, que Manolo, su yerno, supo rasgar de parte a parte con la emotiva brillantez su pregón. Qué entereza la del pregonero, qué ejemplo el de Pilar, su mujer. Qué madurez la de su hija Mencía.

Cierto es, querida Manoli, que te marchaste sin avisar…pero con las tareas hechas, con la virgen recién entroniza en su paso la noche anterior, ya vestida para su salida procesional y, cosa inusual (nunca te gustó enjoyarla tan pronto), hasta con las alhajas puestas. Lo último que hiciste fue quitarte el anagrama de María que siempre llevabas al cuello para ponérselo a la Virgen en el pecherín. Y, cosas del destino,  casi a punto de terminar de coser (como si presintieras el luto) el nuevo manto negro que en este mes de noviembre arropará a la Caridad cuando se vista de terciopelos negros en memoria tuya y en la de todos los hermanos que ya están a su lado, en la Gloria prometida.

Ahora, es difícil, resulta extraño preparar a la Virgen y que tú no estés allí ordenando, cuidando, disponiendo debidamente su ajuar, humilde, pero siempre en perfecto estado de revista, limpio, impoluto. Cómo y cuánto duele tu ausencia.

Pero dicen que nadie se va del todo mientras permanezca en la memoria de quienes la quisieron. Por eso permanecerás para siempre en nuestro recuerdo, y te veremos en la blanca intimidad de unas enaguas ciñendo el talle de la Virgen; en la camisa oculta bajo la túnica de un Nazareno que camina de Madrugada; en la impecable hechura de cada saya salida de tus manos; en el revuelo de cada capa burdeos desplegada en el aire de la tarde en las filas de una cofradía que camina hacia la Carrera Oficial; en la solemne elegancia de una dalmática alumbrando a la Esperanza, “qué difícil combinar el damasco y el terciopelo, no pasé ná”; en el airoso vaivén de unas bambalinas y en los pliegues de un manto de cola, capaz de cobijar toda la Fe de Viaplana; en el aceptar sin dramatismos ni estridencias las inclemencias meteorológicas que tantas malas pasadas jugaron tantas (demasiadas) tardes de Viernes Santo; en el recuerdo del sagrado ritual de caminar tras el paso de Cristo la mitad del itinerario y la otra mitad tras el paso de palio, donde siempre te encontraba, en el sitio que más te gustaba, la primera, pegada al “poyero”, de “guardamanto”, para recriminar con enérgica elegancia a quienes tocaban el terciopelo del manto y al que todos los años tenía que volverle a coser el fleco.

Ahora que el tiempo ha pasado, poco todavía, pero el suficiente para que al acordarnos de ti esbocemos una sonrisa y las lágrimas se vayan disolviendo en la alegría por tener la fortuna de haberte conocido, y porque personas como tú dan sentido y honran a este mundo cofrade tantas veces carente de esos valores del que hacías gala, y permiten que se haga realidad  esa premisa de que a las cofradías se viene a acercarnos a Dios y a hacer amigos. Y en mi caso, contigo, se cumplió sobradamente. Fue todo un honor poder colaborar junto a ti.

Te pido que ruegues por nosotros, porque no me cabe la menor duda de que ya gozará del cielo quien en la Tierra fuera una mujer de Fe y siempre  estuvo al servicio de Santa María de la Caridad, Madre de la Iglesia.

Gracias, Manoli. Descansa en paz. Te debía este sencillo y sincero homenaje. Recíbelo con un cariñoso abrazo.

 Ah…, se me olvidaba: no sabes cuánto echo de menos aquellos bizcochos tuyos de limón, nunca recibí mejor recompensa por un trabajo que ya, por sí mismo, es una inmerecida recompensa... Y un valioso premio haberlo podido compartir contigo.


domingo, 16 de junio de 2019

DOÑA CARMEN


Dicen que se viaja no para escapar de la vida, sino para que la vida no se nos escape; que solo viajando te das cuenta de que no importa cuánto sepas, porque siempre hay más que aprender; o que viajar es la mejor manera  de perderse y de encontrarse a uno mismo. Y esto es justo lo que me ha pasado en uno de esos escasos viajes que uno se puede permitir, que me he vuelto a encontrar conmigo mismo, pero llevado de la mano de quien me dio a conocer el Mundo a través de sus viajes, con quien fuera mi maestra durante más de diez años. Hoy me he vuelto a encontrar en la memoria con Doña Carmen.

 Y aquí estoy, a diez mil pies de altura, en el avión que me lleva de regreso  a casa empezando a darle forma a este artículo.

Es curioso como después de más de cincuenta años, la admiración, el respeto y el agradecimiento hacia mi maestra, lejos de disminuir, ha ido siempre en aumento. Doña Carmen era inteligente, severa pero amable; rigurosa, pero flexible; ordenada y seria en el trabajo, de pensamiento  liberal, adelantada a su tiempo. Físicamente era alta, atractiva (o a mí me lo parecía), rubia, y fumadora empedernida. Pero por encima de todo, maestra vocacional, porque sin vocación, el magisterio es muy difícil, si no imposible.

