lunes, 13 de junio de 2016

QUÉ NO DARÍA YO...




Oigo estos días insistentemente en las emisoras de radio y en cadenas de televisión la insuperable voz de Rocío Jurado en el décimo aniversario de su muerte. La oigo y parece como si su voz, nueva y eterna a un tiempo, hubiera reverdecido, más clara, más nítida, más hermosa que nunca. Porque a Rocío Jurado le pasa como a Carlos Gardel en Argentina que, según dicen sus incondicionales, cada día canta mejor. Por eso creo que nunca nadie la podrá alcanzar y por más tiempo que pase, seguirá siendo, por siempre, La Más Grande.

La oigo una y otra vez haciéndose la misma pregunta en su canción, esa pregunta  que últimamente la he hecho tan tremendamente mía que, como ella, me pregunto qué no daría yo por empezar de nuevo…  a ser cofrade.

Me pregunto qué no daría yo por volver a acercarme cada tarde a la iglesia después del colegio para empezar de nuevo a enamorarme de la cara de mi Virgen; para dejar que entrara por los ojos de aquel niño, como ventanas abiertas al asombro, el camino ancho y abierto de la pasión por las cofradías.

Qué no daría yo por encontrarme de nuevo con la mano experta de aquellos viejos (y sabios) cofrades que te franquearan las puertas que otros, según dicen ellos, siempre encontraron cerradas. Porque  tuve suerte, y siempre hubo quienes me dejaron que me adentrara, a pesar de la enorme diferencia de edad, en el corazón de las hermandades.

No sé lo que daría yo porque Antonio Tello me volviera a pedir que me subiera al paso y, mientras le alcanzara lo que me fuera pidiendo, asistir otra vez ensimismado a la mayor y mejor lección magistral que impartía, sin darse cuenta y para un solo alumno (otra cosa es que el alumno aprendiera), de cómo se viste a una imagen de la Virgen.

O que me volviera a poner a prueba con aquel ”vístela tú” (¿te acuerdas, Diego Morón?), aunque luego, el maestro, tuviera que volver a subsanar el desaguisado del alumno…

Qué no daría yo por que Pepe Barba me echara la bronca por no dejar bien limpias “las pezuñas” de fundición de los candeleros del altar. Y que me volviera a sobornar de vez en cuando con una bandeja de dulces de Ruiz que Antonio, Cayetano, él y yo nos comíamos sentados en los escalones de la subida de besar el talón del Señor.

Quién volviera a sentir esa palmada de Paco Monís en mi hombro con un “niño, eso está muy bien”, la primera vez que, saya de seda blanca y manto azul de damasco, vestí un mes de mayo en su hornacina a la Virgen de la Amargura.

O que Aurelio Linares volviera a encauzar el ímpetu de los que empezábamos a ser cofrades, contagiándonos el suyo, como hermano mayor y primer responsable del resurgir de la Hermandad que dejaba de ser la de “los borrachos” y empezaba a ser simple y honrosamente la del Nazareno, la que siempre fue para Huelva su hermandad de la Madrugá.

Qué no daría yo por buscar otra vez, tarde a tarde, la señal, algún signo que alertara de la llegada de los días soñados de la Cuaresma y de la Semana Santa, cuando durante el año la vida cofrade apenas se percibía, tan alejada de la sobresaturación de actos vacíos de ahora, y que se materializaba cuando Pepe Jurado abría el sábado antes del Domingo de Pasión el cancel alto de San Sebastián y desde la plaza del barrio de “las bolas” se adivinaban, a medio armar, los palios de la Paz y del Valle, y se empezaba a amontonar las maderas pintadas de gris para ir formando aquella monumental rampa. O cuando empezaba el trajín en los tres almacenes del Polvorín. O cuando Carrasco, casi sin ayuda, hacía hueco entre los bancos de San Pedro porque llegaba, al mediodía del Domingo de Pasión, el paso de la Burrita.

Lo que daría yo ahora por volver a oír la voz de mi madre (como dice la Jurado) en el silencio de la madrugada riñéndome por llegar tarde de la iglesia, bronca de baja intensidad, por la satisfacción de ver prolongada en su casa la devoción que su madre le tuvo al Señor, como vecina de la calle Tendaleras, y bronca que se saldaba con un “ahí tienes una tortilla y un vaso de leche…¿A qué hora te levanto para el instituto?” y así, noche tras noche de Cuaresma.

Qué no daría yo por volver a sentir la alegría del más mínimo logro, cuando el estreno de un manto brocado, sabía a manto bordado; cuando lo cotidiano era el trabajo exento de crítica; cuando el color de unas flores o una túnica tenía el valor que tenía y no se convertía en cuestión de estado… Tiempo difícil, tiempo feliz.