Económicamente solvente, casada y sin carga de hijos, su verdadera pasión, después de la enseñanza, era viajar. Cada mes de septiembre, en los primeros días del nuevo curso, infaliblemente nos hablaba del viaje que había realizado durante las vacaciones de verano. Y aquellos chiquillos asistíamos embobados a la mejor lección de geografía, historia, y ciencias sociales que pudiéramos tener, infinitamente superior a la de los libros. Doña Carmen nos hablaba de Europa, del nivel de vida de algunos países, de sus costumbres. Nos describía los grandes centros comerciales de las capitales europeas en esa ya lejana década de los sesenta cuando aquí se empezaban a ver los primeros supermercados; de los trenes de alta velocidad en Francia, cuando ir en autobús de Huelva a Sevilla nos llevaba más de dos horas, parando en Manzanilla a tomar café. Nos refería al nivel de vida de Suiza; de los cines de Londres, de lo difícil que le era conducir por la izquierda; de los teatros de Viena; de los glaciares noruegos; del día polar en los veranos de Finlandia; de la belleza de las calles, iglesias y monumentos de Roma y de haber visto cruzar la Plaza de San Pedro del Vaticano a un papa en silla gestatoria. Ejemplarizaba el trabajo de los alemanes para reconstruir toda una nación destruida en una guerra de infausta memoria.

Cuando acabamos la educación primaria, ya en la década de los setenta,  e ingresamos en el bachillerato, después de salir del instituto volvíamos al colegio que nos servía de academia. Allí coincidíamos con los alumnos de PREU, en lo que hoy se llamaría una unitaria (aula donde coincidíamos juntos alumnos de diferentes cursos y edades) y la oíamos hablar de cómo sería el futuro de España cuando muriera el general Franco. Profetizó el paso de un régimen autoritario a una democracia plena de la mano del Rey Juan Carlos. Les hablaba a los preuniversitarios del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea y de la apertura de España al Mundo. Y hasta llegó a vaticinar la devolución de Gibraltar…en esto falló estrepitosamente. A ver si ahora con lo del Brexit… 

Mi maestra era católica, practicante, pero sin beatería, el Nacional-Catolicismo siempre se quedó fuera de clase, en el pequeño patio de recreo, donde un retablo de azulejos con la Virgen de la Cinta vigilaba nuestros juegos, algún balonazo se llevaron los farolitos que la alumbraban…. Se rezaba el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria al entrar en clase y, al salir por la tarde, indefectiblemente,  el Bendita sea tu pureza. Pero jamás vi un sacerdote en mi colegio.

Todas las tardes de los viernes, a continuación del dictado diario (eso sí que era sagrado), hacíamos trabajos manuales y después Historia Sagrada, que nos explicaba doña Carmen como cuentos fantásticos. Sin embargo, para prepararnos para la primera comunión, permanecíamos en el colegio una hora más, fuera del horario lectivo estudiando el catecismo Ripalda, que empezaba con una pregunta, ¿Quién es Dios?, y que respondíamos a coro y en un rehilete. Ahora los libros de religión son infumables y los niños hacen la comunión sin saber ni la mitad que nuestra generación, pero ese es otro tema.
Amaba la pintura. Las clases de dibujo, para ella eran irrenunciables, por muy torpes que fuéramos, siempre nos alentaba a amar el arte.

Nunca le oímos consigna política alguna, jamás cantamos ninguna canción afín a ningún régimen, nunca formamos militarmente, si acaso una fila irregular a la hora de entrar. Y, adelantada a su tiempo (apasionada del fútbol), siempre vio en el ejercicio físico una asignatura fundamental (ahí aprendí yo más bien poco, la verdad)…

Por eso, cuando se quiere pintar de gris, o de azul Mahón, la educación de aquella época, pintándola plana, militarizada, aleccionada en la dictadura, no me reconozco. Porque tuve la suerte de educarme bajo la tutela de una gran mujer, culta, cosmopolita, abierta, exigente y noble. Porque la educación que me dispensó no la he olvidado y  porque al cabo de los años volví a reencontrarme conmigo mismo y con mi vieja y querida maestra en el reflejo del agua en los canales de una ciudad bellísima de la que tanto me hablaba y que a cada paso me ha tendido puentes que me llevaron al recuerdo agradecido en el respeto a Doña Carmen, mi maestra, amante a ultranza de su profesión y enamorada de Venecia.

Valgan estas palabras de agradecimiento y de recuerdo a su memoria  y como tantas veces decía citando a Jardiel Poncela: “Viajar es imprescindible y la sed de viajar, un síntoma de inteligencia”, a lo que yo añado “Qué pena no tener más dinero”.

lunes, 3 de junio de 2019

EL GESTO DEL REY




Cómo sabía yo que el gesto de S.M. el rey Felipe en el izado de la bandera iba a traer cola. Justo desde el momento que lo vi en televisión me dije que sería carne de zapping, motivo de sesudos debates en las ociosas tertulias de televisiones amarillistas`, compuestas de maestros liendres, que de todo saben y de nada entienden.

Esa negación de D. Felipe con la cabeza, y en primer tiempo de saludo mirando fijo a la enseña nacional, no iba a pasar desapercibida. Y sobre todo para cierto grupo social, para una determinada izquierda española. Sí, esa que ustedes están pensando.

Y es que, en honor a la verdad, esta celebración del día de las Fuerzas Armadas habrá sido “muy fuerte”, un duro golpe  para algunos, colmatando la paciencia de la posmodernidad y habrá puesto de los nervios a más de uno.

No hay que dejar de reconocer que este año el entorno elegido para la celebración ha sido  muy “complicado” para los mismos de siempre. Comprendo que para los políticos de importación como Echenique, Fachín (hay nombres que carga el diablo) y otros de producción nacional, como Garzón y compañeros mártires, se les indigeste la imagen de la Bandera Nacional izada justo en la Puerta del Príncipe de la plaza de toros de la Real Maestranza de Artillería, en Sevilla. Les habrá salido urticaria viendo la tribuna de los Reyes de España levantada al lado de la estatua en bronce de Carmen, la de la ópera de Merimée (por cierto obra del escultor onubense Sebastián Santos), o de otra de Curro Romero abriéndose de capote; o de la estatua ecuestre de la augusta abuela de D. Felipe, la muy castiza, por española, de Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, reina sin reinar. Y si a esto le añadimos el río, y el puente de Isabel II sobre el río, y la torre de Santa Ana asomando por los tejados de Triana en la otra orilla del río, habrá que reconocer que no puede haber corazón podemita que lo resista, a estos que padecen de hispanoisquemia ventricular izquierda, más bien ultraizquierda, que presentan evidentes síntomas de claro rechazo, por no decir odio, a todo lo que huela a tradición, y por extensión, a todo lo español. Tanta España junta, tanto tópico para ellos, tanta Sevilla, tanta Patria, tanta multitudinaria respuesta por parte de los ciudadanos, ha terminado por sacar de quicio y ha puesto de los nervios con principio de anginas de pecho a algunos que braman en las redes sociales por el gesto, adusto y desabrido, de desaprobación del rey cuando la bandera no fue bien izada, gesto que a lo mejor debía de haber reprimido, pero que tiene todo el derecho de expresar como jefe superior de las Fuerzas Armadas cuando las cosas no se hacen bien.

Con lo que les gusta a ellos, al progrerío nacional-estalinista-leninista, un “rey campechano” y en cuanto  D. Felipe tuerce el gesto y abjura en hebreo del cabo y del sargento que colocaron mal la bandera, le dan más palos que a una estera de la Real Fábrica de Tapices de Segovia, o de Crevillente. Critican este gesto de desaprobación del rey pero no aplaudieron otros gestos mucho más dolorosos, como cuando el todavía príncipe escondía impertérrito sus lágrimas confortando en IFEMA a los familiares del fatídico atentado de Atocha o consolando a los heridos en los hospitales de Madrid. O más recientemente, interesándose por las víctimas de las inundaciones de Mallorca.

 O ese gesto de verdadera contención y autocontrol de tener que soportar el desprecio y los insultos, a él y a la nación, de los separatistas cada vez que va a presidir en Cataluña algún acto inherentes a su cargo de Jefe de Estado, y sin que se le mueva un solo pelo de su real barba. O en las pitadas cada final de la Copa del Rey de fútbol: inmutable, con dos balones…incluso esbozando una velada, lejana y socarrona sonrisa, como buen Borbón. Por poner algún ejemplo.

Pero si estos desequilibrados  quieren saber de más gestos reales de D. Felipe, que le pregunten al hermano mayor de cierta cofradía de Huelva cuando  le quiso regalar a Su Majestad la medalla de su hermandad, con toda la ilusión y todo el afecto del mundo. Hasta que el entonces príncipe no se aseguró de que la medalla no tenía ningún tipo de valor material, que no era de oro, ni de plata, sino de calamina, su alteza no la aceptó. Solo cuando se le explicó el valor simbólico y sentimental, la cogió, la besó y se la colocó un rato, dándosela después a su ayudante de cámara, el jefe de día, concretamente a un militar (ayamontino precisamente) para que la guardara.

Si yo fuera el rey, el gesto que tendría con este tipo de personal, apóstoles de la demagogia y que lo insultan un día sí y el otro también,  sería un real y solemne corte de mangas, justo por encima, a una cuarta de la bocamanga de la guerrera con el símbolo de mando sobre mando que lo distingue como capitán general de los tres ejércitos…Por cierto, no les arriendo las ganancias a quienes colocaron mal la bandera y el mástil, y que consiguió torcer el gesto del rey… con su correspondiente monumental, monárquico y real cabreo.

Aún así, hasta con cara de pocos amigos, frunciendo el ceño, con la mano en la visera de la gorra de plato del uniforme blanco de la Real Marina de Guerra Española y negando con la cabeza en primer tiempo de saludo:

        ¡¡¡VIVA SIEMPRE EL REY DE ESPAÑA!!! 
Y a los que ustedes saben, un Lexatín cada ocho horas y una Cafinitrina debajo de la lengua, que los infartos están a la orden del día… y España, la Patria y el Rey no pueden prescindir de mentes tan privilegiadas como las de ellos.