No me importaría volver, aunque fuera por un momento, a aquel tiempo en el que esto le gustaba a unos cuantos, aunque tuviera que aguantar los comentarios y las burlas de muchos que, paradojas de la vida y andando el tiempo, llegaron después a ocupar puestos de la mayor relevancia en nuestra Semana Santa. Y al mismo tiempo, sentir como se reafirmaba tu condición de cofrade al enterarte que unos chavales daban los primeros pasos para fundar una nueva hermandad, allá por las colonias. La firma del acta fundacional de la Hermandad del Calvario certificaba también la defunción de un tiempo de decadencia, postración y agonía en la Semana Santa de Huelva.

Tiempo de florecida Esperanza que crecía, ladrillo a ladrillo, con la construcción de la primera capilla de la Hermandad de San Francisco. Cuando se abrieron sus puertas por primera vez, se abrieron también, de alguna manera, un nuevo tiempo cofrade, que parece que ahora, en muchos aspectos, empieza a languidecer de nuevo.

Volver a aquel tiempo de carencias suplidas con imaginación, de franqueza en las intenciones al arrimarte a una hermandad, tiempo emergente, de resurgimiento desconocido…Y tiempo en el que las opiniones sobre cualquier tema de cofradías se discutía, y hasta con pasión vehemente, pero mirándose a los ojos. Tiempo en el que los miembros de la Unión de Cofradías se hablaban de usted, donde la educación en los debates internos de las propias cofradías no llegaba al río de los insultos…

Viejo tiempo de sinceros aprendices de todo en contraposición de este tiempo actual de maestros de la nada, de catedráticos sin haber aprobado ningún periodo de prácticas, doctorados en asambleas de tabernas donde poner a caldo a la juntas de gobiernos de turno. Miembros de raras alianzas, porque si la política hace extraños compañeros de cama, las cofradías, ni te cuento… Feliz tiempo sin Internet.

Qué no daría yo por volver a emocionarme con aquella intensidad cuando veía el primer y escuetísimo altar de cultos, o al oír el primer redoble de tambor. Revivir la estampa, casi en blanco y negro, del Señor de Pasión ante el azulejo de la Virgen del Refugio en la calle Nueva, al lado de la funeraria. Quisiera volver a cegarme con el resplandor de luces y de alhajas de la Virgen de la Victoria llegando a la Plaza del Punto. Que me volvieran a mirar entre varales, casi de reojo, la mirada de azabache antiguo de la Virgen de los Dolores de la Merced, y que se me volviera a erizar la piel con el “ay” largo, vibrante y sonoro de aquella primera saeta que le oí cantar a Manola Sánchez, la Niña de Huelva, al Nazareno, “Que nadie intente ofenderte, a ti Cordero Divino…”

¿Qué qué daría yo?… Pues lo que no tengo. Cualquier posible honor, cualquier consideración que pudiera haber recibido de las cofradías lo ofrecería con gusto por volver, aunque fuera por una vez, a una Semana Santa menos mostrada a la galería, más vivida sin temor a ver su imagen arrastrada por el fango de las críticas más despiadadas, donde cualquier propuesta no es debatida, sino que rápidamente se convierta en motivo de gresca, las más de las veces promovidas por quienes nunca han demostrado nada en este mundo, cuanto menos peculiar, de las cofradías.

 Tiempo de silencios de corderos o de voceros que quieren pescar en río revuelto, porque casi siempre hay una hermandad en periodo de elecciones.

Una Semana Santa ahora espléndida en lo material, sueño cumplido de lucimiento exterior pocas veces visto, vivida como nunca en las calles, pero que empieza a agonizar por dentro. Y no tardará mucho en que esos síntomas se reflejen en el rostro, hermoso como nunca, de nuestra Semana Santa.

Una Semana Santa en que más veces que las deseadas Dios no está ni se le espera. ¿Dónde creemos que vamos así?

Por eso, si se pudiera navegar contra corriente por el río del tiempo, muchas veces lo remontaría gustoso por volver a vivir aquel tiempo, peor en tantas cosas; pero más sincero y más limpio en otras muchas.


Ya tiene respuesta la pregunta de Rocío Jurado: Daría lo que no tengo por empezar de nuevo a ser cofrade…Lo mismo que daría por volverla a oír cantar en vivo sobre un escenario, como la última vez, una noche de agosto, por Colombinas.

1 comentario:

  1. estamos totalmente de acuerdo,hermano.si la Pasión no se vive en plenitud y Su palabra no nos conmueve,toda manifestación será simple oropel.

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